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La infamia, el hombre y la vida

· mayo 12, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

Veía uno de los últimos capítulos de la telenovela El Chema, producida por Argos para Telemundo (telenovela y no “serie”, como dicen los cursis que afirmarían que no ven telenovelas), que es una magnífica producción acerca del narcotráfico y donde “El Chema” representa a quien en realidad sería “El Chapo” Guzmán. “El Chema” es criado y empleado desde muy pequeño por un narcotraficante (al inicio de mariguana, luego de cocaína) llamado Ricardo Almenar Paiva, el ejemplo perfecto de lo que es un criminal, un verdadero engendro del mal que, siendo muy mujeriego (lo cual no tiene nada de malo), conoce a la sobrina de la esposa de su socio, otro maleante, Tobías Clark, presidente municipal de Nogales, Sonora, una jovencita muy bella y coscolina llamada Regina, con la que establece una relación sexo-amorosa, pero que se termina cuando “El Rojo”, un joven narcotraficante, lugarteniente de “El Chema”, la rescata de la violencia de Ricardo en contra de ella, se la lleva, le pone casa con todos los lujos y tienen dos hijos.

Parece historia de cuento de hadas, pero no lo es, pues Almenar Paiva odiaba a “El Rojo” desde que “El Chema” lo llevó con él cuando niños, y no puede soportar la afrenta de que le haya “bajado a la mujer”, así que decide buscarlos. Para ese momento “El Chema ya es su enemigo y se ha convertido en un “capo” y entabla contacto con un narcotraficante venezolano, que en realidad es socio y esbirro de Almenar Paiva, quien le encomienda seducirla y matarla. El venezolano representa sin duda lo más sucio y despreciable que puede existir, un traidor y asesino, así que cumple su tarea y, cuando ha enamorado y raptado a la mujer (Regina) junto con sus hijos, llama a Ricardo para que pueda ejecutar su venganza. La viola, se llevan a los niños, los cuales son arrojados a un río (por el venezolano y los primos de Ricardo, también narcos) y filman un video que Almenar le muestra a Regina para luego matarla de una puñalada. De inmediato me vino a la mente el título del libro de Michel Foucault: La vida de los hombres infames (1996).

El Padre Ubú era un hombre infame, que no tendría empacho alguno en ordenar que sobre algún súbdito insubordinado se aplicara palitroques en la onejas y se usaran con ellos las tenazas de descerebración, todo instigado y avalado por la Madre Ubú y ejecutado por el Capitán Bordura. Es la estructura mental de quien detenta el poder omnímodo, ya sea en una nación, en un estado, en un municipio, en una universidad o en un cartel de la droga. Y eso, en última instancia nos deja ver esa dimensión que Foucault tanto estudió, que es la ligada al “biopoder” y a la posibilidad de controlar los cuerpos. Te violo, mato a tus hijos y te doy una puñalada, eso es lo que pasa en esa escena de la telenovela, donde el cuerpo de Regina y de los niños quedaron a merced del narcotraficante.

El subtítulo de La vida de los hombres infames es Ensayos sobre la desviación y la dominación, que es la temática en la que debemos centrar nuestra atención, donde aborda además de las historias personales de esos hombres “infames”, la estructura de la sociedad punitiva, donde el régimen penal implica varias formas, una de ellas la de deportar, enviar fuera de las fronteras, impedir el paso a determinados lugares, borra el lugar de nacimiento (pensemos en el muro de Trump) o imponer una recompensa, que convierte el daño infligido en una deuda de reparación y el delito en obligación pecuniaria (muy propio del capitalismo).

Al describir esta obra Foucault nos dice: “Éste no es un libro de historia. En esta selección es inútil buscar otra norma que no sea mi propio goce, mi placer, una emoción, la risa, la sorpresa, un particular escalofrío, o algún otro sentimiento que resulta ahora difícil de calibrar puesto que ya ha pasado el momento en el que descubrí estos textos. Estamos más bien ante una antología de vidas. Existencias contadas en pocas líneas o en pocas páginas, desgracias y aventuras infinitas recogidas en un puñado de palabras. Vidas breves, encontradas al azar en libros y documentos. Vidas singulares convertidas, por oscuros azares, en extraños poemas; tal es lo que he pretendido reunir en este herbolario. La idea surgió un día, estoy casi seguro de ello, cuando leía en la Biblioteca Nacional un registro de ingresos redactado en los comienzos del siglo XVIII. Creo recordar incluso que la idea surgió de la lectura de las dos noticias siguientes: ‘Mathurin Milán, ingresó en el Hospital de Charenton el 31 de agosto de 1707’: Su locura consistió siempre en ocultarse de su familia, en llevar una vida oscura en el campo, tener pleitos, prestar con usura y a fondo perdido, en pasear su pobre mente por rutas desconocidas, y en creerse capaz de ocupar los mejores empleos. Jean Antoine Touzard ingresó en el castillo de Bicétre el 21 de abril de 1701: ‘Apóstata recoleto, sedicioso, capaz de los mayores crímenes, sodomita y ateo hasta la saciedad; es un verdadero monstruo de abominación que es preferible que reviente a que quede libre.’ Me costaría trabajo expresar con exactitud lo que sentí cuando leí estos fragmentos y muchos otros semejantes. Se trata sin duda de una de esas impresiones de las que se dice que son ‘físicas’, como si pudiesen existir sensaciones de otro tipo. Y confieso que estos ‘avisos’ que resucitaban de repente, tras dos siglos y medio, de silencio, han conmovido en mi interior más fibras que lo que comúnmente se conoce como literatura, sin que pueda aún hoy afirmar si me emocionó más la belleza de ese estilo clásico bordado en pocas frases en torno de personajes sin duda miserables, o los excesos, la mezcla de sombría obstinación y la perversidad de esas vidas en las que se siente, bajo palabras lisas como cantos rodados, la derrota y el encarnizamiento. Hace mucho tiempo que me he servido de documentos de este tipo en uno de mis libros. Si lo hice así entonces se debe sin duda a esa vibración que me conmueve todavía hoy cuando me vuelvo a encontrar con esas vidas íntimas convertidas en brasas muertas en las pocas frases que las aniquilaron. Mi sueño habría sido restituirlas en su intensidad analizándolas. Carente del talento necesario para hacerlo me he contentado con darles vueltas; me he atenido a los textos en su aridez; he buscado cuál era su razón de ser, a qué instituciones o a qué práctica política se referían; intenté saber por qué había sido de pronto tan importante en una sociedad como la nuestra que estas existencias fuesen ‘apagadas’ (del mismo modo que se ahoga un grito, se apaga un fuego o se acaba con un animal); vidas como las de un monje escandaloso o un usurero fantasioso e inconsecuente; intenté buscar la razón por la que se quiso impedir con tanto celo que las pobres mentes vagasen por rutas sin nombre. Sin embargo las primeras intensidades sentidas que me habían motivado permanecían al margen. Y puesto que existía el riesgo de que se perdiesen, de que mi discurso fuese incapaz de estar a la altura que tales sensaciones exigían, me pareció que lo mejor era mantenerlas en la forma misma en la que me impresionaron. De aquí procede la idea de esta antología realizada un poco para la ocasión. La galería ha sido compuesta sin prisa y sin un objeto claramente definido…”

Y enfatiza: “No se trata de una recopilación de retratos; lo que encontrarán aquí son trampas, armas, gritos, gestos, actitudes, engaños, intrigas en las que las palabras han sido sus vehículos. En esas cortas frases se ‘han jugado’ vidas reales; con ello no quiero decir que esas vidas estén en ellas representadas, sino que en cierta medida al menos esas palabras decidieron sobre su libertad, su desgracia, con frecuencia sobre su muerte y en todo caso su destino. Estos discursos han atravesado realmente determinadas vidas, ya que existencias humanas se jugaron y se perdieron en ellos.”

No encontramos ante una extraordinaria obra de “estudios de caso”, donde Foucault, basándose en documentos de archivo, da cuenta de lo que fue la vida de algunos hombres infames. Se trata de un libro escrito hace años, pero que constituye una lectura indispensable para el entendimiento de lo social y lo específicamente humano, algo indispensable en la antropología filosófica y la psicología social. Y bueno, un episodio de telenovela me sirvió de motivación para pensar en esto y escribir este texto, y recordar esa gran obra de Foucault, que va muy bien de la mano con Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, y que sin duda se liga con su tesis doctoral: Historia de la locura en la época clásica. Por cierto, hay otra magnífica telenovela de Argos que se llama precisamente Infames y da cuenta de un grupo de bellas mujeres, que hacen “infamias” para servicio del gobierno mexicano y del poder político… pero eso ya es otra historia, que también es de dominación.

La dominación implica una desviación de un humanismo que podría parecernos utópico, pero eso es precisamente lo que Foucault aborda sobre la base de casos reales. El Rey Ubú no es analizado en este libro, pero bien podría serlo, pues como señor de las phinanzas, una de sus obsesiones era el control total, que implica la dominación.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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