Ismael Ledesma Mateos
Una brillante y queridísima maestra de la Escuela de Biología de la UAP me preguntó hace pocos días por “el caso Sokal”. Hace años que no me ocupaba del tema, pero creo que vale la pena retomarlo. En la primavera de 1996 la revista estadounidense Social Text publicó un artículo titulado “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity” (Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica), escrito por Alan Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, quien utiliza citas de importantes autores para sustentar un escrito absurdo, con la intención de ridiculizar por medio de la sátira el uso de la terminología de las ciencias naturales y su extrapolación a las ciencias humanas, queriendo denunciar lo que según él es el “relativismo posmoderno”, para el cual la “sacrosanta” objetividad es una convención social, asumiendo una postura claramente cientificista y positivista, para luego declarar en otra revista, Lingua franca, que el escrito era una falacia.
En 1998 Alan Sokal escribió junto con Jean Bricmont, profesor de física teórica de la Universidad de Lovaina, un libro titulado Imposturas intelectuales, donde según ellos comentan textos que “ilustran las mistificaciones físico-matemáticas de Jacques Lacan, Julia Kristeva, Luce Ingaray, Bruno Latour, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Felix Guattari o Paul Virilo”. Se trata de una serie de capítulos viscerales, que sólo revelan la cerrazón de los autores, lo cual condujo a una respuesta en un libro titulado Imposturas científicas. Los malentendidos del caso Sokal, coordinado por Baudoin Jurdant.
Una controversia como ésta no le importaría al Padre Ubú, pues como ya se ha dicho, en su reino no había científicos ni intelectuales, aunque su actitud siempre fue la de un impostor, que se hizo del trono por la fuerza de las armas y recurrió al “engaño con apariencia de verdad” que es la definición de “impostura”, como una de las formas de controlar a su pueblo, además de la represión y la violencia.
Se trató el caso en comento de una verdadera guerra que fue llamada “la guerra de las ciencias” y que fue un importante acontecimiento en el ámbito de los estudios sociales de la ciencia y de la tecnología, pues revela el peso del tradicionalismo y la intolerancia que se oponen a nuevas visiones de la ciencia, a finales del siglo XX, y que polarizó a varios sectores de la comunidad académica.
El “escándalo Sokal” es una muestra del desprecio de muchos investigadores de ciencias naturales y exactas en contra de las ciencias sociales y las humanidades, algo que incluso se ha llamado antiintelectualismo, que implica una visión dividida del mundo, entre lo que se ha dado en llamar “ciencias duras” y “ciencias blandas”, una “partición” de la realidad que no permite concebir las complejas y múltiples interrelaciones entre naturaleza y sociedad y entre lo no humano y lo humano, que conforman la red de actores en la que nos encontramos inmersos.
Lo más irritante para Sokal y Bricmont es que grandes pensadores procedentes del ámbito humanístico usen conceptos que, según ellos, ignoran, sin autoridad para hablar de ellos. No ven las imposturas de científicos en distintas épocas de las que existen numerosos ejemplos en la historia de las ciencias; además no consideran las distintas etapas en las que históricamente un hecho científico es construido, lo cual incluso va ligado a cambios tecnológicos con el surgimiento de nuevos instrumentos o al predominio de un obstáculo epistemológico, que impide la emergencia de un nuevo concepto.
La respuesta fue contundente: si Sokal y Bricmont hablan de “imposturas intelectuales”, otros pueden hablar de “imposturas científicas”, título del otro libro ya mencionado, aparecido en Francia en 1998, coordinado por Baudoin Jourdant, profesor de ciencias de la información y la comunicación en la Universidad de Paris VII-Denis Diderot y especialista en cuestiones de divulgación científica. En el índice se da cuenta de una refutación puntual, clara y brillante a los planteamientos que produjeron la controversia, con autores como Michel Callon (“Defensa e ilustración de las investigaciones sobre la ciencia”); Isabelle Stengers (“La guerra de las ciencias: ¿Y la paz?”); Nathalie Charraud (“Mateméticas con Lacan”); Daniel Fixari (“Sokal leyendo a Latour leyendo a Einstein: reír sin leer”); Jean Marc Lévy-Leblond (“El desprecio y la confusión”); Michel Lynch (“Variaciones vocales y modulaciones morales de un escándalo literario”); Jean-Luc Gautero (“Razonar sin obstáculos: los desafíos políticos del caso Sosal”); Amy Dahan Dalmédico y Dominique Pestre (“Cómo hablar de ciencias hoy en día”); “La crítica de las ciencias en Francia” (Patrick Petitjean), entre otros (la edición española la hizo la Universidad de Valencia, lo que hace difícil conseguirla en México).
Los colaboradores del libro desmontan de manera magistral la argumentación del Sokal y Bricmont, como se puede deducir de la lectura de los títulos de los capítulos mencionados, asentando que el debate no tuvo un marco adecuado, partió de desviaciones en el uso del lenguaje científico y el lenguaje humanístico, donde lo privativo como señala Levy-Leblond, es el desprecio y la confusión en lo que toca a los estudios de la ciencia. En Imposturas intelectuales resalta el recurso barato de etiquetar a los autores que atacan, calificándolos de “posmodernos”, en un momento en que la posmodernidad era un tema ampliamente discutido y llegando a sostener que se trata de un movimiento anti-ciencia, donde se conjugan el psicoanálisis, los estudios de la ciencia, los estudios sociales de la ciencia de corte “relativista” y la filosofía, todo —según ellos— con una orientación “izquierdista”, todo con ligereza, brevedad y escasez de argumentos.
En un artículo de Rubén Blanco, retomando un texto de Joan H. Fujimura nos dice: “¿qué tipo de ciencia debería practicarse, y quién la define? Esta guerra por la autoridad ha rugido y en la actualidad ruge no sólo entre disciplinas sino dentro de las disciplinas y campos […]. ¿Cuáles son las fronteras de la ciencia?, ¿quién cumple con los requisitos de científico y quién no?, ¿qué está en juego en estas guerras? Mi argumento es que la ciencia es más compleja, diversa, y múltiple que la comprensión que de ella se mantiene como modelo o tipo ideal (o tal como se emplea retóricamente) por algunos antropólogos y científicos implicados en los debates”.
Tales planteamientos hacen que Fujimura haga un recuento de los malentendidos y distorsiones que, entre otros Sokal, se han creado sobre los estudios de la ciencia. “Los argumentos desvirtuados más trillados han sido que: 1) Los autores de los principales textos en el ámbito de los estudios de la ciencia son anticientíficos, antiobjetivistas y antirrealistas; 2) Esos autores son no-científicos con pretensiones de conocer y criticar la ciencia cuando no la entienden en absoluto, o sólo en un mero nivel divulgativo; 3) La aseveración de tales autores de que el conocimiento científico está socialmente construido es absurda y habla de la ciencia como si produjera pretensiones falsas; 4) La ciencia es buena, la ciencia es neutral y la ciencia posee los mejores métodos disponibles (por ejemplo, la comprobación de hipótesis) para producir pretensiones creíbles; 5) Si los escritos de la ciencia social y de la epistemología científica sobre la ciencia pueden ser erróneos, los escritos posmodernistas son aún peores. Están vacíos de cualquier contenido sustantivo real y son simplemente lenguaje decorativo e incomprensible disfrazado de conocimiento.”
Michel Callon respondió y analizó con rigor el libro de Sokal y Brickmont, y en varios textos hace una refutación precisa de sus planteamientos, que conduce a la conclusión de que el evento desencadenante de esa “guerra de las ciencias” fue un extraño experimento que hizo mucho ruido y trajo pocas nueces al debate intelectual y a la concordia y la reconciliación académica, ante una confrontación que ya se había producido con anterioridad y que aún persiste, donde autores anclados en una idea vieja y anquilosada de la ciencia siguen atacando a los estudios sociales de la ciencia; por ejemplo Mario Bunge, que en un libro que vi hace pocos años usa la expresión “el delincuente Bruno Latour”.
Una anécdota relacionada con este caso, es que en el año 2000 a una compañera holandesa, que compartía la oficina conmigo en el Centro de Sociología de la Innovación de la Escuela de Minas de París, le negaron una beca de algún organismo de la Unión Europea por ser estudiante de doctorado de Latour y aquí en México yo tuve el bloqueo de un trámite por haber realizado mi posdoctorado con él. El grado de intolerancia llegó al extremo de que para un debate que debía realizar Latour con Hacking en el Colegio de Francia, no se autorizó que se hiciera ahí y tuvo que hacerse en la Escuela Normal.
Una paradoja es que Sokal, luego de doctorarse en física en Princeton, enseñó matemáticas en la Universidad de Nicaragua durante el gobierno sandinista y fue expulsado del país en el régimen de Violeta Chamorro. Él se asume como un hombre de izquierda, aunque su postura sobre la ciencia es de un conservadurismo digno de la derecha más reaccionaria. De hecho, Sokal sostuvo que la motivación de su broma fue “defender a los científicos y académicos de izquierda de un segmento de sí misma muy de moda”.
El Rey Ubú, junto con el Capitán Bordura dirían: “¿Qué es eso de la guerra de las ciencias?” Para ellos no hay otra guerra que la que se hace con la fuerza de las armas, pero como se ve, hay guerra en todos los ámbitos y la paz es una utopía imposible, que no significa sólo el cese al fuego entre dos bandos combatientes. La guerra está en todos los ámbitos, desde la vida cotidiana y las relaciones personales, hasta la academia y la investigación científica.
¡Para mí es suficiente!









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