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La grandeza de Esperanza

· septiembre 28, 2016

 

 

Ismael Ledesma Mateos

 

En una de mis cotidianas noches de insomnio prendí la televisión y vi una entrevista a la curadora de una exposición sobre Bruno Traven. Ella dijo que la traductora y agente literaria en América Latina de este escritor fue Esperanza López Mateos. ¡Yo no sabía de su existencia!, y de inmediato me puse a buscar información sobre aquélla en internet. Se trataba de la hermana mayor de Adolfo López Mateos y, en consecuencia, mi tía, que resultó ser una mujer extraordinaria, con una biografía apasionante, que además de ser traductora y agente literaria fue activista política de izquierda, sindicalista e incluso alpinista.

Una mujer heroica y valerosa, nada que ver con la abyecta Madre Ubú, cuya existencia se basa en la codicia, la avaricia y el ansia desmedida de poder, que incluso orilló a Ubú Rey a su fracaso, lo que nos da cuenta de los contrastes y contradicciones en la existencia y humana y, en este caso, de la condición femenina. La existencia de Esperanza me tiene encantado desde que supe de ella, y no puedo dejar de pensar en que existen mujeres maravillosas y ejemplares.

Casada con su primo Roberto Figueroa Mateos, era por tanto cuñada del gran cinefotógrafo Gabriel Figueroa Mateos, en cuya vida tuvo una enorme influencia. Trabajó con Vicente Lombardo Toledano y apoyó a muchos exiliados judíos y alemanes que huían de Europa y que llegaron a México. Entre algunas de sus muchas actividades, en su paso por la Secretaría de Educación Pública transcribió las conferencias de las jornadas de la Liga Pro-cultura Alemana, que era una organización antinazi, tal vez la más importante. En 1950 y 1951 participó en la huelga de los mineros de Nueva Rosita, Coahuila, reunió fondos por medio del Comité de Defensa y Solidaridad con las Huelgas Mineras e impulsó la marcha de esos mineros, conocida como “la caravana del hambre”, acontecimiento que probablemente le costó la vida.

Pero, otra cuestión sorprendente de este hallazgo es que supe de la existencia de un libro extraordinario titulado Otra máscara de Esperanza*, una versión novelada de las circunstancias de la muerte de Esperanza, escrita por Adriana González Mateos, que es entonces mi prima y a quien aún no conozco. Ella investigó esta historia conmovedora y desconocida, debido a que su abuela hace muchos años le había enseñado una foto de Esperanza y le habló de “esos días, cuando se procuró que el hallazgo de un cadáver no llamara la atención”, lo cual obedece a la versión oficial de un suicidio, que bien pudo ser un asesinato, cuando apareció muerta en su casa de Avenida Coyoacán en septiembre de 1951.

En el libro un personaje crucial es Marco Tulio Aldama, un abogado, agente del Ministerio Público encargado de investigar el caso, quien es presentado, no como un burócrata, sino como un detective audaz, obsesionado por encontrar la verdad. Con ello, Adriana, la autora, va armando una trama que da cuenta de facetas interesantísimas de la vida de Esperanza. Como alpinista tuvo un accidente en el Iztaccíhuatl, lo cual le dejó lastimada y según Gabriel Figueroa, muy deprimida; pero el abogado le increpa al respecto, pues a pesar de ello encontró fuerzas para ir a Coahuila y “enfrentarse al General que perseguía a los mineros. Se le puso al brinco”.

“Sí —reconoció Figueroa—, estuvo muy ligada al sindicato y al movimiento. Aldama respondió: Entonces no me diga que tenía una pistola colgada junto a su cama porque no le gustaban las gladiolas.”

“El camarógrafo lo enfrentó con un súbito arranque de dignidad: ‘Mire, licenciado: en esta casa todos somos gente de izquierda. Mi hermano ha desempeñado cargos importantes en el sindicato de telefonistas. Yo llegué a estar en el hospital por una tranquiza que recibí en la lucha por consolidar el sindicato de actores y cineastas. Mi cuñada siempre ha sido… siempre fue nuestra inspiración y nuestra guía en estos asuntos. Tanto Roberto como yo aprendimos de ella la importancia de estar con quienes pelean por lo que es justo’.”

Y más adelante le dijo: “el suicidio también forma parte de cierta ética revolucionaria. A veces los militantes se matan para no caer en manos de la policía. O porque ven el fracaso de sus ideales y ya no tiene sentido sobrevivir”.

“Aldama le dice: Eso suena más convincente. ¿Tendrá algo que ver con el fracaso de la huelga de los mineros? Gabriel se resignó a explicarle: Fue una lucha muy dura. Meses en que toda la comunidad de Nueva Rosita se unió para protestar contra los abusos de una empresa rapaz, de capital norteamericano, para colmo. Los huelguistas perdieron sus salarios, la posibilidad de comprar en las tiendas del sindicato, se enfrentaron a una pobreza cada vez más brutal. Por fin decidieron obligar al gobierno a considerar sus peticiones y organizaron la caravana. Miles de personas caminaron desde Coahuila hasta México, con los pies destrozados, comiendo apenas, durmiendo a la intemperie, sin un quinto. Después de meses de penalidades el presidente se negó a recibirlos y la huelga fue declarada ilegal. Los pisoteó, se burló de sus demandas. Les dio una bofetada en plena cara.” Ese presidente era Miguel Alemán.

“Aldama sonrió sarcástico: Los periódicos dieron pocos detalles. Lo presentaron como el escándalo de unos pocos revoltosos, unos locos que tuvieron que entrar en razón. Gabriel asintió y se levantó otra vez para caminar por la sala. A pesar del agotamiento no lograba quedarse quieto mucho tiempo.”

“Luego que escuchó que tanto Gabriel como Roberto —ambos vivían en esa casa— estaban convencidos que ella se suicidó a la media noche, con un disparo en la nuca de una Colt calibre 38 ‘modelo detective’, quebrantada por el dolor y la depresión, renunció en ese momento al interrogatorio, pero decide buscar por otras vías, aunque sabía de conexiones políticas del hermano de la difunta, el Senador Adolfo López Mateos, su trabajo era más bien callarse y evitar que alguien lo fuera a tachar de indiscreto. Pero que no le vinieran a contar cuentos guajiros: ningún suicida se dispara en un ángulo tan incómodo.”

“En el velorio, con la presencia del Senador López Mateos, al que llegó el que sería el Presidente, Adolfo Ruiz Cortines, también estaban los mineros. Aldama ‘los encontró cautelosos, unánimes en su admiración por ella’ y escuchó cómo decían que: Podía ser tan valiente como los mineros más aguerridos. Nadie podía borrar el momento en que se había enfrentado al General. —Se le puso enfrente… y le dijo que era una vergüenza ver cómo le lamía el culo a los gringos… Uno se encaró con Aldama, preocupado por la memoria póstuma de alguien a quien, no se le podía olvidar, estaba siendo velada por gente muy copetuda: —Esperanza era muy elegante, no uso nunca ese lenguaje. Lo interrumpió un hombre flaco, de bigote recortado y rasgos aguerridos: —¿No? Cuando hacía falta perder la elegancia, la perdía. Si hacía falta dejar de comer ayunaba. Y en efecto, a pesar del bastón los acompañó en un gran trecho de la Caravana del Hambre.”

En su afán indagatorio, Aldama se entrevista con uno de los grandes amigos de Esperanza, Salvador Novo, también amigo suyo, y cuando le pregunta: “—¿Qué me puedes contar sobre de ella?” le responde: “—¡Qué no te puedo contar! Casi te diría que estudiamos juntas con las monjas, pero sería una exageración! Ella era atea, como toda su familia. Su abuelo y sus tíos pelearon en las guerras de Reforma del lado liberal. A uno lo fusilaron entre los mártires de Tacubaya. Hay una anécdota muy buena: cuando Esperanza tenía como 13 años entró a trabajar como enfermera en el Hospital de Jesús porque apenas se estaba apaciguando la Revolución y su familia andaba muy pobre. Ella estaba chiquita, pero ya era algo serio. Le dieron lástima las monjitas, tan encerradas, tan de a tiro pendejas, y se puso a hablarles del mundo de afuera: una ciudad donde las mujeres manejaban y se cortaban el pelo. Las empezó a corromper, pues, con tan buen resultado que una se escapó del convento y otra colgó los hábitos para casarse, por lo menos para estrenar un vestidito corto. Los curas la llamaron para regañarla, pero ella les discutió y también trató de convencerlos. Una mujer de armas tomar. Yo la quería mucho.” “Estoy encargado de investigar el caso”, dijo Aldama. “Novo hizo una sonrisa de ¡Uy qué miedo!”

Efectivamente, Manuel Mateos fue asesinado por Leonardo Márquez, “el tigre de Tacubaya” y esa es parte de las historias que pesan en la formación de los Mateos. Digna representante de ello, Esperanza fue una mujer multifacética que nunca perdió la pasión por organizar a la gente y estar en primera fila con los rebeldes, y además, apasionada de la vida, se convirtió en amante de un guardaespaldas de León Trotsky, Henry Schnautz, con quien sostuvo una tortuosa relación desde 1941 hasta su muerte (aunque al final fuera sólo epistolar, y a pesar de que se enamoró perdidamente, como todas las mujeres inteligentes, decidió no dejar a su marido Roberto).

Otro dato importante, consecuencia del conocimiento del trabajo de Adriana González Mateos, es que ni ella ni Adolfo eran López. El primer esposo de Elena Mateos, su madre, era un odontólogo de nombre Mariano Gerardo López, pero había muerto algunos años antes de 8 de enero de 1907, cuando Esperanza nació, como consta en su fe de bautismo hecha en San Cosme, donde se asienta que es hija natural de Elena. Sin embargo, existen elementos para afirmar que ella y su hermano menor, nacido en 1908, tuvieron por padre a un inmigrante español llamado Gonzalo de Murga y Suinaga, que vino y se fue… pero por razones políticas se cambiaron incluso las fechas de nacimiento, para que fueran López, e incluso se inventó que Adolfo fue originario de Atizapán, cosa totalmente falsa (pues era de la Ciudad de México) pero necesaria para que fuera senador por el Estado de México.

¡Ah!, por cierto: mi sobrina Berenice Fernández Mateos está haciendo como tesis de maestría en cine un documental llamado Territorio minado** sobre las condiciones de explotación laboral y la devastación ambiental impuestas por las compañías mineras en la región carbonífera de Coahuila. ¡Qué coincidencia!

Habría tanto más que decir, pero hay que interrumpir, no sin antes pensar que para el Padre Ubú todo esto son historias, enredadas y complicadas, carentes de sentido, que hubiera dicho de los mineros de Santa Rosita: ¡Que les apliquen las tenazas de descerebración y palitroques en las onejas!

[email protected]

——

* Adriana González Mateos, Otra máscara de Esperanza, Editorial Océano, México, 2015.

* Para tener una idea del proyecto y aportar alguna contribución, ver la liga: fondeadora.mx/projets/territorio-minado

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