Ismael Ledesma Mateos
Habiéndome formado en la investigación biológica experimental, mi gestión como director fundador de la Escuela de Biología de la UAP me alejó del laboratorio y me llevó al mundo de la política y de las ciencias sociales, dedicándome a la historia y la sociología de la ciencia. Sin embargo, jamás he dejado de tener contacto con mis compañeros, alumnos y colegas que hacen bioquímica, biología celular, biología molecular, genética, fisiología, biofísica, neurociencias o farmacología.
Al estar con los científicos y sus laboratorios, nos percatamos que en todo momento se tiene una imagen de la ciencia como algo puro, limpio e inmaculado, y la realidad no es ésa, tal como podemos constatar al ver una historia de la ciencia que no sea ingenua. Intrigas, golpes bajos, plagios, traiciones y exclusiones son inherentes a la actividad científica, de la cual la dimensión del poder no debe ser desligada.
Sin embargo, cuando converso con mis amigos y excompañeros, escucho siempre quejas referentes a los presupuestos, al costo de las compras de equipo e insumos que vienen del extranjero, al costo del dólar —pues todo se adquiere en dólares—, la dificultad para la adquisición de equipo, o la falta de tesistas, que no llegan o se van por la falta de becas. Se trata de una vida imposible que se encuentra alejada de ser plena, donde paradójicamente ellos dicen ser “apolíticos”, manifestando en todo momento su escepticismo y desencanto, que pueden ir aunados a la falta de motivación en sus actividades.
Existe en muchos de ellos —y eso no depende de la edad, pues ocurre entre jóvenes y viejos— una sensación de sinsentido, de malestar existencial profundo, donde finalmente no se sabe para qué se trabaja, y en ocasiones se produce la sensación de formar parte de una gran farsa. En francés, en relación con el profesor (le enseigant) se habla de la malaise chez le enseignant. Al investigador o al profesor se le puede justificar enfermar, hasta de gripe, pero contra la malaise no hay alternativa alguna. Es como la “carcoma”, algo grave y continuo que mortifica y consume. Llega un momento en el que el hartazgo es inmenso, pero no hay salida alguna pues el sistema de seguridad social vigente para la mayoría de las instituciones de enseñanza superior e investigación científica no permite una jubilación con un ingreso suficiente, lo que lleva a la permanencia del personal hasta su muerte o enfermedad grave, pues es imposible mantener ciertos niveles de vida con una pensión del ISSSTE.
La ciencia que se practica cotidianamente es lo que se denomina “ciencia normal”, que con los años —como diría Joaquín Sabina con respecto del amor— “se marchita cuando la toca la sucia rutina”; pocos investigadores llegan a realizar hallazgos relevantes y significativos, por lo que nunca se acercaron a lo que sería la “ciencia extraordinaria” o encontrarse inmersos en un proceso de “revolución científica”,* de forma que con los años las esperanzas se pierden y la ciencia tiene que coexistir con los problemas cotidianos y domésticos, que opacan su encanto original.
Así, en los pasillos de instituciones de investigación uno escucha las conversaciones de los investigadores, acerca de sus niveles de colesterol, de la fluctuación de las tasas de interés, y sobre todo del precio del dólar, dado que en el caso de las ciencias naturales (física, química y biología, etc.) gran parte de sus actividades depende de esa divisa. Pues todo el equipamiento y la mayor parte de los reactivos son importados del extranjero. Un tema concurrente, incluso en reuniones sociales, son las políticas del CONACyT, sobre todo en lo que toca a la asignación de recursos y la aprobación de proyectos de investigación. Así como las terroríficas revisiones del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), de las que depende un sobresueldo útil para complementar el ingreso.
Si bien la discusión académica se da en los seminarios y foros oficiales (congresos, coloquios, etc.), en la vida diaria se da una forma de disociación, donde se busca desesperadamente la obtención de resultados no sólo por la generación de conocimiento, sino para poder sobrevivir. Las sesudas disertaciones al respecto de la ciencia, generalmente dejan de lado este componente psicológico, sociológico y antropológico involucrado en la subjetividad, la cual encuentra salida en la queja, en realidad justificada, acerca de los pésimos gobiernos y las malas conducciones institucionales y la incomprensión de las dificultades por parte de las instancias evaluadoras de la productividad, donde la obtención de puntajes es algo crucial, por lo que captar tesistas, principalmente de maestría y doctorado, junto con la publicación de artículos científicos de investigación ocupa la mayor parte de su tiempo. La “puntitis”, lleva por un lado a la devaluación de estándares de calidad, pues si un estudiante se va, producto de un trato riguroso o exigente de su tutor, se perderán varios puntos, en tanto que un artículo científico de investigación muy completo puede convertirse en dos o tres, para tener varias publicaciones.
Aunado a la queja, otra manifestación de malestar es el ensimismamiento, el a veces desbordado sentimiento de superioridad y el desdén por los otros. Principalmente en el ámbito de las ciencias naturales, una actitud típica es que todo lo que vale o es importante debe estar escrito en inglés y hablar en ese idioma se convierte en un valor por muchos compartido. Escribir en español o realizar libros o artículos de divulgación suele ser incomprendido. Otra idea generalizada es que los científicos sociales realizan investigación que es más fácil, y que quienes hemos transitado de una ciencia natural a una social, ha sido por tal razón, siendo un prejuicio que se basa en la ignorancia de las complejidades disciplinarias.
Esta realidad que involucra crisis, nacionales y personales, angustia y mezquindad, pareciera ser obra del Padre Ubú, quien podrá sentirse complacido al ver que la ciencia que debería ser un pilar de la sabiduría, se convierte en la cotidianidad en algo muy distinto de lo que pretende ser.
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* Las categorías de ciencia normal, ciencia extraordinaria y revolución científica proceden de la obra de Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México FCE., 1967.









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