Ismael Ledesma Mateos
Retomando el título de mi colaboración anterior, ahora afrontamos la cruda realidad de la elección en los Estados Unidos de Norteamérica donde, contra todos los pronósticos, Donald Trump, candidato del derechista Partido Republicano triunfó, lo que nos da una lección acerca de la manera de cómo las encuestas pueden equivocarse y cómo los ciudadanos suelen mentir cuando se les pregunta por sus intenciones de voto y sus preferencias electorales. También nos enseñó cómo en ese país sigue imperando el racismo, la xenofobia y el sexismo, por lo cual era muy difícil creer que una mujer pudiera convertirse en la primera mandataria de la nación más poderosa del mundo.
Ubú Rey no gobernaba la “nación más poderosa del planeta”, pero se sentía omnipotente y capaz de disponer del destino (y de las “phinanzas”) de todos sus súbditos, y en los hechos también gobernó en cierta medida una mujer (la Madre Ubú), que no tuvo oportunidad de asumir el poder, como no le fue posible a la ex primera dama Hillary Clinton.
El sagaz filósofo esloveno Slavoj Žižek, un marxista lacaniano, sin duda un autor polémico, dijo —sorprendentemente— en una entrevista con Channel 4 News que la candidata demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, era más peligrosa que Donald Trump. Y luego Žižek, al ser cuestionado sobre, si fuera estadunidense, por quién votaría en las elecciones, dijo: “Trump”. Y se basó sobre todo en el papel de Hillary Clinton como secretaria de Estado y lo ambiguo de su discurso.
Llama la atención cómo un hombre de izquierda puede hacer semejante afirmación, pero debemos pensar que el bipartidismo de los Estados Unidos no significa una oposición de izquierdas y de derechas. Si bien el Partido Republicano sí es un partido claramente derechista, el Partido Demócrata no es de ninguna manera un partido de izquierda; se trata de un partido con tendencia “centro” (cosa rara ante la ausencia de una izquierda real) con algunos elementos discursivos populistas (como la campaña republicana también lo fue), pero que en los hechos ha realizado acciones claramente congruentes con el imperialismo yanqui, como son guerras atroces y una política exterior que, en realidad, en el caso de México, por ejemplo, tampoco ha sido favorable, siempre plagada de claroscuros y vaivenes, en una relación complicada con su vecino del sur.
Estados Unidos es un país que nunca he admirado y desde mi infancia fui impactado por saber cómo los estadunidenses invadieron nuestra patria en 1848 y despojaron a México de un inmenso territorio. Un país belicoso, comercial y plagado de prejuicios ideológicos y religiosos (como se ve en su dólar, con su leyenda: “en Dios confío”, que basa su grandeza, precisamente en los inmigrantes, a quienes Trump tanto ataca, aunque su mujer sea una de ellos) y que no se parece nada a nuestro país, producto de una fusión de culturas, parte del gran reino español e impactado culturalmente por la invasión francesa y luego la influencia de esa nación en el porfiriato.
Qué decir de un país que fue convulsionado por una guerra civil, en la que el problema central era el esclavismo, cuando en México la esclavitud para esa época había sido ya abolida y que tuvo también una guerra civil, basada en una cuestión hasta cierto punto más compleja: el conflicto entre liberales y conservadores. Donald Trump es precisamente un heredero ideológico de esos esclavistas que constituyeron el bando de los “confederados”. En sentido estricto, yo esperaba ese resultado, pues es congruente con la entraña de esa nación, que constituye un poderosísimo imperio basado en el militarismo, la economía de guerra y el capitalismo monopolista de Estado, donde ese “Estado” está al servicio de los intereses de grandes corporaciones trasnacionales cuyo único objeto es el incremento de sus tasas de ganancia.
Pero como todo imperio, el estadunidense tendrá su final, como lo tuvo el romano, y personajes como Donald Trump abonan a pensar en su tragedia, que al mismo tiempo es una comedia, donde en una serie de combates ritualizados, como fueron los debates televisivos de campaña, ninguno de los dos candidatos mostró la contundencia necesaria para anular verdaderamente al otro, lo cual además no importa ante una audiencia en su gran mayoría ignorante, inculta y desde el inicio posicionada con su candidato. El imperio yanqui, como el romano, o el sacro imperio romano-germánico, tendrá que desaparecer algún día, y en algo abonan personajes como Calígula o Nerón (sea cierto o falso que quemó Roma) o la ambición de personajes como los herederos de Carlomagno.
Metafóricamente hablando, hace meses, a pesar de una simpatía personal (sin fundamento) por Hillary Clinton (quizá porque defendió a su marido, Bill Clinton, en el caso Lewinsky), llegué a decir que sería bueno que ganara Trump, para que se iniciara la debacle de ese imperio, independientemente de todas sus declaraciones y ofensas en contra de México y los mexicanos (habrá que ver hasta dónde no fueron sólo fanfarronería de campaña) que, como diría una productora de telenovelas de Televisa, buscan ser “aspiracionales para el gran público” y Trump agrediendo a los inmigrantes, fomentando el racismo y mostrándose como un magnate, rico, poderoso e incluso rodeado de bellas mujeres, iniciando por su esposa, es un ejemplo de lo que todo gringo de bajo nivel cultural podría desear.
Y efectivamente, en muchas ocasiones, tanto en la vida individual como en la social las situaciones “de choque” pueden ser benéficas y, como afirmó en la entrevista comentada Žižek: “En toda sociedad hay un grupo de leyes que no están escritas, la forma en cómo la política funciona, y la forma en cómo creas el consenso. Trump perturba esto. Y, si Trump gana, ambos grandes partidos, el Republicano y el Demócrata, tendrían que repensarse, y, posiblemente, algo puede pasar ahí… Ésa es mi desesperada, muy desesperada esperanza, en caso de que Trump gane.” Eso señaló el filósofo marxista, para luego indicar: “Escucha. América no es un Estado dictatorial, él no va a introducir el fascismo. Pero será como un gran despertar. Comenzará un nuevo proceso político…” Sobre eso último yo tengo mis dudas, pues su discurso sí tiene elementos fascistoides.
Este aspecto “convulsionante” podría ser bueno para esa nación, aunque abre un riesgo para México, en términos de sus intenciones de construir su muro y de deportaciones masivas, pero también para el mundo en términos de equilibrios militares y de más guerras, aunque en este último aspecto Hillary tampoco era una garantía, pues como secretaria de Estado se comportó como una feroz guerrera y no como una política que estuviera en busca de la paz. A pesar de sus opiniones, Žižek reconoció que Donald Trump también es peligroso: “Estoy al tanto de que las cosas son peligrosas… no solamente por todos estos grupos supremacistas blancos, sino que, Trump dijo —y hay un reporte que dice que probablemente lo haga— que en la Corte Suprema en Estados Unidos él nominará a derechistas.”
Vale la pena tomar en cuenta el fenómeno electoral, para muchos desconcertante, que se vivió cuando muchos veíamos en las pantallas de tv como el mapa electoral de los Estados Unidos se tornaba color rojo, que representaba los estados donde Trump triunfó (raro, el derechista va de rojo, como ahora pasa en México con el PRI), resultado que contrasta con las cifras totales, con las cuales Clinton habría ganado si el sistema fuera de “voto universal, directo y secreto”, tal como en México y en muchos otros países de América y Europa, lo que ahí no ocurre, pues en esa supuesta “democracia perfecta”, que no lo es, lo que priva es un absurdo voto ponderado, donde el triunfo en cada estado se refleja en “votos electorales”, vinculados a la densidad poblacional, de forma tal que, por ejemplo, Columbia vale 3 votos, en tanto Texas o Florida valen muchos más.
Además hay paradojas que no debemos perder de vista en esta elección. Carlos Elizondo Mayer-Serra, en un artículo titulado “Un nuevo mundo” (Excélsior, 10-11-2016), afirma: “El mayor grupo de apoyo de Trump en la elección estuvo entre los blancos sin preparatoria y entre quienes tienen un ingreso menor de 30 mil dólares al año, pero también ganó entre los blancos con estudios universitarios. Clinton triunfó entre las mujeres, pero con un margen poco menor que el obtenido por Obama hace cuatro años. Trump obtuvo el 29% del voto latino. El 37% de los jóvenes entre 18 y 29 años votaron por él y el 42% de quienes tienen entre 30 y 44 años de edad. Entre la gente de mayor edad Trump arrasó.” Lo cual implica que no hubo una estamentación clara y que, paradójicamente, sectores que debieron repudiar a Trump por ser agredidos con su argumentación, de todos modos prefirieron elegirlo y no continuar con un gobierno demócrata.
Obama ganó, en dos ocasiones, y una familia de procedencia afroamericana habitó la Casa Blanca; sin embargo, eso tampoco representó un gran cambio para la sociedad estadunidense, que al final no lo percibió así, e incluso la familia presidencial realizó abiertamente campaña por Hillary Clinton. Ahora el gobierno de ese país será ocupado por un típico wasp (White, Anglo Saxon, Protestant), peo no fue sólo ese sector el que votó por él, lo que se vuelve aún más desconcertante y digno de ser analizado.
El Padre Ubú vivió en una época distinta a nuestro siglo XXI. No obstante, a pesar de todo, el despotismo y el autoritarismo siguen impactando, impresionando a amplios sectores de la población que lo aceptan, más allá de los sesudos análisis que puedan hacerse al respecto. Hay pueblos que se maravillan con el oropel y son víctimas de la demagogia, y ahora los Estados Unidos enfrentan esa cruda realidad. Tendremos que ver a dónde los conduce, no sólo a ellos, sino al mundo.









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