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Los intelectuales en la sociedad y en la historia

· septiembre 22, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

El hablar de “los intelectuales” es algo imprescindible para el entendimiento de una sociedad y de su historia en un momento histórico determinado. Cuando se aborda el problema de la gestión política, de la educación y de la ciencia, los intelectuales deben estar forzosamente presentes. En una definición generalizada, se entiende como intelectual a todo aquel que se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública. Proveniente del mundo de la cultura, como creador o mediador, interviene en el mundo de la política al defender propuestas o denunciar injusticias concretas —o apoyarlas—, además de producir conocimientos teóricos o prácticos o a extender ideologías y defender unos u otros valores con la intención del mantenimiento del poder.

El Padre Ubú no contó con intelectuales en su reino y jamás pensó en necesitarlos, pues el intelectual tiene como una misión fundamental conducir al control social sobre la base del convencimiento y el consenso, cosa que no se requería en un régimen de sus características. La coerción es el componente determinante para el mantenimiento del poder; eso lo ejercía a la perfección el Capitán Bordura, ¿para qué tener intelectuales? Sin duda serían seres innecesarios y estorbosos, en mucho decorativos e inclusive onerosos, un lujo que no tiene cabida en el autoritarismo del signo que sea.

El gran libro de Jorge Semprún, La autobiografía de Federico Sánchez, termina con la reunión de la dirigencia del Partido Comunista Español en el exilio, en un castillo de Praga, en 1964, donde Dolores Ibarruri (“La Pasionaria”), concluye refiriéndose a Fernando Claudín y a Jorge Semprún, al momento de acordar excluirlos —a ellos, que arriesgaron la vida en la clandestinidad durante la feroz dictadura de Francisco Franco—: “esos intelectuales con cabeza de chorlito”, “esos intelectuales con cabeza de chorlito”. Para muchos los intelectuales eso son.

Es común considerar que los intelectuales son actores sociales recientes, incluso hay quienes afirman que el término fue acuñado en Francia durante el llamado affaire Dreyfus (finales del siglo XIX), inicialmente como un calificativo peyorativo que los anti-dreyfusistas Maurice Barrès o Ferdinand Brunetière utilizaban despectivamente para designar al conjunto de personajes de la ciencia, el arte y la cultura (como Émile Zola, Octave Mirbeau o Anatole France) que apoyaban la liberación del capitán judío Alfred Dreyfus, acusado injustamente de traición y que era un ejemplo de la ideología del antisemitismo.

No obstante, el experto medievalista Jacques Le Goff en 1957 publicó su libro Los intelectuales de la Edad Media, donde se refiere al fenómeno que ya se da en esa etapa de la historia, donde el interés en la palabra intelectual “consiste en desplazar la atención de las instituciones hacia los hombres, de las ideas hacia las estructuras sociales, las prácticas y las mentalidades, en situar el fenómeno universitario medieval en el largo plazo… Si, como en toda perspectiva comparativa pertinente, no se separa, por un lado, el punto de vista sociológico que pone de manifiesto la coherencia del tipo, de las estructuras y, por otro, el estudio histórico que valora las coyunturas, los cambios, los virajes, las rupturas, las diferencias, la inserción de una época en la sociedad global, el empleo del término ‘intelectual’ está justificado y es útil”.

En efecto, en el siglo XII en Europa se dio una revolución intelectual sin precedentes en su tiempo, que marcó una gran transición en el pensamiento medieval y esto fue algo que no se conoció ni reconoció por mucho tiempo, y es precisamente ahí cuando podemos, siguiendo a Le Goff, referirnos al nacimiento de los intelectuales, salidos de las ciudades y del trabajo universitario, destinados a gobernar a una cristiandad en lo sucesivo fragmentada, que desapareció para que en siglos posteriores apareciera un nuevo tipo de intelectual. Ya en el siglo XX, uno de los más grandes pensadores contemporáneos, preocupado por los intelectuales y su papel, fue Antonio Gramsci, y uno de los sucesores de su enfoque fue Alberto Asor Rosa, que propuso en un coloquio de Génova extender el concepto de intelectual a la sociedad antigua. Giovanni Tabacco situó al “intelectual medieval” en el juego de las instituciones y de las preponderancias sociales, y en un volumen de la Historia de Italia, de Einaudi, el editor de Gramsci, lo dedicó íntegramente a las relaciones de los intelectuales con el poder.

No pretendo aquí hacer una extensa disertación sobre los intelectuales, más bien intento resaltar algunas cuestiones cruciales al respecto. Por ello pasaremos al siglo XX, donde Gramsci tuvo un papel muy destacado. En los Cuadernos de la cárcel escribió:

“El mundo es el escenario en que vivimos, actuamos y padecemos… La moral no tiene nada que ver con esos esperpentos ideológicos que son los prejuicios convertidos en valores y que a menudo caen en la inhumanidad y, lo peor de todo, en la bestialidad. La moral es entereza, integridad y, sobre todo, voluntad de hacer y de actuar. El hombre, como intelectual (y todos los hombres son intelectuales), es un ‘bloque histórico’ de elementos puramente individuales o subjetivos y de elementos de masa y objetivos o materiales con los que el individuo está en relación activa. […] El hombre, siempre concebido como intelectual, es un ser destinado a transformar al mundo, material y moralmente. Transformar al mundo externo —escribe, en efecto—, las relaciones generales, significa potenciarse a sí mismo, desarrollarse a sí mismo. Que el ‘mejoramiento’ ético sea puramente individual es una ilusión y un error: la síntesis de los elementos constitutivos de la individualidad es ‘individual’, pero no se realiza ni se desarrolla sin una actividad hacia lo externo, modificadora de las relaciones exteriores, desde aquellos hacia la naturaleza hasta los que tienen que ver con los demás hombres en diversos grados, en las diferentes formaciones sociales en las que se vive, hasta la relación máxima, que abarca a todo el género humano. Por lo mismo, se puede decir que el hombre es esencialmente ‘político’, pues la actividad para transformar y dirigir conscientemente a los demás hombres realiza su ‘humanidad’, su ‘naturaleza humana’.”

El intelectual posee un papel fundamental en la transformación del mundo y en consecuencia: “Para Gramsci, la revolución se cifra en una completa y total reforma intelectual y moral de la sociedad. Para ello se necesita a los intelectuales o, por lo menos, que los intelectuales estén de acuerdo con ello. Cuando eso ocurre, entonces la reforma se pone en marcha, para dar lugar a un nuevo bloque de fuerzas que miran a transformar a la sociedad. Es por ello esencial para todo grupo que aspira a imponer su hegemonía hacerse del mayor número de intelectuales y convertirlos en intelectuales orgánicos. De ellos va a depender el futuro político del grupo.”

Gramsci prosigue: “Una de las características más relevantes de cada grupo que se desarrolla hacia el dominio [de la sociedad] es su lucha por la asimilación y la conquista ‘ideológica’ de los intelectuales tradicionales, asimilación y conquista que son tanto más rápidas en tanto el grupo dado elabora simultáneamente sus propios intelectuales orgánicos.”

La categoría gramsciana de intelectual orgánico es de gran valor para comprender la historia; puede aplicarse en diferentes contextos en varias naciones. Así, por ejemplo, en mis cursos de historia y sociología de la ciencia, siempre explico su significado. Un caso importante que nos atañe es el de Justo Sierra durante la presidencia de Porfirio Díaz, pues en verdad fue su intelectual orgánico que realizó el giro del positivismo de Comte al de Spencer, y así podemos hacer un rastreo de casos similares en diferentes momentos en distintos países.

Jean-Paul Sartre fue otro filósofo que reflexionó acerca de la función de los intelectuales en la política y sus relaciones con el poder, y posteriormente Michel Foucault y Norberto Bobbio, autores fundamentales para comprender el papel de los intelectuales en la historia y su relación con el poder y la política, pero eso será tema para otra ocasión.

El Padre Ubú siempre tendrá otras prioridades distintas a las intelectuales, como encabezar una ceremonia para conmemorar su golpe de Estado, en compañía de la Madre Ubú muy elegantemente ataviada. Eso es lo verdaderamente importante para ellos.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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