Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú no hubiera sido recostable en el diván, en ese “diván el terrible”, donde las resistencias a la verdad subjetiva afloran; el simplismo de los autócratas no permite la introspección que conlleva el psicoanálisis. Y si hubiera manifestado algún interés por adentrarse en su psiquismo, la Madre Ubú y el Capitán Bordura lo hubieran mandado con un psicofarsante, de los que tanto abundan, para que le diera consejos simples. El psicoanálisis no es eso, es sin duda una disciplina apasionante, que después de Sigmund Freud fue llevada a una fase culminante con Jacques-Marie Émile Lacan.
El pasado 13 de abril quise recordar a Jacques Lacan, quien nació ese día en 1901. La idea me vino a la mente cuando escuchaba a Sabina cantando: “quien me ha robado el mes de abril… cómo pudo sucederme a mí”. Me levanté y tomé su biografía escrita por Élisabeth Roudinesco (FCE, 1994) y comencé a leer algunas partes, recordando los momentos en los que me inicié en su lectura. Mi primer contacto con el autor fue una conferencia de Enrique Guinsberg, un exiliado argentino que llegó a dar clase a la UAP, como muchos otros, huyendo de la atroz dictadura, llegada por demás benéfica para la institución. En esos tiempos también se realizó una mesa redonda acerca del libro Psicología, ideología y ciencia, con sus autores Néstor Braunstein, Marcelo Pasternac, Gloria Beneditto y Frida Saal (Siglo XXI, 1975). Ahí quedé impresionado con el pensamiento de Lacan, lo que luego confirmaría con la lectura de otro texto de Braunstein, donde dice: “Lacan, Lacan… atonta”.
Eran los años setenta y se comenzó a hablar mucho de Lacan, generalmente sin saber, como ocurre comúnmente con la gente que “habla como si supiera”. Los detractores del psicoanálisis se expresaban, en tono de burla sobre alguien con algún problema psíquico, que buscara un psicoanalista, “lacaniano de preferencia”… y bromitas así. El psicoanálisis es una disciplina compleja y difícil de entender para el pensamiento vulgar, es algo difícil de valorar, pues muchos de esos “pensadores” lo asocian a la locura, a la enfermedad mental, al extremo que pueden decirle a quien habla de ello: “vas a ir con tu loquero”. Lejos de eso, el psicoanálisis no es una terapia, no es en sentido estricto una práctica clínica, no es la curación de un enfermo. Es una forma de introspección y autoconocimiento, sólo posible para algunos, quienes evidentemente no pueden estar locos: es para nosotros, “los neuróticos”.
El psicoanalista lacaniano no se asume como “curador”; es algo muy distinto a un psiquiatra. No da consulta, la sesión es una “escucha”; no se requiere por ello ser psicólogo o psiquiatra para ser psicoanalista. Por ejemplo, en Madrid tengo a una gran amiga psicoanalista cuya formación es la de doctora en historia, y en México el eminente psicoanalista Armado Suárez era abogado y economista y fundó la colección de Psicología, Etología y Psicoanálisis de la editorial Siglo XXI, donde precisamente escribió Néstor Braunstein.
El psicoanálisis serio es una práctica críptica, a donde se llega por recomendación, no por medio de un anuncio. En esa lógica se inscribe el psicoanálisis de Lacan, que representa una renovación y una forma diferente de leer a Freud, de una manera aguda, como pudo provenir de un representante de esa generación parisina de la que formaron parte Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Raymond Aron, Roger Garaudy y Claude Levi-Strauss.
Para Lacan el saber del analista consiste siempre en “ajustarse a la consigna de ignorar lo que sabe”, para así poder (en una operación interesada) reconocer la palabra verdadera del analizado, lo que significa renunciar a su propio narcisismo, que podría llevarlo a reproducirle en el sujeto que tiene en el diván y convertirlo en un muñeco de ventrílocuo. Braunstein es magistral en su libro Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan), cuando nos dice que “por diversión podría señalar que del tronco freudiano han brotado tres variedades de analista, una es ana —y pienso en Ana Freud— lista. Analista. Sabe gracias a la actividad de su Yo, lo que pasa en el Yo del otro, y desde allí se siente autorizada a interpretar… Otra es melana —y pienso en Klein— lista. Analistísima. Sabe desde su Yo lo que pasa en el Ello del paciente y está en condiciones de hacer una traducción simultánea desde el lenguaje del paciente al lenguaje de sus instintos, centrándose en lo que pasa en la sesión, aquí, ahora y conmigo”. Y finalmente está Lacan —el que atonta— quien reconoce a su saber como un saber imaginario, “puesto que es imposible saber sin creer uno que sabe y si uno cree que sabe, aunque sepa, no puede hacer intervenir esa presunción para acercar al otro al saber. Porque eso corre el riesgo de ser aceptado por el otro. En realidad es lo que el otro le pide: que alguien remplace con la presunción de saber su ignorancia”. Y si esto ocurre, no hay remedio, el analizado termina adoctrinado, girando en el discurso del otro, y eso, que para mucho es la meta del análisis, no lo es.
Eso les encanta a los seres abyectos que llamo “apapachadores”, psicólogos o psiquiatras que se dicen psicoanalistas sin haber pasado por el diván con rigor y seriedad. En TV, por ejemplo, en el programa “Diálogos en confianza” de canal 11, podemos ver con frecuencia a personajes que se presentan como psicoanalistas y dicen tal cantidad de estupideces, que da pavor. Lacan vino en ese terreno a sacar a los “mercaderes” del templo, pues como se ha dicho: “si Freud es Dios, Lacan es su profeta”. Y así es: Lacan produjo una renovación del psicoanálisis conformando una verdadera revolución teórica, introduciendo la dimensión lingüística para la posibilidad del entendimiento del orden simbólico.
Para ello Lacan desarrolló una teoría en la que busca la conjunción del significante y el goce, para dar cuenta de cómo este último afectaba al cuerpo, lo cual involucra el concepto de lalengua, entendido como el lugar de mayor juntura entre estos elementos heterogéneos. Su escritura holofraseada da cuenta de que allí el significante no cuenta con su propiedad de diferenciación sino que tiene valor de letra. Es significante solo, un enjambre de significantes, unos coagulados, impregnados de afectos, de goce. En el texto Aún —en el Seminario 20— Lacan nos advierte de “hasta donde llegan los efectos de lalengua por el hecho de que presenta toda suerte de afectos que permanecen enigmáticos. Estos afectos son el resultado de la presencia de lalengua en tanto que articula cosas de saber que van mucho más allá de lo que el ser que habla soporta de saber enunciado”.
La genialidad de Lacan involucra la manera como buscó la relación interdisciplinaria de la filosofía del estructuralismo, la lingüística estructural, las matemáticas con el psicoanálisis, poniendo énfasis en los llamados textos canónicos de Freud, que serían lo fundamental de su obra: El chiste y su relación con el inconsciente, La interpretación de los sueños y Psicopatología de la vida cotidiana, buscando remontar las desviaciones de los teóricos post-freudianos, que se distorsionaron la teoría original, entendiendo que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que estructura su orden simbólico.
Para Lacan la constitución subjetiva se entiende como una estructura dinámica organizada en tres registros. Para ello formuló las categorías de lo real, lo imaginario y lo simbólico con objeto de describir estas tres dimensiones anudadas en la constitución del sujeto. Estos tres registros se hallan imbricados según la forma de un nudo borromeo (o nudo Borromi): El desanudamiento de cualquiera de los tres provoca el desanudamiento de los otros dos. Se trata de otra herramienta conceptual típica de la topología combinatoria, como lo es la Banda de Möbius, donde lo real es una forma de imposible y, aunque siempre está presente, está mediado por lo imaginario y lo simbólico.
Lacan postula que la percepción que cada ser humano tiene de sí, su sí-mismo, la imagen de sí, mediante la cual se registra como Uno, es congruente con la noción de su ego. Esta noción de su apariencia corporal completa y de su personalidad sólo se logra a temprana edad viéndose reflejado en un semejante. A este momento se le llama estadio del espejo. El yo (o ego) es (inicialmente) un otro. Con tal descubrimiento puede decir Lacan: el yo se constituye en y por un otro semejante. El estadio del espejo es descrito en el ensayo de Lacan “El estadio del espejo como formador de función del yo”, el primero de sus Escritos.
En este espacio sería imposible detallar la teoría psicoanalítica de Lacan a profundidad y en toda su riqueza, sin embargo, vale la pena que en todo momento tengamos presente a un autor que contribuyó de manera sustancial a la revolución del pensamiento en el siglo XX, siendo alguien que ha dado aliento a otros pensadores contemporáneos como Alan Badiou y Slavoj Žižek, además de contar con rabiosos detractores como Alan Sokal y Jean Bricmont, que en su libro Imposturas intelectuales arremeten no sólo contra Lacan, sino también contra Bruno Latour y otros autores fundamentales para el entendimiento del mundo en que vivimos. Si el siglo XIX fue impactado por Darwin, Marx y Freud, el siglo XX lo fue por muchos otros autores, de los cuales uno de los más importantes es Lacan.
El Padre Ubú se quedaría anonadado con la lectura de este texto en una columna que lleva su nombre. Diría, como otro personaje de ninguna manera analizable: ¿Y yo por qué?









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