Ismael Ledesma Mateos
“Historiar”, el oficio de ser historiador, no es una tarea simple. No implica solamente una formación teórica, sino una actitud. De ninguna manera se trata de acumular fechas y datos, ni de relatar anécdotas. Existen innumerables textos de ese corte, que abundan porque son promovidos por los poderosos, los gobernantes y los que detentan el control de lo económico; que están hechos por quienes prestan su pluma para el elogio. Ese tipo de historia es lo que Luis González y González llamó “la historia de bronce”, la preferida por los poderosos y que en la historiografía inglesa se llama “historia whigh”, tal como fue planteada por Herbert Butterfield (1900-1979), quien extrapoló el término “whig” del campo de la política al ámbito de la historiografía de la ciencia. Una historia whig es “el estudio del pasado teniendo un ojo puesto, por así decir, en el presente”, y por ello llega a afirmar que es una escritura ahistórica de los procesos, es decir, que carece de “historicidad”, lo que justamente le da sentido a los procesos históricos, que no deben narrase en forma descriptiva.
La historia es fundamental en todos los órdenes de la vida humana, en la cotidianidad, en la política, en la cultura y la ciencia; esto último a lo que me dedico. La historia descriptiva, sea de los procesos políticos o de la ciencia, es absurda y aberrante si no se consideran todos los actores y factores involucrados; por ello, en el caso de la historia de la ciencia, lo que se debe esperar es hacer la “historia a secas”, como la llama Bruno Latour, que se extiende de los hombres a las cosas, que considera la importancia de los “actores humanos” y los “actores no humanos”; también la denomina “historia construcción”, en el entendido de que la historia se construye, como en el caso de la ciencia, se construyen “los hechos científicos”.
Pensar la historia sin la ciencia es algo que ha ocurrido durante muchos años, en el contexto de lo que Latour llama “la gran partición”, esa visión que separa sociedad y naturaleza, donde se llega a afirmaciones intolerables como llamar a las ciencias naturales “ciencias duras” y a las ciencias sociales “ciencias blandas”, lo cual carece de sustento epistemológico. Eso implica una concepción del mundo que no puede vislumbrar la unidad integral de todo lo que existe, lo que para el caso de la ciencia y su historia es crucial. El no entender esa unicidad impide la comprensión real de la historia. ¿Cómo concebir la conquista de Tenochtitlan sin los actores no humanos, como la viruela, la pólvora, el plomo y los caballos? Los actores no son sólo Hernán Cortes, Moctezuma, Pedro de Alvarado, Cuauhtémoc y los tlaxcaltecas sino todo lo involucrado en ese proceso complejo.
Es trascendente entender que la historia se construye sobre la base de una articulación de actores y factores que conducen a resultados impredecibles. Hace años leí un texto de Friedrich Engels donde explicaba cómo la historia era como el resultado de la suma de vectores concurrentes, donde la resultante no es ninguno de los vectores sino lo que podemos entender como esa “concurrencia” donde la resolución se encuentra con el “método del paralelogramo”, un procedimiento gráfico sencillo que permite hallar la suma de dos vectores, los cuales se trazan y se completa un paralelogramo, dibujando dos segmentos paralelos a ellos. El vector suma resultante (a+b) será la diagonal del paralelogramo con origen común a los dos vectores originales; ésa es una manera de representar la no linealidad de la historia, que da cuenta además de la importancia que Engels le daba a la ciencia natural para comprender la historia.
Cuando era estudiante posdoctoral en el seminario de Bruno Latour, en Le Centre de Sociologíe de l’innovation (CSI) de la Escuela de Minas de París, como una forma de introducirnos en la historia de la ciencia leíamos un texto de historia general (historia total), Saint Louis, de Jacques Le Goff, referente al rey de Francia, que no tiene que ver nada con la ciencia pero enseña una manera de hacer historia, lo cual nos permite reflexionar que la historia de las ciencias no puede abordarse de manera diferente a “la historia a secas”. Posteriormente estudiábamos el libro de Michel Foucault, La arqueología del saber, que muestra una forma profunda de hacer historia.
Otra obra de gran trascendencia en el oficio de historiar es el libro Combates por la historia, de Luicien Febvre, donde al final de su capítulo “De 1892 a 1933. Examen de conciencia de una historia y de un historiador”, escribe: “En el bello libro jubilar que publicó el Collège de France con ocasión de su cuarto centenario, se encuentra reproducido, gracias a la atención de Paul Hazard, un documento emocionante.” Es una página de notas autógrafas de Jules Michelet, “anotaciones hechas con su fina caligrafía, antes de una de las últimas lecciones que profesó aquí. En ella vibran ya las cadencias del gran poeta de la historia romántica: se lee lo siguiente: ‘¿Por qué no tengo partido?… Porque he visto en la historia la historia y nada más… ¿Por qué no tengo escuela?… Porque no he exagerado la importancia de las fórmulas, porque no he querido someter a ningún espíritu, sino al contrario, liberarles, darles la fuerza que permite juzgar y encontrar’”. Mi aspiración es que un día, próximo o lejano, al término de un curso pueda merecer que se me rinda este homenaje: “En la historia solo vio la historia, nada más… En su magisterio no sometió a los espíritus, porque no tuvo sistemas (sistemas de los que también Claude Bernard decía que tienden a esclavizar al espíritu humano); en cambio se preocupó por las ideas y las teorías.” Por las ideas, porque las ciencias sólo avanzan gracias a la potencia creadora y original del pensamiento; por las teorías, porque, sin duda, sabemos perfectamente que nunca abarcan la infinita complejidad de los fenómenos naturales: son grados sucesivos que la ciencia, en su deseo insaciable de ampliar el horizonte del pensamiento humano, consigue unos tras otros con la magnífica certeza de no alcanzar jamás la cumbre de las cumbres, la cima desde donde se vería la aurora surgiendo del crepúsculo.
La historia política no puede separarse de la historia de la ciencia y de la tecnología, máxime cuando hallamos factores determinantes del desarrollo y la ciencia y la tecnología que sin política no podrían existir; es algo inherente a la estructura social; se encuentran completamente entremezcladas y en el mundo contemporáneo no podemos dejar de ver el vínculo entre el desarrollo material, la economía y el capitalismo o el socialismo. Comprender la historia no es simple, y de hecho es una de las materias más complicadas para muchos estudiantes, en todos los niveles. Es algo que tiene que ver con las etapas de desarrollo psíquico del individuo. En mis cursos de primer semestre de la carrera de biólogo en la UNAM he podido detectar la dificultad de los alumnos para detectar las escalas de tiempo, al extremo de desubicarse con Mendel, el creador de las leyes de la herencia en el siglo XVIII. Una actividad que les pido en la clase al inicio es la elaboración de una línea de tiempo y me llevo sorpresas atroces, cuando no pueden hacerlo.
La historicidad, larga o corta, no es algo fácil de concebir por los estudiantes y mucho más en una carrera que no es de ciencias sociales, como es el caso de la de biólogo o la de físico, por lo que un gran reto es la introducción de esas disciplinas, que en sentido estricto, es la manera adecuada de iniciarlos en el estudio de la ciencia que van a cultivar. En todas las carreras científicas y profesionales el conocimiento de la historia de la ciencia es algo indispensable, que debe obligar a su inclusión como materia obligatoria, cosa que ha sido una larga batalla, que por cierto hemos ganado en México (particularmente en Puebla a partir de 1987) y que ha ocurrido en otros países.
En el reino del Padre Ubú, toda esta argumentación sería inocua, al igual que para gobernantes ignorantes, que abundan por el mundo, portadores de una visión conservadora y derechista, o bien propiciadores de una ciencia realizada por oportunistas y cortesanos. Por eso, ante ello, es de gran valor la reivindicación de la historia y su vínculo con las ciencias exactas y de la naturaleza.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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