Ismael Ledesma Mateos
Ubú Rey no es un personaje con interés y mucho menos pasión por la ciencia, pero Alfred Jarry, su creador, sí tuvo momentos de reflexión acerca de la ciencia y de la tecnología. Para él, por ejemplo, la bicicleta era algo emblemático, un símbolo derivado de la tecnología, no únicamente un medio de transporte. En varios de sus textos sostiene que “la ciencia y la técnica se van llenando de máquinas”. En otra de sus grandes novelas, Gestes et opinions du Docteur Faustroll, Pataphisicien —que Jarry no alcanzó a ver publicada—, muchos de sus seguidores impulsarán una “Ciencia” llamada “Patafísica”, la Ciencia de las Ciencias, dedicada al estudio de las “soluciones imaginarias” y a las leyes que regulan las excepciones. En boca del personaje principal de dicha novela, el Dr. Faustroll —mezcla entre el Fausto de Goethe y un Troll—, la patafísica es la única ciencia verdadera. Esta peculiar ciencia toma su distancia del símbolo del progreso y del supuesto triunfo de la tecnología en su vínculo con el descubrimiento científico Así, la patafísica representa una de las primeras tentativas importantes de promover un ataque irónico contra las “maravillas” de la ciencia y de la tecnología y busca desmitificar aquello que, a primera vista y desde la vida cotidiana, parece intocable, como se nos presenta “la verdad científica”, tal como también afirma Leslie Borsani.
Pero la visión mítica de “la verdad científica” se estremeció en 1962 con la llegada de La estructura de las revoluciones científicas de Thomas. S. Kuhn, teoría con la que, entre otras muchas cosas, quedó en cuestión la noción de “objetividad” de la ciencia. Para Kuhn, el criterio de cientificidad (aquello que hace que un conocimiento sea considerado como científico) radica en un grupo humano, “la comunidad científica” de una época, y no en la rigurosidad, la correcta aplicación de “el método científico” y todo lo que se asocia a lo objetivo. De ahí que desde entonces y hasta nuestros días, sea uno de los autores más odiados por quienes tienen una concepción idílica de la ciencia, derivada del positivismo y que no es congruente con la realidad.
El impacto de La estructura de las revoluciones científicas llegó a generar una especie de revolución en la manera de pensar y explicar el proceso de la investigación científica y también a la proliferación de teorías acordes a esa nueva concepción de la ciencia, como un producto histórico y social, haciendo visible la función de las comunidades científicas locales, que en su conjunto conforman “la comunidad científica internacional”, es decir, grupos de individuos con intereses propios, plagados de prejuicios e ideologías, que conllevan discursos y representaciones sociales (en palabras de Foucault, practican su propio régimen de verdad), que es lo que Kuhn denominó como “paradigma”.
Entre los autores con una visión crítica de esa época se encuentra Paul K. Feyerabend con su extraordinario libro Contra el Método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento (1975), que también causó gran impacto en los ambientes académicos al cuestionar uno de los mitos más importantes y acendrados de la ideología científica: la existencia del “método científico”. El abordaje de Feyerabend posee una sólida fundamentación histórica, de la cual extrae su principio fundamental: “Todo vale en la ciencia”, asumiendo la importancia de contar con una teoría del error en vez de reglas ciertas e inmutables, a manera de una receta de cocina.
Antes de Kuhn, los más famosos acercamientos sociológicos hacia las ciencias fueron las propuestas de Robert K. Merton, quien habló de la función social de la ciencia. Otra alternativa crítica a la visión tradicional de las ciencias fue la sociología del conocimiento, con el llamado “Programa Fuerte” propuesto por David Bloor, Barry Barnes, Harry Collins, Donald A. MacKenzie y John Henry. Este programa se planteó como objetivo hacer una sociología del conocimiento, es decir, explicar tanto las teorías fallidas como las teorías aceptadas como válidas en términos sociológicos. De este modo, el programa fuerte propuso que tanto las teorías aceptadas como las fallidas deberían ser tratadas sobre la base del “Principio de Simetría”, partiendo de que ambas son consecuencia de factores y condiciones sociales, tales como el contexto cultural y el propio interés, por ejemplo, observando la predisposición de los investigadores a entramados políticos o factores económicos. Todo el conocimiento humano, al ser algo que existe en la cognición humana, debe contener algunos componentes sociales en su proceso de formación.
En la obra más famosa de David Bloor, Conocimiento e imaginario social (1976), el programa fuerte tiene cuatro componentes indispensables: 1) Causalidad, que examina las condiciones (psicológicas, sociales y culturales) que provocan la demanda de un cierto tipo de conocimiento; 2) Imparcialidad, que estudia tanto las teorías satisfactorias como las insatisfactorias; 3) Simetría, que emplea el mismo tipo de explicaciones para las teorías satisfactorias como para las insatisfactorias; y 4) Reflexividad, que sostiene que debe ser posible aplicarla a la sociología misma. Este programa se ha asociado a una posición que se considera “relativista”, donde la actividad científica se considera como cualquier otra actividad humana, y que debe ser valorada en función de las condiciones de su producción enfocada no sólo a la ciencia, sino al conocimiento en general.
Estas corrientes de pensamiento han sido determinantes para arribar a una concepción de la ciencia alejada del dogmatismo que provenía del positivismo (del siglo XIX y del XX) que idealizó a la ciencia a niveles del absurdo. Con el correr de los años, surgieron los “Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad” (CTS). Este dominio interdisciplinario se fue complejizando de una manera enorme dando lugar a los denominados “Estudios de Laboratorio”, con las investigaciones de Bruno Latour, quien reconoce que “todo empezó con Kuhn”.
Latour es un pensador francés que estudió filosofía bajo la influencia de Michel Serres; más tarde se interesó en los métodos etnográficos para aplicarlos a la actividad científica, realizando un trabajo posdoctoral en el Instituto Salk en La Jolla, California, que lo condujo a publicar en coautoría con Steve Woolgar La vida en el laboratorio (1979), un famosísimo y controversial libro cuyo subversivo subtítulo es: “La construcción de los hechos científicos”, que en la primera edición era “La construcción social de los hechos científicos”. Y posteriormente otros como La ciencia en acción en 1987, y muchos otros referentes a su teoría sociológica: “La teoría del Actor-Red”, una de las teorías más ingeniosas para comprender el proceso de la investigación científica, la cual concibe el mundo como una red de actores humanos y no humanos, bajo el principio de “simetría generalizada”. Latour desarrolla esta teoría junto con Michel Callon, experto en cienciometría e impulsor de la sociología de la traducción con su trabajo con conchas y pescadores en 1986 y sus estudios de las controversias sociotécnicas.
En este somero panorama acerca de los Estudios Sociales de la Ciencia, también se debe considerar a Karin Knorr-Cetina, socióloga austriaca conocida por su trabajo en epistemología y constructivismo social, presentado en los libros La fabricación del conocimiento: un ensayo sobre el carácter constructivista y contextual de la ciencia en 1981 y Culturas epistémicas: Cómo las ciencias hacen conocimiento en 1999. En su obra enfatiza la dimensión cultural para el desarrollo del razonamiento científico y la formación de territorios llamados “arenas epistémicas”, planteando que la distinción entre procesos sociales y cognitivos es artificial.
El Padre y la Madre Ubú no darían importancia a estas cuestiones, que son trascendentales para el entendimiento del mundo contemporáneo, aunque Jarry sí. Incluso les hubiera encontrado un trasfondo patafísico, por ejemplo, el que está presente en la manera en cómo los no humanos, como una bacteria o un virus, pueden cambiar el curso de la historia, o cómo las conchas de St. Jaques pueden someter a los pescadores.
¡Eso nos dejan los Estudios CTS!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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