Ismael Ledesma Mateos
El 6 de febrero de 1968 murió mi abuelo Vicente A. Mateos, a mi lado, podría decirse en mis manos. Yo tenía siete años, pero en junio cumplí ocho y el 2 de octubre de ese 68 ocurrió la masacre de Tlatelolco. Mi familia, que vivía en la Ciudad de México, llegó a Puebla (donde yo estaba con mi abuela y mi tía) con provisiones, temiendo que pasara algo más grave, como un golpe de Estado. En la mañana salí a la calle y pude comprar el diario Excélsior que, en la primera página, tenía la imagen de un tanque de guerra rumbo a la Plaza de las Tres Culturas y también el periódico ¿Por qué?, que tenía por subtítulo: “¿Por qué la masacre?” y en la portada mostraba a un joven muerto y sangrante. En poco tiempo esas ediciones fueron retiradas de los puestos de periódicos por orden gubernamental. Las imágenes de esas publicaciones impactaron mi vida, al igual que la muerte de mi abuelo y la noticia de la invasión soviética a Checoeslovaquia. Como dice un amigo, era muy precoz y amante de la política. ¡Eso significa para mí el 68!
Ubú Rey menospreciaría estas subjetividades, pues para él lo único importante es mantener el poder y ejercerlo de manera omnímoda, pero bien pudo haber reprimido un movimiento social libertario y genuino como fue la “primavera de Praga”, o realizado una feroz represión como la de Tlatelolco (claro, con la ayuda del Capitán Bordura). Ubú Rey se presentaría como la esencia de la idea de la acción represiva que se dio en 1968 en París, en Praga y en México, y en este momento volteó hacia uno de mis libreros y veo la foto del gran biólogo Jacques Monod rescatando a un estudiante golpeado por la policía en las barricadas de ese mayo francés, antecedente de lo que ocurrió en México el 2 de octubre de 1968.
Como afirma Enrique Krauze: “México no sería el mismo sin lo ocurrido en 1968”, que marcó un parteaguas, un antes y un después, donde se dio el inicio de la “caída del sistema político mexicano”. El 68 sentó las condiciones para un ascenso real de la izquierda en el país, que en diez años llegó a un clímax que condujo a la legalización del Partido Comunista Mexicano (PCM) durante la gestión de Jesús Reyes Heroles en la Secretaría de Gobernación, luego de la enorme votación que obtuvo Valentín Campa como candidato no registrado, que representaba al PCM. Las campañas que realizamos entonces eran realmente memorables: recuerdo cuando con un rudimentario aparato de sonido en un automóvil (un vochito) yo decía: “Para implantar la democracia, para transformar al país, México necesita un partido comunista con plenos derechos. El Partido Comunista es el partido de la libertad política, de los intereses de los obreros y los campesinos, de la revolución democrática y socialista.”
Pero luego del 68 pasaron muchas cosas —así es la historia—: se dieron los movimientos guerrilleros y la “guerra sucia” que el Estado mexicano entabló en contra de ellos y una fuerte politización en el país, que condujo a la crisis de los años ochenta. El PCM se transmutó en Partido Socialista Unificado de México (PSUM) (al cual no me afilié), que luego se convirtió en el Partido Mexicano Socialista (PMS), que se había aliado al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), que postuló al ingeniero Heberto Castillo como candidato a la presidencia. Sin embargo, en el PRI hubo cambios, mejor dicho rupturas y un grupo disidente se organizó en torno a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano para impulsarlo como candidato. ¡Estamos ya en 1988!, otro año en ocho.
Yo estaba haciendo campaña por Heberto Castillo y el conocer que había declinado a favor de Cárdenas fue como un balde de agua fría en mi espalda. No era posible que ese expriista fuera de pronto ¡el abanderado de la izquierda! Para mí no tiene nada de malo que alguien que fue priista pase a la izquierda, pero Cárdenas no era el caso, pues fue siempre sumiso al régimen. Tengo una foto donde a pocos días de la masacre de Tlatelolco aparece con el presidente Gustavo Díaz Ordaz inaugurando una obra. Yo nunca lo he considerado un hombre de izquierda y, por supuesto, nunca lo apoyé. Nada que ver con su padre, un político extraordinario que siempre he admirado,
Entonces, en el año 1988, en definitiva “se cayó el sistema”, pero el sistema político mexicano. Es innegable que ocurrió un fraude electoral, el cual fue operado por gente ligada al candidato Salinas de Gortari —tal vez José Córdova Montoya, pero no por Manuel Bartlett—, y marcó el inicio de la consolidación de un nuevo sistema en la política mexicana: el neoliberal.
México tampoco es el mismo después de 1988, pues la economía quedó sometida a una ideología mercadológica, que acabó con la idea del bienestar social. Analicemos lo que dicen los funcionarios hacendarios y ligados con la economía, es decir, “su discurso”, y ahí podemos encontrar los elementos de su pensamiento. Las palabras que dicen revelan lo que piensan y eso es lo que nos permite entender cómo conducen el país a la ruina. Siguiendo a Michel Foucault, analizando “el discurso” podemos saber para dónde vamos.
1968, 1988, se trata de dos años decisivos en la historia del país, en los que a veinte años de distancia se realizaron acontecimientos trascendentales. En el primero se inició una concientización del país y en el segundo el comienzo a una transición democrática que no se ha consolidado, pero que sigue latente. Un país joven como el nuestro requiere pasar por muchas experiencias, algunas dolorosas, que llevarán varios años. No obstante, esos años en ocho, el 68 y el 88, han dejado una huella indeleble en la historia de nuestro México, lo cual no podremos olvidar.
Qué sería de un país sin memoria, sin recuerdos. Recordar esos años en ocho es algo crucial para la historia del país. Ahora esperemos ver qué pasará en otro año con ocho, el próximo 2018, cuando nuevamente se presenta una coyuntura trascendental para la historia del país.
Yo, que nací en 1960, he vivido con intensidad mis 57 años y he sido impactado por esos años en ocho, aunque mi número preferido sea el siete, ligado al día de mi nacimiento, 17 de junio o a 1987, cuando se fundó la Escuela de Biología de la UAP.
Me da mucho gusto que el senador Bartlett haya tratado el tema de 1988, un acontecimiento de la mayor importancia en la historia del país. No se trata de una cuestión periodística, ni de chisme: fue algo que dio un rumbo al país y definió condiciones que serán determinantes en el futuro, pues la historia no se hace de un día para otro. La verdadera izquierda fue el PCM, pero el Frente Democrático Nacional, encabezado por los expriistas Cárdenas y Muñoz Ledo le dieron una carta de naturalización en una nueva etapa de la política nacional, y por cierto, cuando surgió el PRD (partido en el que jamás milité) el registro con el que se habilitó fue el del PCM.
Ahora que se habla del fraude de 1988, quise escribir acerca del 68 y asociarlo a ese nefasto 88. Pero la historia sigue, y depende siempre de la acción humana. Nosotros podremos lograr que el 2018 sea diferente a otros años en ocho. Es triste que dejemos de creer en el poder de la voluntad humana, que permite o impide que las cosas cambien, pues el hombre es sin duda la medida de todas las cosas.
El Padre Ubú perdió la dimensión de sus acciones y por eso fue derrotado. No supo entender el alcance de sus acciones, pero si un buen gobernante sabe hacerlo, tendrá sin duda el éxito merecido.
¡Por hoy para mí es suficiente!









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