Ismael Ledesma Mateos
Las cortes en los países europeos y sus colonias americanas eran el centro de un ejercicio oculto del poder. Esa tradición perduró como un fenómeno impactante crucial en el establecimiento de la Nueva España en lo que el historiador Enrique Semo llamó la “faceta oriental de la Corona”, que implicaba un conjunto de coincidencias entre el imperio español y el mexica. Un Estado basado en los prejuicios religiosos, en el despotismo como forma de gobierno y un modo de producción centrado en una unidad doméstico-agro-artesanal, algo similar al orden feudal, donde los monarcas requerían de cortesanos incondicionales que les dieran ideas y elaboraran argumentaciones “sesudas” para poder así controlar a sus gobernados.
El Reino de Ubú no era tan complicado, no requería intelectuales rebuscados ni asesores corruptos que conformaran una corte, él ejercía su poder de manera directa, en todo caso modulado por los malos consejos de la Madre Ubú y el Capitán Bordura. Pero, a medida que los países son más y más complejos, las cosas adquieren múltiples dimensiones. Y ahí es donde aparecen los cortesanos, seres labiosos, con formación escolar, con dotes intelectuales, que son capaces de convencer, de engañar y seducir para que las decisiones políticas sean acordes con sus intereses y los de aquellos a quienes sirven.
En diversos momentos de la historia y hasta la actualidad los cortesanos han estado presentes, con modalidades propias en cada país. Resulta interesante la manera como se acercan a los gobiernos o cómo son cooptados para estar a las órdenes de los poderosos. Se trata de una debilidad típica de los hombres de saber, que sucumben ante el poder. ¡Yo tengo y tú no!, ¡Tú sabes y yo no!, pero entonces nos necesitamos mutuamente, como en la dialéctica del amo y del esclavo en Hegel. Es así que muchísimos intelectuales y científicos se ven seducidos por el poder y se convierten en verdaderos cortesanos. Los bajos salarios y la necesitad de reconocimiento son aprovechados por los círculos de poder para cooptarlos.
Me entristece que uno de mis escritores predilectos, Mario Vargas Llosa, recientemente haya declarado algo aberrante: que un triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones de julio próximo, significarían “un retroceso para México”, ya que lo convertiría en “una democracia populista y demagógica”. Y agregó: “Tengo la esperanza de que haya lucidez en México, ante el populismo, la demagogia y las recetas fracasadas como en el caso de Venezuela, donde ahora el 90 por ciento quisiera salir de esa sociedad frustrada y fracasada.” Eso dijo el escritor peruano durante la presentación de su libro La llamada de la tribu, una autobiografía intelectual y política. Yo no conozco esta nueva obra suya, pero para autobiografías yo me quedo con la que publicó en 1993, El pez en el agua, clara, honesta y sincera. Pero como ya he escrito, lo mejor es que no hable de política, y mucho menos de nuestro país, el cual en realidad no conoce más allá del que por décadas ha sido una “dictadura perfecta”, una de sus mejores frases.
Vargas Llosa buscó ser gobernante, ser presidente de su país, no ser un cortesano, pero con el correr de los años pareciera que se ha convertido en uno más de ellos al servicio del imperialismo y los intereses del gran capital. La tentación existe y muchos intelectuales sucumben a ella. Ante la luz de los faroles, el impacto de los reflectores, la vanidad y el narcisismo que caracteriza a los hombres que viven del saber, es difícil mantenerse al margen de los encantos de “la corte”. Aquí pienso en la grandeza intelectual y moral de Jean-Paul Sartre, quien rechazó el Premio Nobel, por convicción y compromiso intelectual.
Por supuesto que yo rechazo la estupidez de una escritora sonorense de nombre Carmen Bojórquez, que propuso una quema de libros de Vargas Llosa por sus comentarios anti AMLO. Eso es sin duda inadmisible y un desprestigio para quienes luchan por un cambio democrático en el país. No sólo las magníficas novelas del escritor peruano-español, sino jamás debe ser quemado ningún libro, ni siquiera Mi lucha de Adolf Hitler. Sería una pesadilla, pero por desgracia el fanatismo existe y se da en todo proceso ideológico. En ello los cortesanos son cómplices que contribuyen a esos fenómenos con un silencio indigno o con la deliberada distorsión de la opinión pública.
Los cortesanos están presentes en todo el curso de la historia. Algunos operan de manera turbia y tenebrosa y otros se expresan con claridad y contundencia. Pero ahí están. Uno de los libros más importantes en mi formación es Galileo courtier. The practice of science in the culture of absolutisme (1993), escrito por Mario Biagioli, donde analiza de una manera renovada el “caso Galileo”, que ha sido emblemático en la historia de la ciencia. Se trata de una lectura interesante. Por fortuna el libro fue traducido al castellano en Argentina y publicado en 2008. Se plantea una visión diferente de lo que ocurrió con este gran astrónomo en la corte de los Médici, donde pasó la mayor parte de su vida adulta, como matemático y filósofo del gran duque de Toscana.
Como asienta Biagioli en el prólogo: “La tendencia a trazar una distinción entre el Galileo ‘científico’ y el Galileo ‘cortesano’ no se limita sólo a los estudios académicos. Bertolt Brecht, por ejemplo le atribuye el ethos y la cultura de un artesano más que de un cortesano, aunque en su profunda obra Vida de Galileo no lo presenta como un científico ‘puro’ y desinteresado. Para Brecht los artesanos representan a las fuerzas progresistas, mientras que los cortesanos simbolizan al ancien regime: una cultura que el autor considera opuesta a los valores potencialmente positivos y modernos de la ciencia.”
Un elemento determinante que Biagioli introduce es el del “mecenazgo”, donde se “ofrecerán pruebas de que las inquietudes relativas a dicho sistema y al ascenso social no son ajenas a la labor de Galileo. En efecto, tener un mecenas de la corte no representa un mero recurso para ser usado por beneficiarios astutos y lúcidos (como el Galileo de Brecht). El mecenazgo es un elemento integral en el proceso de autoconstrucción de todos los cortesanos… se trata de una institución sin muros, un sistema complejo y amplio que constituye el mundo social para la ciencia de Galileo. En síntesis, aquí no se presenta al matemático italiano como un mero manipulador racional de la maquinaria del mecenazgo, sino como un científico cuyo discurso está orientado por la cultura del mecenazgo en la que opera hasta el final de su vida, al igual que sus motivaciones y sus elecciones intelectuales. El estilo de Galileo está impregnado de la cultura cortesana, pero además… existe una simbiosis entre su compromiso cada vez mayor con el copernicanismo y su proceso como beneficiario exitoso de la corte”.
Lo que conduce a la caída de Galileo, a su exclusión, es la dinámica misma de la corte. La versión tradicional es que fueron los prejuicios religiosos, la cerrazón de la iglesia católica, los resabios del “oscurantismo medieval” lo que llevó a la censura de la obra de Galileo, pero como nos muestra Biagioli, la clave de todo está en la corte. Galileo era originalmente un matemático, no era un astrónomo que fuera clérigo, a diferencia de los demás integrantes de ese gremio en la corte. Él representaba otro estamento socioprofesional: era un artesano, no un sacerdote. De ahí que todos sus planteamientos fueran descalificados y cuestionados por una confrontación gremial.
En el capítulo cuarto, titulado “La antropología de la inconmensurabilidad”, Biagioli plantea una categoría que nos da luz para el estudio del caso: “la inconmensurabilidad socioprofesional”, que implica que en este asunto en particular los clérigos integrantes de la corte, que se asumían astrónomos, no podían permitir que un artesano y matemático los superara y desplazara, por lo que era necesario excluirlo, anularlo. Así, no se trata de un asunto de prejuicios religiosos, sino de espacios de poder, en una microfísica del poder, donde lo socioprofesional es determinante, así como el posicionamiento en el seno de la corte, donde habrá cortesanos más cercanos al poderoso y con mayor influencia.
Cuando leía este libro y escribía mi tesis doctoral, pensé que esta inconmensurabilidad socioprofesional es una variante de otra de orden superior, más amplia, que llamé, siguiendo mi influencia del pensamiento de Michel Foucault, “inconmensurabilidad discursiva”, que engloba a la socioprofesional, pues en los diferentes estamentos gremiales existen discursos que son inconmensurables entre sí, entre los que no existe posibilidad de comunicación alguna. Y en la corte de los Médici eso pasó con Galileo: una inconmensurabilidad socioprofesional, que es parte de una inconmensurabilidad discursiva, entendiendo el discurso como una red articulada de nociones, conceptos, prejuicios, elaboraciones ideológicas y representaciones sociales que dan cuenta de las acciones de los individuos, en lo particular y como miembros de una comunidad. En resumen, pues, ¡los cortesanos operan de acuerdo a un discurso!
El Padre Ubú diría: “Pamplinas, el poder es el poder y debe ejercerse omnímodamente, qué discursos ni qué tonterías.” Qué es eso de lo socioprofesional, si su único grupo social está integrado por la Madre Ubú y el Capitán Bordura. Esa sería su simple y sencilla corte, pero, aunque lo ignore, hay muchas más complejas, como las que tienen sometidas a muchas instituciones y países del mundo. ¡No todo es poner palitroques en la onejas y aplicar las tenazas de descerebración!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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