Ismael Ledesma Mateos
Me atrevo a parafrasear a José Agustín inspirado en el título de su magnífica obra, Tragicomedia mexicana, pues ésa es la primera idea que me viene a la mente al ver la aberrante noticia de la investidura de Mariano Rajoy de nuevo como presidente del gobierno de España, después de dos procesos electorales fracasados que demostraron —en contra de lo que yo esperaba y deseaba— que “no pudieron ir a la izquierda.
El Rey Ubú se quedaría atónito ante la historia de la monarquía española, ante la que su autoritarismo y torpeza se quedaría “corto”. Una monarquía católica que tuvo dos intervalos de detención con la Primera República y posteriormente con la Segunda República, pero que se continuó, metamorfoseada, en una dictadura feroz, la de Francisco Franco (me lleva a imaginar que luego de la huida de Ubú, el Capitán Bordura hubiera tomado el control del país) y finalmente el regreso a una monarquía absolutamente decorativa, con una democracia que ha culminado en un fracaso.
La historia de España está llena de claroscuros desde su constitución como nación, luego de la “reconquista” que puso fin a la dominación árabe. Si Isabel de Castilla (“la Católica”) fue una reina admirable, Fernando de Aragón no, y la muestra de ello fue la manera como pactó el matrimonio de su hija Juana con Felipe, apodado “el Hermoso”, archiduque de Austria, duque de Borgoña y Brabante y conde de Flandes, consiguiendo una impresionante expansión del imperio español, que incluía las colonias de América, la Nueva España como la más importante, así como las de ultramar.
La unión de la monarquía española con la de la dinastía de los monarcas austriacos obedecía a razones geopolíticas y de alianzas estratégicas, donde resultaba muy conveniente para confrontar a la monarquía francesa de la dinastía de los Valois. Sin embargo, Juana era reticente ante la religiosidad católica, lo que siempre molestó a su madre y luego de haber tenido a su segundo hijo, Carlos I, nacido en Gante, Bélgica, cuando a la muerte de su madre, en 1504 pudo haber asumido plenamente el trono, aunque lo hizo de forma meramente simbólica y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas, primero por orden de su padre Fernando (“el Católico”) y después por orden de su hijo, el ya rey Carlos I (de España y V de Austria). En 1520 un levantamiento, conocido como “de los comuneros” sacó a Juana de la cárcel y le pidieron encabezar la revuelta, aunque ella se negó, y cuando Carlos I los derrotó volvió a encerrarla, para luego ordenar que la obligasen a tomar los sacramentos católicos aunque fuese mediante tortura.
Y esa monarquía que partió de Carlos I (V) fue la casa de Austria, por su padre y su abuelo (Maximiliano I de Habsburgo), que luego fue sustituida por la dinastía de los Borbones, a los que pertenecieron los últimos reyes, y que provenían de Francia. (Un dato interesante es que durante muchos años el clero, de enorme influencia en la Corte, prohibió que los monarcas leyeran El Príncipe de Maquiavelo, lo que da cuenta de su nivel de ignorancia política, que contrasta incluso con la de algunos virreyes de la Nueva España, que fueron absolutamente geniales, tal como Revillagigedo, que polemizó con la Corona de la metrópoli central, cuando calculó la extensión de la Ciudad de México y afirmó que era más grande que Madrid.)
Y toda esta historia, ¿qué tiene que ver con la situación actual de España? ¡Yo creo que mucho!, pues da cuenta de una situación lamentablemente fallida que tiene que ver con aspectos acendrados en sus tradiciones y su cultura durante siglos. Sin duda, hay aspectos extraordinarios y luminosos en la historia de ese país: su cultura, su arquitectura, su cocina, entre muchas otras cosas, y en lo político etapas como la Guerra de Independencia contra la invasión napoleónica, el establecimiento de las Cortes de Cádiz, las dos repúblicas, destacando la segunda, con su heroica lucha (la Guerra Civil) contra el golpe fascista que finalmente se impuso, y el legado que dejó a América, principalmente a México, con el exilio que contribuyó a consolidar la ciencia y la cultura de mi país, o el proceso de transición a la democracia con la acción eficaz de personajes como Adolfo Suárez y el viejo líder comunista Santiago Carrillo, el llamado “destape español” y “la marcha y la movida”, así como el cine de Almodóvar o la música de Joaquín Sabina (mi cantante favorito), pero precisamente por eso me duelo hasta la médula ósea por el resultado final del proceso político postelectoral.
Cuando en la esquina de mi casa leí la nota de El País, donde supe que finalmente después de casi un año de jaloneo y negociación se hizo posible que Mariano Rajoy asumiera la Presidencia del Gobierno me sentí indignado y a los pocos minutos que regresé puse el video de la película 1492 para ver la imagen impactante de las tres carabelas navegando por el Atlántico para llegar a América, con el fondo musical de Vangelis, que es realmente estremecedor, pues les guste a muchos o no, fue lo que llevó a la construcción de nuestras naciones iberoamericanas y años después a la mía. Y creo que España no se merece esta situación.
Ya me lo imaginaba cuando también leí en El País la manera como Pedro Sánchez fue echado de la dirigencia del PSOE, lo cual apuntaba claramente al camino para abrirle paso a Rajoy, y efectivamente eso ocurrió. Después de las elecciones de diciembre de 2015 escribí al respecto en un par de ocasiones, pero luego ya no quise hacerlo, hasta saber el resultado final que, como imaginaba, sería miserable. El Partido Popular, la herencia abyecta del franquismo, está nuevamente al frente del gobierno, en un pantano de corrupción que no es muy distinto al de México. El PSOE se mostró como un partido oportunista que se asemeja al PRI o el PRD de aquí, y Podemos, que se me representó como el equivalente español de Morena, no demostró la capacidad necesaria para enderezar el rumbo del barco y ni hablar de Ciudadanos, que sería como el Partido Verde Ecologista.
La imagen del PSOE siempre ha sido la de un partido gelatinoso, que a pesar de su nombre y de su surgimiento con liderazgo de izquierda genuina, se fue desdibujando paulatinamente y hasta pareciera que adoptó el modelo camaleónico del PRI mexicano y Felipe González en el transcurso de su mandato se fue metamorfoseando paulatinamente, hasta llegar al extremo de plantear la abstención del PSOE para permitir la investidura de Rajoy.
Yo no conocía a Pedro Sánchez, pero en Madrid, en diciembre pasado, pude presenciar en televisión el debate entre él y Rajoy, que me produjo una magnífica impresión y el resultado de la votación me pareció por demás interesante y el impacto electoral de Podemos me produjo la esperanza de una alianza de izquierda que hubiera holgadamente acceder al poder, junto con los demás partidos pequeños, dándole la Presidencia a Sánchez, en condiciones que podrían haber sido favorables para el partido emergente, formando una especie de “bloque histórico” que hubiera sacado al PP del gobierno, al extremo de que el rey Felipe VI lo presentó como candidato (lo cual es una mera formalidad, pues como dije, carece de poder verdadero); pero, a pesar de ello, esa alianza no prosperó y fue necesario realizar una nueva elección, en la que tampoco se impuso la izquierda, y tampoco la derecha de Rajoy.
Ante ese escenario de parálisis política, prácticamente durante un año España no tuvo gobierno formal, prolongándose un interinato ambiguo del presidente en funciones, en tanto Sánchez, con toda dignidad, mantuvo la postura del NO y de igual manera Pablo Iglesias, de Podemos, se opuso a cualquier negociación con el PP. Sin embargo, ante el escenario de una nueva elección en diciembre, inesperadamente el ala colaboracionista del PSOE impulso la salida de su presidente y candidato, para luego, al estilo del grupo llamado de “los Chuchos” del PRD mexicano, eso que los derechistas llaman “la izquierda moderna”, decidieron darle paso a la investidura de Rajoy.
Para mí es una realidad que el sistema de partidos español es inoperante, que los acontecimientos del proceso electoral reciente dan cuenta de ello y reflejan una sociedad que después de la Guerra Civil y la espeluznante dictadura de Franco, sigue fragmentada, sin que pueda arribar a un posicionamiento claro, y la imagen de la ejemplar transición a la democracia española inaugurada por la habilidad política y concertadora de Adolfo Suárez y su partido, la Unión de Centro Democrático, que supo comunicarse con la izquierda e incluso legalizar al Partido Comunista Español, parece que ha desaparecido ya.
Recuerdo la noche cuando mi abuela en Puebla veía la televisión, mientras yo hacía una tarea de física, al momento que me gritó llena de alegría: “Ha muerto Francisco Franco”, y me llamó para bailar con ella en la sala; aunque ella no era española de origen, odiaba a ese dictador. Y eso para mí significó la posibilidad de esa esperanza de cambio y transformación en un mundo donde en América del Sur imperaban las criminales dictaduras militares. Pero el escenario que percibo hoy es realmente desalentador, con una realeza cómica y un partido que, en sentido estricto, sólo ejercen la simulación.
El Padre Ubú vería con preocupación lo endeble del poder político y tendría razón, pues a pesar de los consejos maléficos de la Madre Ubú y de la celosa vigilancia de Bordura, el poder, cuando se pierde, se pierde, como a él le ocurrió. Y esto lo podríamos extender y decir: cuando la democracia fracasa, fracasa, y por desgracia eso también está pasando en México, donde en 2018 ¡veremos si puede uno continuar con esperanza!









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