Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú jamás habría pensado en su reino la existencia de un Senado al cual tuviera que darle cuentas. Él llegó al poder como llegó la mayoría de los emperadores romanos, por lo que actualmente llamaríamos un golpe de Estado y, ante la ausencia del emperador, los pretorianos (de los cuales Bordura es un ejemplo inigualable) dirían del nuevo mandatario: “¡Viva el emperador!” “Muerto el Rey, viva el Rey”, es la frase que hoy perdura en la cultura para referirse a esos procesos de sustitución del poder por la vía de la violencia.
La historia de Roma que me fascina: es importantísima para la reflexión acerca de los procesos políticos y el entendimiento de las estructuras de gobierno y la democracia. Con Julio César no nos encontramos ante una teorización de la política, se trata de “política en acción”, en su contexto, determinada por la eficacia de la guerra, que en ese momento era el instrumento fundamental para el sostenimiento de la formación económico-social romana. César fue un político y un soldado de la República, como siglos después lo fue Napoleón Bonaparte, y al hacerse gobernantes rechazaron que su poder emanara de una divinidad, sino del pueblo.
Nacido en julio del año 100 antes de Cristo llegó a ser nombrado Flamen dialis (sacerdote de Júpiter), apoyado por Cinna, que encabezaba la facción republicana de los popularis. Se había casado con su hija y entró en conflicto con el dictador Sila y, luego de salvarse de la muerte y ser perdonado, huyó a Asia para participar como soldado en la guerra contra Mitrídates, regresando a Roma a la muerte del gobernante y entablando amistad con los cónsules Pompeyo y Craso, ejerció la abogacía y ocupó cargos públicos, comenzando a destacar por su habilidad, llegando a ser praetor urbanus, esto es, un magistrado con una jerarquía inmediata inferior que la de un cónsul, para luego en unas elecciones donde arrasó se convirtió en Pontifex Maximus (Sumo Pontífice) en el Colegio de Sacerdotes. Posteriormente, fue propretor en Hispania, combatió a los lusitanos y a su regreso a Roma se convirtió en cónsul, destacando entre sus contribuciones una “ley agraria” para el reparto de tierras entre los soldados veteranos.
César se inserta en el contexto central del conflicto político de la República romana en la confrontación contra el sector conservador, el equivalente moderno a la “derecha”, los optimates que representaban a la nobleza y la aristocracia más recalcitrante. Aquí nos encontramos sin duda con una expresión clara de las luchas de clases (claro, no existían proletarios y burgueses como tales) que representan diferentes facciones e intereses. Los popularis reivindicaban la realización de asambleas populares (es el origen de lo que la derecha llama “populistas”), confrontando a los nobles y exigiendo el reparto de tierras, subvenciones a los alimentos y fijación de precios máximos.
Los líderes principales de los popularis fueron Tiberio Graco, Cayo Graco, Cayo Mario Pulcro, a los cuales se adhirió César a su retorno. Su periplo en el territorio dominado por Roma fue muy grande y sometió a todas las tribus celtas de la región de las Galias e Iliria, donde fue procónsul en el periodo conocido como la Guerra de la Galias, la cual culminó en la batalla de Alesia, cuando el máximo dirigente galo, Vercingétorix, fue derrotado y apresado. Ese triunfo militar de César generó la animadversión y la codicia de sus enemigos en Roma, por lo que buscaron despojarlo del mando desde el Senado, lo cual no pudo ser posible por la acción de Marco Antonio, quien era el “Tribuno de la Plebe” y que tenía “derecho de veto”. Fue en ese momento que César se vio forzado a cruzar el río Rubicón, donde expresó su famosa frase: “La suerte está echada”, teniendo que enfilarse hacia Roma, lo que dio inicio a la Guerra Civil (la segunda durante la República) que duró del 49 al 45 a.C. y en la que confrontó a su antiguo aliado, Pompeyo.
¡La política es así!, por eso vale la pena el estudio de la historia, y la de Roma en particular es inigualablemente didáctica: conjuras, lealtades y traiciones, compromisos y componendas; ahí, en la Roma antigua encontramos una lección de lo que es necesario saber. Julio César asciende en un contexto de parentescos y alianzas familiares, donde incluso lo que lo lleva a su primera exclusión es haberse casado con la hija de Cinna y negarse a divorciar de ella para complacer a Sila. ¡Todos lo elementos de la política están ahí, incluyendo la subjetividad!
¿Quién hubiera pensado que Pompeyo y Craso, quienes en sus inicios eran optimates, se convirtieran en popularis para apoyar a César? Juntos llegaron a constituir una alianza de gobierno sólida que fue el primer triunvirato formado precisamente por ellos, Julio César, Pompeyo y Craso, que duró del 60 al 53 a. C. y fue capaz de sentar condiciones para el avance de Roma, aprovechando los logros alcanzados. Pero no, César era uno para todos y eso motivó esa Guerra Civil (49-45), de la que salió victorioso. No obstante, también eso lo marcaría de forma mortal. Temerosos por su victoria, por su carisma, por su arrastre popular, era peligroso que quisiera convertirse en monarca, luego de haber sido nombrado “dictador perpetuo”. Por eso en los idus de marzo (el 15 de marzo del año 44 a. C.) un grupo de senadores encabezados por Marco Junio Bruto (con Trebonio y Décimo Bruto, muy cercanos a César, lo asesinaron con 23 puñaladas, cumpliéndose así el destino que el oráculo había vaticinado. En el texto de Shakespeare La tragedia de Julio César, éste al ver a Bruto exclama: “¡Tú también, Bruto, hijo mío!”, debido a su cercanía afectiva con su asesino.
La República romana es un periodo que va del 509 a. C., cuando se da el fin de la monarquía con la caída de Tarquino el Soberbio, al 27 a. C., cuando inicia el Imperio romano.
La muerte de César desestabilizó todo. A pesar de los conflictos y de las dificultades que se dieron durante su gobierno, el pueblo le dio todo su apoyo. César fue un defensor del orden legal republicano y cuando decidió transgredirlo y cruzar el Rubicón se debió al autogolpe de Estado dado por los optimates, que tenían el control del Senado. Al resultar victorioso, intentó incluso llegar a un acuerdo con Pompeyo, lo que da idea de su dimensión como político. Con anterioridad al primer triunvirato, durante el gobierno de los optimates, se realizó la “conjura de Catilina, que resultó en cinco ciudadanos arrestados bajo el cargo de conspiradores. El cónsul, senior Marco Tulio Cicerón, basado en una ley extraordinaria decretada en tiempo de Sila, ordenó la ejecución de los reos sin haber sido juzgados, por lo que al día siguiente fueron estrangulados en la prisión de Tullianum. El único senador que se opuso fue Julio César, quien exigió que fueran procesados legalmente pues todo ciudadano tenía derecho a un juicio justo. Sin embargo, Cicerón ordenó la ejecución. Esta situación llevó a César a impulsar el triunvirato.
Como cónsul senior, Julio César emprendió una serie de reformas benéficas para un pueblo olvidado por los optimates, las llamadas Leyes Julias que conducían a la transparencia en el gobierno, creado el primer boletín oficial del Estado, la persecución de los abusos de los gobernadores de las provincias, el reparto de tierras a los necesitados (a pesar del rechazo del Senado), para lo que contó con la manifestación popular, la regulación de las actividades económicas, disminución de impuestos, retorno a la legalidad constitucional, democratización de las asambleas, reparto de trigo gratuito a los necesitados y más. Sin embargo, su afán por la expansión de Roma lo llevó nuevamente al combate, buscando la participación de habitantes de las provincias en la política de la Roma central, dando por ejemplo la ciudadanía romana a 20 ciudades ibéricas, así como a toda la Galia transalpina en reconocimiento a su lealtad en la Guerra de las Galias.
Después de la Guerra Civil, César como dictador tuvo un poder omnímodo y por eso los conjurados de los idus de marzo tenían un solo deseo: acabar con el “tirano” que llevaba cinco años impidiendo el libre juego de las instituciones republicanas. Pero como señala Pierre Grimal, “no pensaban que esas instituciones se habían condenado a sí mismas debido a medio siglo de anarquía y la reanudación casi incesante de guerras civiles”. No obstante, “el genio de César supo, en esos cinco años, echar los cimientos de un nuevo orden. El dictador no era un aventurero aislado. Dejaba tras de él un partido, amigos probados y el bosquejo de un ideal. De los dos cónsules en activo, al menos uno, Antonio era su lugarteniente más fiel”. Pero Antonio no se erigió de inmediato como el sucesor de César, aunque tenía todo el control del Senado. Así, fue tejiendo hasta llegar a la conformación del segundo triunvirato a partir de noviembre del año 43 a. C, que tuvo una duración de cinco años, conformado por Marco Antonio, César Octaviano y Marco Emilio Lépido, quienes tenían más poder que el de todos los demás hombres de Estado, incluyendo a los cónsules. Luego de entrar en confrontación, Marco Antonio, junto con Cleopatra, fue derrotado en el año 31 a. C y Octavio cambió su nombre a Augusto (en el 27 a. C) y se convirtió en el primer emperador romano… Pero ésa es otra historia.
Julio César es el ejemplo del hombre que supo conjugar su faceta de sacerdote, abogado, legislador, político y militar, alguien que es capaz de actuar en todos esos ámbitos. Se trata de un personaje que, sin duda, transformó la realidad de Roma y que se inserta en el seno de la crisis de la República, institución de la que debemos extraer enseñanzas aún en nuestros días. No se trata sólo de un soldado, se trata de un hombre de Estado en toda la extensión de la palabra.
Cuando niño, cayó en mis manos un libro titulado Grandes conquistadores, en el cual prácticamente uno de los personajes era indudablemente Julio César. Desde ahí me interesé por el personaje y por la historia de Roma. Ahora que se aproximan los idus de marzo (15 de marzo), es un buen momento para recordar su vida y su papel en la historia.
Ubú Rey nunca hubiera estado inmerso en tantas complicaciones. Para él gobernar era sencillo: tenía la fuerza de Bordura y las infalibles tenazas de descerebración y los palintroques en las onejas. Sería, por supuesto, más similar a un emperador romano de los tiempos de la decadencia de la Ciudad Eterna, que a un genio político y militar como César.









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