Ismael Ledesma Mateos
En el año 1999 ya había leído el extraordinario libro de Bruno Latour, La vida en el laboratorio, la construcción de los hechos científicos, y encontré en la biblioteca de la “Casa de Francia” en México el libro de Michel Serres, Éléments d’histoire des sciences, una obra colectiva donde se encuentran dos capítulos escritos por Latour: uno referente a la controversia entre Pasteur y Pouchet, al respecto de la generación espontánea: “Pasteur et Pouchet: hétérogenèse de l’histoire des sciences” (“Pateur y Pouchet, la heterogénesis de la historia de la ciencia) y “Joliot: l’Histoire et la Physique Mélées”, traducido como “Joliot: un punto de encuentro entre la historia y la física”. Esas lecturas me motivaron a realizar un postdoctorado en París con Latour y, para ello, le escribí planteándole mi interés. Él me respondió de inmediato y le envié la documentación necesaria para incorporarme en “le Centre de Socologie de l’innovation” de la Escuela Nacional Superior de Minas, donde él trabajaba. Llegué en enero del año 2000 y me daba curiosidad el nombre del centro ¿Sociología de la innovación? ¿Qué es eso?
La École des Mines forma parte del sistema de las Grandes Escuelas en el que el régimen de Napoleón Bonaparte basó su política educativa ante el rechazo de la Universidad, controlada por el clero, que se negaba a colaborar con el imperio apoyado por el pueblo. Bonaparte no se hizo Rey, sino Emperador, pues a diferencia de los Reyes que sostenían que su poder emanaba de Dios, el suyo emanaba del pueblo; y bueno, el control de la Universidad lo tenían los cardenales, por lo que era necesario contar con instituciones laicas y de alto nivel. Una de ellas fue “Minas”.
Pero la Escuela de Minas está dedicada a la ingeniería, originalmente a la ingeniería metalúrgica, a la ingeniería minera. Pero en la parte final del siglo XX se creó un centro de gestión tecnológica y Michel Callon, siendo ingeniero de origen, tuvo la idea genial de crear el Centro de Sociología de la Innovación, donde hubo una maravillosa trampa, pues los ingenieros creyeron que sería un centro de innovación tecnológica. Pero no fue así, pues para nosotros la innovación es la idea de creación, de lo nuevo, y eso implica múltiples variables y espacios de acción. Es, como diríamos en ecología, un “hipervolumen ‘N’ dimensional”. Una amiga poblana, al platicar conmigo, me dijo: “qué padre eso de la innovación, la vinculación con empresas, hacer patentes y desarrollo industrial”. Y yo le dije: “¡NO! Para nosotros esa es una idea incorrecta. ¡La innovación no es eso!”
Se trata de algo muy diferente a la idea de Joseph Schumpeter (1883-1950) quien fue un economista que, aunque formado en la tradición austriaca, reabrió una línea clásica de investigación económica, trabajada ya principalmente por Adams Smith, David Ricardo y Karl Marx: el tema del desarrollo económico, donde concluye que la innovación en esencia busca el máximo incremento en la tasa de ganancia. Para la concepción de desarrollo económico de Schumpeter se considera, en primer lugar, el proceso de producción como una combinación de fuerzas productivas, las que a su vez están compuestas por fuerzas materiales y fuerzas inmateriales. Las fuerzas materiales las componen los llamados factores originales de la producción (Factor trabajo, Factor tierra y Factor capital –“medios de producción producidos”). Las fuerzas inmateriales las componen los “hechos técnicos” y los “hechos de organización social” que, al igual que los factores materiales, también condicionan la naturaleza y el nivel del desarrollo económico.
En la École des Mines de París quedé maravillado: sólo dos investigadores hacían cosas ligadas a lo ingenieril y a la tecnología. El director del Centro era Antoine Henion, que hacía sociología de la música en la época de Bach, lo que en efecto constituyó una innovación en un mundo donde no había radio ni disqueras, ni cosas tecnológicas así. Mi maestro Bruno Latour había estudiado el surgimiento del Pasteurismo y la Microbiología de Pasteur como una innovación, y uno de sus tesistas trabajaba la elaboración de leyes en el Consejo de Estado de Francia; y otro estudiaba la guerrilla urbana en Alemania en la época de la Baader Meinhof. Otra doctora hacía sociología de la radio y todo ello significa una innovación. Es así que la idea capitalista, perfectamente analizada por Schumpeter, no era la idea en el Centro donde culminé mi formación, donde además se impartían los doctorados en “Socioeconomía de la innovación” y en “Socioantropología de la innovación”. Debe evitarse y confrontar el uso ideológico de la innovación como algo ligado a la mercadotecnia.
Michel Callon aportó algo muy relevante y significativo al respecto de la innovación que es el análisis de la “sociología de la traducción”, mostrando cómo actores no humanos, como son las vieras –un molusco llamado “Coquilles de St. Jacques” (Pecten maximus)– pueden dominar y domesticar a los pescadores. Y pensar en la innovación implica eso, lo que nos enseña la teoría del “Actor-Red” de Latour y Callon: la participación de actores humanos y no humanos.
Debatir esta temática no es trivial en nuestros tiempos de la cuarta transformación, donde la ciencia y la tecnología deben ser reorientadas, pensando en la creatividad al servicio de la nación, del pueblo y no de los grandes capitales. La ciencia no es como la pintan y debemos ser capaces de reflexionar al respecto de ello y la acción política debe estar indisolublemente ligada al pensamiento teórico, a la visión científica y humanística.
El Padre Ubú no tuvo el problema de enfrentarse a estas disquisiciones: su mundo era en verdad muy elemental. Pero México no es así, es un lugar complejo y rebuscado, con una gran historia, que requiere de hombres con capacidad de interpretar las situaciones y actuar en consecuencia.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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