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Lenin y la revolución bolchevique

· noviembre 3, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

Cuando tuve en mis manos mi libro de texto gratuito de sexto año de primaria, de esos que en los años sesenta tenían en la portada la imagen de una mujer que simbolizaba a “la Patria”, pintada por Jorge González Camarena y que según Mónica Mateos-Vega era una mujer tlaxcalteca llamada Victoria Dornelas (esos que se hicieron por orden del presidente Adolfo López Mateos) vi en una de sus últimas páginas a Lenin arengando al pueblo y quedé, a mis once años, impactado por la fuerza de su imagen.

Bueno, la Polonia del Padre Ubú estaba muy lejos del mundo de mediados del siglo XX, y menos de la invasión de la Alemania nazi a su país, que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial, ni que luego fuera un país dominado por los rusos, atrás del “Telón de Acero” o “Cortina de Hierro” y cuna del papa anticomunista Juan Pablo II.

No obstante, a partir de la Revolución de Octubre de 1917 la Unión Soviética existió y eso implicaba que una revolución socialista era posible y ese país, a pesar de sus defectos (y algunas monstruosidades) ¡era mejor que el mundo capitalista!

Por fortuna, para esos años en los que yo crecía Stalin había muerto y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se transformaba. Yo comencé a estudiar su historia y la de la Revolución que Lenin encabezó y que sin duda transformó al mundo, una esperanza para los pobres del mundo (con la que yo me identificaba), aunque desde 1968, a los ocho años, veía con recelo debido a la invasión a Checoeslovaquia, que impulsaba otro modelo de socialismo a partir de la Primavera de Praga y que antecedió a la brutal represión en México: la masacre de Tlatelolco, en un año en el cual también ocurrió la represión al movimiento estudiantil en París, conocido el hecho como el mayo francés.

Si Marx era el filósofo, el teórico de la historia, el que la concibió como una verdadera ciencia por la vía del “materialismo histórico”, el gran teórico de la economía política, con su magna obra El Capital, Lenin fue no sólo un teórico político sino un “político en acción” que pudo ser capaz de encabezar una revolución que echó abajo el aberrante y anquilosado régimen zarista, representación plena de la preservación del orden feudal de la Edad Media. Lenin es la encarnación de una visión pragmática digna siempre de ser estudiada, como a su antecesor, Maquiavelo y a su sucesor, Gramsci. Se trata de política pura, no de filosofía ni de reflexión, sino de acción. Él pensó en tomar el poder, ¡y lo hizo!

La Revolución Bolchevique ocurrió en 1917 y como escribió Victor Serge: “para entender a Lenin, al hombre y su trabajo, hace falta situarlos en su contexto histórico. El año 1917 fue el cuarto año de la Guerra Mundial. Durante más de mil días, todos los hombres capaces de los países más grandes de Europa vestían el uniforme militar. La flor de la juventud del continente, toda una generación de jóvenes, había sido aniquilada. Estaban movilizados 30 millones de hombres. Es la época de la Gran Guerra”. No era un novato, ya había sido víctima de la represión y se encontraba en París cuando conoció a León Trotsky (Lev Davidovich Bronstein), quien se había exiliado antes en Nueva York, y me imagino una escena, en la que están tomando café, vino o coñac en la terraza de un bar de París, discutiendo sobre la desgracia de la Rusia en manos de los zares, para luego recibir la noticia de la cuantiosa herencia que Lenin recibe de su tía recién fallecida.

Sin esa eventualidad histórica, no se hubiera dado la Revolución Rusa, pero con todo ese dinero Lenin pudo, en el contexto de la Primera Guerra Mundial pasar de Zurich, donde en ese momento se encontraba, hasta Finlandia; pasar de ahí a Rusia e ingresar una gran cantidad de armamento (lo que nos debe llevar a reflexionar acerca de la relación entre la política y el dinero, pues las revoluciones o las campañas lo requieren). Además, la situación del pueblo ruso era intolerable, y ya en Rusia, después de pasar por “la Estación de Finlandia”, pudo con su gran habilidad política organizar a los sectores populares para crear grupos llamados “soviets” y proponer que ellos debían detentar el poder. “Todo el poder a los soviets”, era la consigna que enarbolaban, y en consecuencia la mayor instancia de gobierno era el “soviet supremo”, que luego del triunfo de la Revolución él presidió, hasta su muerte, seguramente preparada por Stalin.

Pero la Revolución implicó dos vertientes: una política, donde las asambleas y la organización del pueblo fueron elementos fundamentales. Un principio crucial en la política es el que para ello Lenin planteó la importancia de la propaganda, y para tal fin creó desde 1905, durante el exilio en el extranjero, el periódico Iskra (La Chispa), que debía ser un medio detonante de la subversión y que, aconsejaba, se dejaba después de leerlo en cualquier lado para que otros lo tomaran y lo leyeran. La otra vertiente fue la militar, y para ello fue crucial el papel de Trotsky, como en la Revolución Cubana lo fue el del Che Guevara, principal artífice de la acción armada.

Trotsky organizó prácticamente de la nada el Ejército Rojo, formado por integrantes del partido que había constituido y de los soviets, pero también de 30 mil antiguos oficiales zaristas, que, en precaución por su dudosa lealtad fueron fiscalizados por “comisarios políticos”. Él dirigió personalmente las operaciones desde su tren blindado, en agosto de 1918, en el frente de Kazán, contra la Legión Checa y asegurada la zona del Volga, a fines de septiembre, regresó a Moscú y transformó el Consejo Superior de Guerra en Consejo Revolucionario de Guerra de la República, del que dependían los consejos revolucionarios de guerra de cada frente de combate. Pasó el resto del otoño y el inicio del invierno en el frente sur, supervisando el mediocre trabajo militar de los partidarios de Stalin en Tsaritsin (luego Stalingrado y actualmente Volgogrado), mientras que en Moscú sus adversarios, Stalin y Zinoviev, intrigaban contra él ante Lenin.

La Revolución Bolchevique (creo que como todas las revoluciones) es apasionante pues su historia conjuga la faceta teórica, intelectual y humana de personajes como Lenin y Trotsky, con la acción política y colectiva de la clase proletaria, harta de condiciones de explotación inadmisibles. Ellos fueron capaces de dirigir una revolución basada en la acción colectiva que transformó definitivamente a ese país atrasado, pues como dijera Lenin: “El socialismo son los soviets más la electrificación”, algo similar a lo que hizo Porfirio Díaz al modernizar México.

No obstante hay que pensar, estudiando la obra de Lenin, que existen dos personajes con el mismo nombre: el autor de El Estado y la Revolución, que es un pensador programático que anhela un cambio en su país atrasado y miserable, y el teórico de la actuación política que leemos en el Qué Hacer, un texto que a una persona feble le daría miedo. Una lección de política que es digna de conjugarse con el ¡gran Maquiavelo!

En la UAP de años gloriosos tuve la fortuna de escuchar la presentación del libro de Óscar del Barco, titulado Para una crítica de la teoría y práctica leninista, y ver el debate con Enrique Semo y sus discípulos, entre ellos Jorge Castañeda, que enfurecieron ante la contundencia de esa visón, seria, analítica y crítica, acerca de lo que fue la mentalidad y actividad política contradictoria de Lenin, quien en realidad sabía poco de Marx (lo conoció vía Plejanov), lo cual no le resta méritos como teórico político, pero es incongruente con esa iconografía soviética de cuatro cabezas donde están de perfil Marx, Engels, Lenin ¡y Stalin! Aquí el surrealismo se queda corto.

Pero esa revolución del 25 de octubre de 1917 o 7 de noviembre (según antiguo calendario) marcó el nacimiento de una nación, la Unión Soviética, que tuvo un papel fundamental en el siglo XX, donde destaca la derrota del nazismo y la liberación de buena parte de Europa en la Segunda Guerra Mundial. Si por desgracia Lenin no continuó en el poder y Stalin fue un dictador autoritario, no puede negarse la importancia de esa gran nación en el equilibrio mundial. Algo muy emblemático es cómo, después del acto genocida de Estados Unidos al estallar las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la Unión Soviética produjo sus bombas nucleares, lo que condujo a un equilibro en el mundo en el contexto de la llamada “Guerra Fría”.

Ubú Rey no comprendería cómo pudo haber personajes como Lenin y Trotsky, aunque se identificaría con Stalin, al que pensaría similar al Capitán Bordura, quien afortunadamente para su imaginario país no tomó el poder. Pero, bueno, sirva todo esto para pensar en el valor de las revoluciones en cuanto a la transformación del mundo.

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