Ismael Ledesma Mateos
Las asociaciones científicas no son sólo agrupamientos académicos, son a su vez operadoras políticas que implican espacios de presencia social, además de su gran trascendencia en la motivación académica. Esto se entendió desde los inicios de la ciencia moderna, cuando se fundaron las primeras sociedades de científicos. Contar con medios de comunicación adecuados era necesidad prioritaria para el desarrollo del conocimiento, pues para aquellas épocas la única manera de comunicación era por carta y el correo era lento, incierto y costoso. Sin embargo, en los sectores opulentos surgieron varios protectores de la investigación llamados “amateurs” (amantes del saber), palabra que comienza a usarse en Francia en el siglo XVI, quienes reunían en sus casas a los sabios para que pudieran discutir entre ellos, o acumulaban sus cartas, para luego discutirlas y distribuirlas.
Los amateurs proporcionaban recursos a los investigadores, a los que se llamaba Curiosi rerum naturae (curiosos de la naturaleza de las cosas). Por ejemplo, William Gilbert (1544-1603), médico de la reina Isabel, ocupó ese papel en Inglaterra, en tanto que en Francia Nicholas Fabri de Peiresc (1580-1637) fue amigo de Galileo y le compró 40 telescopios para verificar sus descubrimientos (porque la ciencia se hace también con dinero). Él siguió de cerca las investigaciones de Harvey, dejando una importante correspondencia que proporciona gran información acerca de este periodo de la historia de la ciencia.
Federico Cesi, duque de Acuasparta (1585-1630), junto con otros jóvenes fundó en 1609 la primera sociedad científica L’Acdademia dei Lincei (La academia de los linces), a la que se unieron Galileo, Peiresc y otros. Ellos adoptaron el lince como su emblema, por considerarlo un animal con vista penetrante, en analogía con el telescopio. En Inglaterra varios Curiosi rerum naturae, algunos que participaron en el círculo de Mersene en Francia, comenzaron a reunirse en el Gresham College a partir de 1645 y se les llamaba Invisible College; en 1662 ellos constituyeron una sociedad formal que obtuvo la aprobación del rey y tomó el nombre de Royal Society, que sería la segunda sociedad científica. El círculo de Mersene contó con la protección de Jean Baptiste Colbert (1619-1683), ministro del rey Luis XVI, que en 1668 consiguió su reconocimiento oficial con la denominación de Academie des Sciences, que sería la tercera sociedad científica del mundo.
Pero en toda esta historia, si la vemos de manera analítica, no como un enlistado de nombres y fechas, podemos percatarnos de la importancia de las relaciones de poder en la creación de estas sociedades, que nos revelan que no son algo únicamente académico: las sociedades científicas son algo determinante en la construcción de las disciplinas (que no son sinónimo de ciencias) pues son las operadoras corpóreas del conocimiento, es decir, que nos revelan su verdadera dimensión material, y que se encuentran en las facultades, escuelas, centros e institutos de investigación, en los libros de texto, en los manuales escolares y en las sociedades científicas.
Esta visión se tuvo en México cuando en 1833 se creó por Valentín Gómez Farías la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primera sociedad científica del continente americano, y luego en 1868 la Sociedad Mexicana de Historia Natural y en 1884 la Sociedad Científica “Antonio Alzate”, todas de gran impacto en la vida científica de una nación que estaba naciendo, y que produjeron publicaciones de gran valor para el conocimiento científico, algunas que hasta hace poco tiempo son estudiadas por los historiadores de la ciencia.
Los días 6 y 7 de noviembre se realizó, en la Facultad de Estudios Superiores-Iztacala de la UNAM, el 16 Congreso Mexicano de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, evento que tiene ya varios años de efectuarse, organizado por otra importante asociación científica: la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología A.C., fundada en 1964 por el Dr. Enrique Beltrán, el primer mexicano que tuvo un título equivalente al de biólogo, “Profesor Académico en Ciencias Naturales”, que otorgaba la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México, aunque él siempre se autodenominó como el primer biólogo mexicano. Cuando era el subsecretario forestal de la fauna, en el sexenio de Adolfo López Mateos, aprovechó su poder para reactivar la Sociedad Mexicana de Historia Natural, que había dejado de funcionar, y crear la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología.
Beltrán fue un gran científico, pero al mismo tiempo un político visionario. Por ello pensó en la importancia de la historia de la ciencia para el entendimiento del desarrollo científico. Yo tengo el orgullo de haber sido por dos periodos presidente de esa sociedad, que actualmente tiene como presidenta también a una bióloga, la Dra. Arlette López Trujillo. Juntos hemos trabajado y trabajaremos para mantener vigente el legado del Dr. Beltrán.
En los dos días de trabajo a los que me refiero, se presentaron muy interesantes ponencias que dan cuenta del trabajo en historia de la ciencia y de la tecnología, presentaciones de libros, mesas redondas y conferencias magistrales, pero lo que quiero resaltar es la pertinencia de no perder de vista la importancia de las sociedades científicas, pues, por ejemplo, a este evento asistieron estudiantes que son motivados por los trabajos que escucharon, al mismo tiempo que algunos también fueron ponentes, lo que conduce a la permanencia de un campo de estudios, en este caso multidisciplinario, y eso además de ser una actividad académica es una acción política, pues lleva a que nuevas generaciones continúen contribuyendo a la generación de conocimiento, que es crucial para la nación, pues sin ciencia y tecnología y sin una reflexión acerca de cómo se ha generado en la historia, no hay posibilidad de progreso.
El Rey Ubú no entendería estas cuestiones, pues en sus dominio, pensar en la ciencia y la tecnología sería absurdo, ya que para él lo importante eran las phinanzas. Pero lo que no sabría es que para tener phinanzas se necesita el desarrollo científico y tecnológico, pues el saber no puede desvincularse del poder y tampoco de la economía.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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