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La representación social del darwinismo

· julio 21, 2018

Ismael Ledesma Mateos

Platicando con Jose, un amigo iraní, dueño del bar “La Marmita” en Madrid, le mostré mi libro De Balderas a la Casa del Lago. La institucionalización de la biología en México, el cual comenzó a hojear con interés. Al ver las menciones al darwinismo me preguntó si yo creía en eso, a lo que obviamente le respondí que sí, que de hecho eso enseñaba desde 1981. La conversación fue por demás interesante, pues me dijo que esa temática está prohibida en su país, Irán, pues para los musulmanes ¡es algo inaceptable! Conseguir libros al respecto es muy difícil, una actividad clandestina. A continuación me preguntó cómo en México, un país católico, se puede hablar del darwinismo. Le expliqué que se trata de una historia compleja y controversial, le mostré la foto de Alfonso L. Herrera, el introductor del darwinismo en la biología mexicana y le platiqué cómo a partir de 1929, cuando fue excluido del ámbito científico institucional, la evolución fue proscrita en la UNAM. Hasta 1966.

Se trata de una charla que me incitó a reflexionar acerca de la representación social de la evolución y el darwinismo en pleno siglo XXI, en el año 2018, lo cual se convierte en un tema apasionante y digno de análisis. ¿Cómo una teoría planteada en 1859, que se convirtió en un paradigma fundamental de la biología (en el sentido kuhniano del término) puede ser objeto de duda en 2018? Mi amigo no me cuestionó en lo absoluto, preguntaba con interés, y también le conté cómo durante el franquismo el darwinismo también fue proscrito en España, aunque paradójicamente en esa etapa la editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) publicó un magnífico libro coordinado por el paleontólogo Miguel Crusafont Pairo acerca de la evolución.

El Padre Ubú diría: “¿Evolución, qué cosa es ésa?” Y nunca habría entendido las implicaciones del concepto y su enorme trascendencia para el entendimiento de la realidad del mundo y no sólo para la ciencia. Como dijo el Premio Nobel Jacques Monod en su libro El azar y la necesidad: “la biología es la más significativa de todas las ciencias, que trastocó el pensamiento contemporáneo con el advenimiento de la teoría de la evolución”. Y como afirmo Theodosius Dobzhansky: nada tiene sentido en biología si no es visto a la luz de la teoría de la evolución. Sin embargo, para las mentes elementales la evolución es algo incomprensible, como sería para Ubú Rey, la Madre Ubú y el Capitán Bordura.

Recuerdo que en los años setenta sucedió una verdadera “reforma educativa” en México, en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez, siendo el secretario de Educación Pública Víctor Bravo Ahuja. Se realizaron los nuevos libros de texto de primaria, y los de “Ciencias Naturales” se hicieron bajo la dirección de Juan Manuel Gutiérrez Vázquez, fundador del Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav, microbiólogo egresado de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, quien tuvo la iniciativa de fundar un espacio para la investigación educativa y una de sus primeras tareas fue reformar los programas de enseñanza y elaborar esos nuevos libros, con los que yo di clase por primera vez en mi vida, sin ser profesor egresado de una normal, sino un preparatoriano.

En el libro de sexto año de primaria había dos temas “candentes”: uno era la sexualidad y la estructura del aparato reproductor humano, y el otro era la evolución. Hubo controversias en radio y televisión, pero la reforma se aplicó, a pesar de los reclamos de los reaccionarios, y esa verdadera reforma educativa marcó un camino de cambio en la vida de México. La UNAM creó un nuevo modelo de bachillerato, el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) y luego se crearon las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP), unidades periféricas que iniciaron la desconcentración de la máxima casa de estudios. Fue en la ENEP Iztacala donde por primera vez la materia llamada “Biología General II”, que era sobre evolución, se volvió obligatoria, eso en 1981, cuando yo comencé a impartirla. En Ciudad Universitaria, en la Facultad de Ciencias, desde 1966 era semioptativa con “Biología Molecular”, de modo que hubo generaciones que nunca llevaron evolución.

Un dato interesante es que en 1929 la evolución fue proscrita en la UNAM por un Instituto de Biología que controlaba no sólo la investigación, sino la enseñanza de la biología en el bachillerato y la licenciatura, con un poder omnímodo. Donde pudo enseñarse evolución fue en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del IPN, gracias a la llegada de los científicos procedentes del exilio español. Ellos en sus cursos introducían ideas evolucionistas y darwinistas, y un egresado de escuela que se fue a la UNAM fue Alfredo Barrera, quien fundó la materia de evolución (Biología General II); tuvo que ser alguien formado fuera de la Facultad de Ciencias quien impulsara esa iniciativa innovadora y crucial para la formación de los biólogos.

Sin embargo, el camino de la evolución biológica no ha sido fácil. En México tiene presencia en el mundo académico, pero incluso en Estados Unidos hay grandes reticencias y animadversión al respecto. Un caso emblemático es el juicio de Scopes en 1925, donde se estableció que “era ilegal en todo establecimiento educativo de Tennessee la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la divina creación del hombre como se encuentra explicada en la Biblia y remplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores”. También llamado “el juicio del mono”, es el más sonado caso legal en la batalla entre creacionismo y evolucionismo. John Scopes, un profesor de escuela secundaria, fue acusado el 5 de mayo de 1925 de enseñar la evolución utilizando un capítulo de un libro de texto que estaba basado en ideas inspiradas en el libro de Charles Darwin El origen de las especies.

En México el pensamiento darwinista fue introducido por primera vez por Justo Sierra, en su Historia antigua de México, derivado de la lectura de El origen del hombre de Darwin de 1872, pero fue en 1897 cuando Alfonso L. Herrera lo inserta en la ciencia de la biología en su obra Recueil des lois de la biologie génerale (Recopilación de las leyes de la biología general), escrita en francés pero publicada en México, y la que, según mi maestro Roberto Moreno de los Arcos, es el primer libro claramente darwinista publicado en el país, absolutamente evolucionista, y en 1904, cuando publica el primer libro mexicano de la materia, Nociones de biología, queda clara su posición evolucionista y darwinista.

No obstante, en 1908 la cátedra de biología que se impartía en la Escuela Normal para Profesores fue suspendida, por considerarse peligrosa para la juventud y las creencias, según afirmó Herrera en 1921. Y sí, efectivamente la biología es una ciencia “corrosiva”, no sólo por la teoría de la evolución sino por la fisiología que explica que el cuerpo funciona por sí mismo, y por ello no requiere de un alma sobrenatural.

En la actualidad la evolución tiene una representación confusa, incluso en estudiantes de la carrera de biólogo. Hace algunos años dirigí la tesis de licenciatura de José Sabás Medina Retana acerca de elementos de la representación social de la teoría de la evolución en estudiantes de las carreras de biólogo, médico y psicólogo. Y contra lo que suponíamos, los estudiantes de biología tienen ideas confusas acerca de la evolución, al igual que los de medicina y psicología, de forma que su formación académica no sirvió prácticamente para nada.

El tema de la evolución sigue siendo complejo y confuso para muchos, pero al mismo tiempo apasionante, siendo la esencia de la vida misma. Sin duda las más importante experiencia de mi vida fue enseñar evolución en sexto año de primaria y luego como una materia de un semestre en séptimo y octavo de licenciatura en la UNAM y en quinto semestre de la Escuela de Biología de la UAP, cuando era director de ella, en una clase maratónica de los sábados, que duraba lo que pudiéramos aguantar, para luego continuar discutiendo en “La Bella Helena” o en algún otro bar cercano al Edificio Carolino.

Obvio: Ubú no sabría hacer eso. Pero ¡para saber gobernar, hay que saber enseñar y convivir con tus gobernados!

¡Vamos a interrumpir aquí!

[email protected]

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