Ismael Ledesma Mateos
Al inicio de los años noventa escuché una frase emblemática que utilicé en varias alocuciones en el seno de los conflictos de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP) hundida en la corrupción. Era del historiador Enrique Krauze, quien afirmaba que uno de los más graves problemas de México era “el amasiato entre la política y los negocios”. En efecto, un componente determinante de la corrupción gubernamental no es el robo directo de los recursos del erario público sino el dinero mal habido gracias al uso del poder para hacer “negocios” que no son registrados en las operaciones formales hacendarias del ejercicio público. Contratos, concesiones, obras otorgadas sin licitación son la base de ese enriquecimiento ilícito, origen de las grandes fortunas de los gobernantes.
Me llena de pena enterarme de que un intelectual que admiro se haya prestado a lo que él mismo genialmente describió y cuestionó, y saber que para su Editorial Clío y su revista Letras Libres recibió durante el sexenio de Enrique Peña Nieto 144 millones 80 mil 995 pesos. ¿A cuenta de qué? Es inconcebible que un intelectual, considerado crítico del poder, alguien del más alto nivel, recibiera dinero del Estado, lo que podría presuponer para los malpensantes, una “compra” de opinión o posicionamiento político. ¿Cómo puede ser posible que un historiador de esa jerarquía se preste a semejantes aberraciones? Cierto, puede ser publicidad contratada, pero ¿hasta dónde eso no implica un compromiso? Autor lúcido, con planteamientos profundos, de pronto escribe textos en contra del más evidente contendiente por la presidencia (que finalmente triunfó) y aún lo ha seguido cuestionando. Podríamos pensar que es una posición política, algo muy válido; pero la presencia del dinero enturbia todo.
El periodismo implica una relación de gran fuerza con el poder. Llamarle a la prensa “el cuarto poder” no es trivial, los medios de comunicación tienen un peso determinante en todo proceso social. En el caso de la revolución bolchevique algo trascendental fue la publicación de Iskra (la chispa), periódico político de los emigrantes socialistas de Rusia, cuya primera edición fue publicada en Leipzig en 1900 y otras ediciones fueron publicadas en Munich, Londres y Ginebra. Para Lenin un factor crucial en la construcción del movimiento revolucionario era la libre circulación de las ideas, y por ello decía que luego de leerlo había que dejarlo en un teatro, en un transporte público, en un bar o un café o donde fuera, para que fuera leído por otros.
Una de las etapas más gratas de mi vida fue la época en que tuve la tarea de distribuir en Puebla el periódico Oposición, el medio clandestino del Partido Comunista Mexicano (PCM), lo cual implicaba un grave riesgo, pues el partido era ilegal, en plena época de la represión y la guerra sucia.
Lejos de lo que pudiera pensarse, el periodismo es una actividad de gran importancia social y política y por ello debe ser objeto de la investigación sociológica, antropológica e histórica y de gran significado para la acción. Siguiendo a Lenin: sin propaganda no es posible la revolución, y quienes trabajan en medios de comunicación son conscientes de ese poder, no necesariamente en términos revolucionarios, sino también para evitar cambios y transformaciones, o tratar de entorpecerlos, como actualmente ocurre en México, donde muchos medios están operando como detractores del nuevo gobierno de López Obrador, cuestionando todo lo que realiza, como nunca lo hicieron con los regímenes del PRI o del PAN, de una forma abyecta que refleja lo que se denomina la “cultura del chayo”.
En la tradición política mexicana se le denomina “chayote” o “chayo” al dinero mal habido por los periodistas y reporteros, que lo reciben a cambio de elogios a un político o gobernante, o bien por atacar o denostar a un adversario. Yo sé de dos versiones respecto al origen de ese término: una es que en un acto político de un presidente (seguramente Miguel Alemán, otros dicen que fue en el sexenio de Díaz Ordaz) donde, junto a una planta de chayote, un ujier del gobierno estaba con una maleta para repartir sobres de billetes a los periodistas; la otra es que en una comida gubernamental se ofreció crema de chayote y junto a los platos se colocaron sobres con dinero, que significaban claramente un soborno por la distorsión de la información.
El tema ha sido abordado por varios autores, debiendo hacer referencia a la extraordinaria pieza teatral de Jean-Paul Sartre, Nekrassov (1955), donde critica de forma feroz “el cuarto poder” y su posicionamiento ideológico por conveniencias políticas o económicas. “Su historia gira en torno a un periódico conservador que necesita noticias (verdaderas o falsas) para atraer nuevos lectores y subsistir y cómo los poderes usan la información para meter miedo a la población y aprovecharse de ello”, lo cual se basa en la premisa de que la población es manipulable, cosa que en la actualidad vemos todos los días en una guerra, que en los hechos es un linchamiento mediático contra el gobierno de la república, donde como trasfondo existe el odio a la transformación democrática y de izquierda del país. Creo que lo que debería hacer el presidente López Obrador es enviar huacales de chayotes a las redacciones de todos los medios y a los periodistas más visibles en el complot antigubernamental, a ver si con eso dejan de estar intrigando. En lo personal, ya me tienen harto y su vulgaridad es obvia y obscena. Uno se pregunta si es que atacan por ideología o por el ansia de “chayote”, o como también se dijo en otros tiempos, por querer “ser maiceados”.
Pensar en “el chayote” me llevó a la lectura de un texto muy interesante de Philip Schlesinger: “Repensando la sociología del periodismo: estrategias de las fuentes y límites del centralismo en los medios”, donde cita a Hebert Gans (1979), quien dice:
“Mis observaciones acerca del poder de los medios sugiere que el estudio de ellos merece mucho más atención de parte de los investigadores de noticias de la que se ha tenido hasta ahora. Para entender plenamente las noticias los investigadores deben estudiar las fuentes como representando un papel y como representantes de grupos organizados o desorganizados, por los que se actúa y habla y, por lo mismo, como detentadores de poder. Sobre todo, los investigadores deben determinar qué grupos se crean o se vuelven fuertes y con qué tipo de agenda; qué intereses persiguen al buscar acceso a las noticias o cuando las rechazan. Estudios paralelos deben elaborarse sobre grupos a los que no les es posible entrar en las noticias y por qué esto es así. También deberían preguntar los investigadores sobre qué efecto tiene sobre el poder el lograr obtener o no acceso a las noticas, así como sobre los intereses y las actividades subsecuentes de los grupos que llegan a ser fuentes o son representados por fuentes.”
Schlesinger prosigue: “Una vez que se empiezan a analizar las tácticas y estrategias que son seguidas por las fuentes que buscan atención de los medios, el preguntar acerca de su percepción del otro, competencia, actores en el campo sobre el cual ellos tratan de ejercer influencia, el preguntar acerca de los recursos financieros a su disposición y los contextos organizacionales en los que operan, el preguntar por sus metas e ideales y sus nociones de efectividad, uno descubre rápidamente qué tan ignorantes nos encontramos en lo referente a tales asuntos. Y esto, a pesar de la indudable importancia que la contribución que los estudios de producción han logrado para este campo.”
En efecto, uno de los ámbitos donde nos podemos percatar del impacto de los recursos financieros es el de la relación entre los medios y el poder, donde podemos ver con claridad cómo los lindes entre las convicciones y el compromiso político se desdibujan. ¡Que diferencia entre la prensa de los Flores Magón o El Machete ilegal o el periódico Oposición del Partido Comunista Mexicano, donde existió siempre la convicción de que la prensa es un arma crucial para la revolución o la transformación social. Pero ahora lo que afrontamos es un acoso, un linchamiento mediático contra la transformación del país.
Todos los días podemos leer a columnistas que dicen cosas absolutamente nauseabundas, que dejan ver su ansia por “el chayote” y la corrupción, que requerirían reacciones enérgicas, incluso autoritarias, que el gobierno de la 4T no pretende instrumentar. Pero me pregunto si vamos a tolerar que en el resto del sexenio se siga calumniando, difamando y tratando de confundir a lo opinión pública como lo hacen impunemente los columnistas y comentaristas “fifís”, algunos de los cuales se visten con auras de “intelectuales” (intelectuales mediáticos, como diría el doctor Hernán Gómez Bruera), que opinan y hablan de todo “como si supieran” (diría mi maestro, el doctor Boanaerges Rubalcava), que son una plaga en el mundo académico y ahora en el mediático y en el político.
Se presentan como doctores, aunque algunos no obtuvieron el grado, pero tienen relaciones, trabajan en el CIDE, el ITAM, el Colmex y otras prestigiadas instituciones, y se ungen como autoridad para denostar a un gobierno democráticamente electo, que a casi seis meses de gobierno ha hecho lo posible, con aciertos y obviamente con errores (muchos), pero querer juzgar para descalificar en este momento lo que ha sido la gestión es sólo “mala leche”, que para mí es un ejemplo de “la sociología del chayote”.
¡Qué cosas!, diría el Padre Ubú. Lo bueno es que en su reino la prensa no existía: había algunos boletines que anunciaban la necesidad de aportar más a las phinanzas, pero sólo eso. La política era algo casero, que si estaba en riesgo de salir de control se arreglaba aplicando las tenazas de descerebración y palitroques en la onejas, sin tanta corrupción y gasto innecesario de dineros que tanto querían acumular, tanto él y la codiciosa Madre Ubú.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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