Ismael Ledesma Mateos
A la memoria de Roberto Moreno de los Arcos, mi
gran Maestro por corto tiempo
En el reino del Padre Ubú la ciencia era poco conocida, en ese lugar recóndito de Europa el conocimiento no podía llegar con facilidad, porque éste se mueve, tiene que desplazarse de un lado a otro y tiene que haber gente que lo entienda cuando tiene contacto con él. Por eso, en la época de su despótica tiranía, la evolución darwiniana no pudo pasar por su cónica cabeza.
En ciencia, la introducción de una teoría, un paradigma, un modelo, una técnica o un instrumento tecnológico es un proceso complejo que involucra fenómenos sociohistóricos también complejos. No se trata de una simple “recepción” ni de algo mecánico, no es la sola llegada de algo; por el contrario, implica una serie de adecuaciones, modificaciones e incluso distorsiones, consecutivas a operaciones de traducción en el sentido sociológico del término, es decir, un proceso donde el resultado, lo que está en el punto de partida, será distinto en el punto de llegada. Se trata de un proceso que podría llamarse de aclimatación o domesticación social.
La introducción forma parte de una suerte de “gradiente” de procesos que inician con el surgimiento de las teorías que llevan a la constitución de una ciencia, luego su desplazamiento geográfico (que muchos entienden como difusión, término que no me gusta pues da una idea demasiado simplificada), su introducción, que luego requiere lo que llamo asimilación, y finalmente su institucionalización y profesionalización. El momento de la asimilación implica un paso limitante: una teoría puede haber sido introducida, pero no asimilada.
Uno de los casos más estudiados es el de la introducción del darwinismo en distintos países, y el de México es por demás interesante. Al momento en que escribo estamos finalizando el mes en el que Charles Robert Darwin (1809-1882) murió. Su biografía posee múltiples facetas que dan cuenta de una personalidad tortuosa, lo cual es congruente con una genialidad de tales dimensiones.
Algunos datos son reveladores: su deserción de dos carreras; el enorme riesgo asumido al aceptar viajar durante cinco años en el HMS Beagle; el matrimonio con su prima (plagado de dudas acerca de si casarse o no; el retraso en la publicación de su teoría, entre otros asuntos por temor al rechazo social; el miedo a enfrentar la simultaneidad de la concepción de la teoría con Wallace; el permanente enojo contra Dios por la muerte de su hija; la enfermedad y la hipocondría que lo acompañó gran parte de su existencia. Son partes de su vida que han llamado la atención de psicólogos como Howard E. Gruber (Darwin sobre el hombre. Un estudio psicológico de su creatividad) y de literatos y cineastas como Peter Greenaway con su filme documental Darwin.
Pero bueno, la muerte de Darwin en abril lleva a pensar en cómo fue conocido en un país como el nuestro, al otro lado del Atlántico, desde Inglaterra, el país donde fue elaborada su teoría de la evolución. Muchos no se percatan de esa importante realidad: los conceptos, las teorías surgen en un lugar determinado y tienen que desplazarse a otro. Y si la teoría de la selección natural surgió en Inglaterra, tuvo que viajar a otros países de Europa, ser traducida (en el sentido lingüístico del término) a otros idiomas, para luego ser sociológicamente traducida, lo cual tuvo que ocurrir en cada país después de que fuera leída.
En 1859 se publica El origen de las especies por medio de la selección natural, con el subtítulo: O la selección de las razas favorecidas en la lucha por la vida, donde enuncia su tesis fundamental:
“Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, en consecuencia, hay una lucha por la vida, que se repite frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas y a veces variables condiciones de la vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, será naturalmente seleccionado. Según el poderoso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva y modificada forma.”
Obviamente, esta teoría no llegó a México de manera inmediata; en estos procesos hay un retraso producto precisamente del desplazamiento espacial. De hecho, la obra de Darwin llegó a México en francés, tuvo llegar por barco a Veracruz, pasar por Puebla para llegar a la Ciudad de México, donde se compraron más ejemplares que posiblemente debieron estar en la librería de Mme. viuda de Bouret, donde llegaban los libros europeos en el siglo XIX.
El evento detonante del conocimiento y discusión de las ideas de Darwin en México fue la publicación de La descendencia del hombre, en 1871, que por el carácter polémico de la temática motivó el interés de amplios sectores de la población mundial, y nuestro país no fue la excepción.
Se dice que la primera discusión sobre la teoría de Darwin fue en una reunión de ingenieros en Jalisco, pero lo cierto es que quien tiene el crédito de ello fue Justo Sierra, que hasta 1875, en un artículo acerca de una mesa redonda en el Liceo Hidalgo, donde se opone al espiritismo, hace una referencia al respecto y luego en su Compendio de historia de la antigüedad lo menciona en relación con la teoría del origen del hombre americano. Él, junto con su hermano, Santiago Sierra, hicieron suyo el darwinismo y fueron sus vehementes defensores, lo cual está estrictamente ligado a su filiación con la filosofía positivista pero en la versión de Herbert Spencer, que era contraria a la imperante en la época de la República restaurada de Benito Juárez, que era el positivismo de Auguste Comte, el cual fue introducido por Gabino Barreda como base del proyecto educativo más importante de ese gobierno, la Escuela Nacional Preparatoria.
Fue en el seno de esta institución que el extremo de la ortodoxia positivista de Comte llevó a que se fundara la Sociedad Metodófila “Gabino Barreda” en honor a su director fundador, y ahí en 1877 esa asociación debatió acerca de la teoría darwiniana y luego de una larga discusión resolvió rechazarla por el hecho de no ajustarse a las normas del “Método Científico”. Sin embargo, al cambio de régimen, con Porfirio Díaz en el poder, Justo Sierra toma el control de la educación nacional e instaura la nueva visión positivista, la de Spencer, que siendo posterior incorpora un lectura del darwinismo (aunque incorrecta), la cual irá ligada al llamado darwinismo social, que sirvió como justificación ideológica de la desigualdad social y el orden establecido, muy apropiada para el grupo en el poder.
La derecha clerical reaccionó contra el darwinismo y puede documentarse la controversia en el libro de Roberto Moreno de los Arcos, La polémica del darwinismo en México. Siglo XIX, donde encontramos los textos publicados en el diario La Voz de México (subtitulado “Diario Político, Religioso, Científico y Literario”) atacando al darwinismo, y la respuesta de los hermanos Sierra en La Libertad (subtitulado “Periódico Científico y Literario”), donde su defensa de la teoría darwiniana es contundente, al extremo de que los redactores de La Voz el 30 de enero de 1878 escribieron: “un mono coludo se escapó de su dueño y se fue irrespetuosamente a abrazar a sus hermanos redactores de La Libertad y se incorporó al periódico a escribir artículos sobre la selección natural”. Esto fue una reacción a lo escrito en La Libertad, donde dice que sus opositores, los de La Voz, descienden de los papagayos y no de los monos.
La polémica ocurrió en el ámbito de la opinión pública, en el terreno ideológico, filosófico, político, sin haber en ese momento llegado al científico. Fue hasta 1897 cuando Alfonso L. Herrera publicó su pequeño libro, Recueil des lois de la biologie gènérale (en francés, aquí en México), donde hace presente el darwinismo en la ciencia mexicana. Pero no será sino hasta el establecimiento de la primera cátedra de biología en 1902 en la Escuela Normal para Profesores y luego la escritura del primer libro mexicano de la materia, Nociones de biología, ambas cosas por Alfonso L. Herrera, con lo que se intentó introducir el pensamiento de Darwin en la ciencia mexicana y su enseñanza.
A pesar de ello, ésa fue una introducción fallida, pues no hubo asimilación de la teoría. Primero, en 1908 la cátedra de biología fue suprimida por considerarse “peligrosa para la juventud y las creencias”; y luego, al darse la consolidación plena del proceso de institucionalización de la biología en México, quedó proscrita de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y en la carrera de biólogo no se enseñó como materia sino hasta 1966, y como semi optativa, con biología molecular (o cursaban una u otra). Por eso, la evolución fue por muchos años casi inexistente en la biología mexicana.
Ubú diría: “¡Que tonterías!, ¡que les pongan palintroques en las onejas y apliquen las tenazas de descerebración, que no venimos de los monos!”
ubu.m[email protected]









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