Ismael Ledesma Mateos
Tengo en mis manos el libro de Colette Soler La maldición sobre el sexo, título que no puede ser más simbólico y pleno de significados y significantes, una obra que de entrada es demoledora para toda mentalidad ingenua. Comienza así: “Hay algo que no funciona entre los hombres y las mujeres. No es una novedad, lo sabemos desde siempre. Y sin duda, también lo sufrimos desde siempre. ¿Desde cuándo lo hacemos? Habría que estudiarlo, sería un trabajo de estudio de la civilización. En todo caso, está claro que, desde Freud, nos quejamos, eso es seguro. A tal punto que Lacan, sin pelos en la lengua, podría decir, al hablar del dispositivo analítico: ‘en él se habla de coger, y se dice que la cosa no va’.”
La autora destaca por su claridad y sutileza, muestra la importancia del psicoanálisis en la reflexión acerca de la sexualidad humana. El libro me lo regaló Estrella, el 25 de junio de 2006 en Madrid, ahí, en la Puerta del Sol, en su departamento atrás “del culo del oso” (La estatua “del oso y el madroño”), y lo retomo por varias razones. Una de ellas es que hace 35 años, el 9 de septiembre de 1981, murió Jacques Lacan, con quien Colette Soler se formó. La otra, porque en estos días he pensado obsesivamente en el tema de la condición femenina y la relación con la masculina; y otra, la más subjetiva, es que mi hijo Andrés está por ahí, exactamente en ese rumbo donde debió de reunirse con Estrella.
El Padre Ubú no pensaría en la “maldición sobre el sexo”, pues como muchos hombres ven su relación con la mujer como algo “normal”, que implica incluso sumisión y expresiones denigrantes como “ya llegó mi domadora”, o “es que ya no bebo, porque no me dan permiso”, que cuando escucho me hacen pensar en la castrante Madre Ubú, ese personaje infame que es clave para entender la malignidad del Rey que me sirve de metáfora y que Alfred Jarry supo entender perfectamente a su temprana edad y describírnoslo.
Volviendo a La maldición sobre el sexo, los capítulos del libro tienen títulos que dan cuenta de su profundidad y constituyen el curso que la autora dictó en la Universidad de París VIII entre noviembre de 1996 y junio de 1997: 1) La maldición sobre el sexo, 2) A causa del inconsciente, 3) El destino que nos hace el inconsciente, 4) La falta del goce, 5) Las hazañas del amor, 6) El discurso contemporáneo: diagnóstico, 7) El amor síntoma, 8) Esquizofrenización, 9) Síntoma y lazo social, 10) La ética del síntoma, 11) La ética de la diferencia y 12) El espacio del goce.
En el primero pone en plaza la cuestión: “¿Cuál es el problema? En el fondo, es un problema de nudo —sin equívocos—; pienso más bien en el nudo del amor. El problema es conectar, anudar el goce a otro, a un semejante, y además otro sexuado, lo que hace que ya no sea en absoluto semejante.” Lo que lleva a una incompatibilidad del goce. “Que el goce no se comparte quiere decir que uno siempre goza solo. Lo cual no en todos los casos constituye un problema. En realidad, sólo es un problema en el amor. Que el dolor de muelas no se comparta no molesta a nadie salvo, quizás a quien lo padece. Menciono el dolor de muelas porque es un ejemplo freudiano… el dolor anula la libido y aparta del lazo social. Cuando se trata del amor, se trata de una aporía o al menos de un problema, en la medida que el amor al Uno de la fusión, apunta a ‘hacer uno’… de modo que sólo en el amor es un problema el hecho de que se goce únicamente solo y, además que uno no goce del otro.”
Como diría Joaquín Sabina en Amor se llama el juego: “… Y cada vez más tú, y cada vez más Yo, sin rastro de nosotros”, y como dice Soler: “Así pues, la cosa no va. Pero en realidad a pesar de todo, la cosa va y, como suele decirse, hacemos que funcione. Hay soluciones. Soluciones que también son problemas y que se llaman síntomas.” Ella toma el término de “la maldición sobre el sexo” de Lacan, pero atribuye la expresión a Freud, que por cuarenta años trabajó con “el síntoma” y que formuló de manera definitiva en El malestar en la cultura “que el trastorno de la relación entre los sexos, en el nivel del amor, es esencial”. Vale decir que no es únicamente el destino de ciertos enfermos… concluye que la perturbación amorosa es casi inevitable, está presente en todos los casos: que es algo desfasado, desencajado entre el amor del hombre y el amor de la mujer; que sin duda el hombre y la mujer pueden encontrarse, pero sus amores no se encuentran verdaderamente.
Quienes hemos decidido conscientemente —y con nuestro inconsciente a cuestas— vivir la vida en plenitud —y eso de jugar a la vida es algo que a veces duele— sabemos que el amor es algo que impactará nuestra existencia en todo momento y que tiene que ver con esa “maldición” de la que Colette nos habla. En otro de sus capítulos, titulado “El destino que nos hace el inconsciente”, retoma una cita de San Agustín, donde refiere que lo que conviene llamar destino es “un orden que no es la encarnación de la voluntad divina”, que es independiente de la voluntad de Dios y de los hombres; por tal razón el amor, en términos agustinianos, lo calificaríamos como fortuito —como algo que se da en un tren entre Valencia y Madrid— y “no compete a ningún orden programado de antemano en ningún otro providencial, pues el inconsciente no fija más que las condiciones de la elección de objeto, sin ser jamás causa suficiente del encuentro”.
Asumiendo una postura existencialista, teniendo claro que el sinsentido de la vida es el motor de la historia y pensando en las líneas anteriores, donde no tenemos un destino determinado sobrenaturalmente, ni por “la estructura metafísica del mundo”, sino por las condiciones mismas de los procesos —naturales, biológicos, históricos y sociales—, lo que Jacques Monod llamó Teleonomía, para distinguirla de una finalidad sobrenatural, o sea la Teleología, nuestro inconsciente procede de manera teleonómica, pero implica una finalidad y un destino, pero aquí determinado por un producto de la acción de nuestra mente, es decir, de nuestro cerebro, de un conjunto de reacciones neuroquímicas y señales eléctricas que se dan en esa computadora en estado líquido, órgano vital, como lo llamaría C. U. M. Smith.
La maldición sobre el sexo está, en consecuencia, determinada por un conjunto de circunstancias que incluyen nuestra propia condición biológica, que lleva a lo que culturalmente consideramos lo femenino y masculino, hasta los eventos que determinaron la construcción de nuestro orden simbólico y la conformación del inconsciente.
En “La ética del síntoma” Soler concluye: “¿Qué se descubre? Que lo más real que tiene cada uno es su síntoma, es decir aquello con lo que objeta la homeostasis del discurso. En ese sentido, el Otro que existe no se reduce solamente al Otro del sexo… Entonces, la mujer como Otro, real por su goce excluido, es un tema que Lacan plantea desde hace mucho tiempo atrás, desde el principio. La mujer excluida del discurso por la naturaleza de las cosas, que es la naturaleza de las palabras. Podríamos recoger todas las citas de Lacan que desde el inicio sitúa a la mujer como Otro. Lo cual culmina con la introducción del término extranjero heteros. Entonces, el heteros existe, inclusive en su definición. Lacan lo dice: “las mujeres existen, e incluso no hacen más que eso. Ahí se trata a la mujer como Otro, no de la mujer sujeto, que entra en las paridades múltiples de la época”.
No quiero abusar con más citas de un libro estimulante que nos conduce a pensar en la complejidad de la relación entre las mentalidades, lo psíquico, lo biológico, lo histórico y lo social, que nos define como humanos, extraños primates que formamos parte de esos “extraños objetos” que somos los seres vivos, como dijo Monod. Vale la pena leer a Colette Soler y, por supuesto, a Lacan.
El Padre Ubú ya estaría harto de tanto rebuscamiento. Pero afortunadamente no estamos dominados por él, aunque haya seres espeluznantes que lo emulan.









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