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La Edad Media: mito, realidad y conocimiento

· septiembre 16, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

Una etapa de gran importancia en la historia de la humanidad fue la Edad Media, que inicia en el siglo V (476 d.C.) y termina en el siglo XV (1453 d.C.) y en torno a la cual se han generado múltiples mitos muy acendrados en el ambiente académico e intelectual. Para referirse a ella hay denominaciones comunes, como “la época del oscurantismo” y “de la negación de la ciencia”, que provienen de la filosofía del positivismo y que en realidad encierran una posición ideológica —es decir, distorsionada— de quienes no se percatan de que en verdad se trata de un periodo distinto de otros, de una manera distinta de concebir el mundo, acorde con las condiciones materiales de su desarrollo.

El reino del Padre Ubú se asemeja a alguno del mundo medieval, con un soberano soberbio y omnipotente, donde el conocimiento pareciera irrelevante (lo que no significa que lo fuera) y la realidad aparece como algo pasmado, detenido en el tiempo (lo cual no significa que sea interesante). La Madre Ubú es una típica esposa de un monarca medieval y el Capitán Bordura un clásico soldado de esa época, tan indispensables para la conservación del orden, aunque ellos no correspondan históricamente a ella, pues representan facetas de la mentalidad humana imperecederas y presentes en todos los tiempos, incluido el actual.

Alexander Koyré en su obra Estudios de historia del pensamiento científico (1977) afirmó: “la filosofía de la Edad Media es, en cierto modo, un descubrimiento recientísimo. Hasta hace relativamente pocos años, toda la Edad Media se representaba bajo los más sombríos colores: triste época en la que el espíritu humano, esclavizado por la autoridad —doble autoridad, del dogma y de Aristóteles— se agotaba en discusiones estériles de problemas imaginarios. Aún hoy, el término ‘escolástica’ tiene para nosotros un sentido peyorativo.” Y prosigue: “Sin duda, no todo es falso en este panorama. Tampoco es cierto todo. La Edad Media ha conocido una época de barbarie profunda, barbarie política, económica e intelectual —la cual se extiende poco más o menos desde el siglo VI hasta el XI— pero ha conocido también una época extraordinariamente fecunda, de una intensidad intelectual y artística sin igual, que se extiende del siglo XI, hasta el XV, a la que debemos, entre otras cosas, el arte gótico y la filosofía escolástica”, la de Tomás de Aquino, etapa que permitió a Occidente tomar contacto con la filosofía medieval.

Como apunta Prevost en su “Ensayo sobre la historia universal”: “La Edad Media no es un periodo para exaltar o para despreciar —esto es obvio para el que adopte la actitud científica. Considerada objetivamente no representa ni avance ni retroceso. Es una época de incubación. Hubo un cataclismo, resultado de múltiples contingencias. Pero el mundo antiguo se ‘hacia viejo’ y las emigraciones bárbaras no solamente revolvieron las razas humanas, sino que aportaron también este ardor juvenil, esta audaz confianza, esta aptitud para el cambio y el progreso de los que las civilizaciones viejas pierden el privilegio y de las que la barbarie es la forma inculta y pasajera.”

La Edad Media corresponde a una forma de periodización de la historia que data del siglo XVII, utilizada por primera vez en 1668 por Cristóbal Kellner (1638-1707), también llamado Cellarius, profesor de historia de la Universidad de Halle: a él le debemos el antecedente de la clásica división de la historia que actualmente conocemos y que nombró como antiqua, medii aevi y nova, que ha tenido cierta utilidad práctica, aunque debe reconocerse que se trata de cortes forzados y hasta cierto punto ficticios. Para el caso que nos ocupa, bien podemos decir que no existe una Edad Media, sino que existen “edades medias” y si se conserva el término se debe a que a pesar de las diferencias entre los distintos momentos que la componen, poseen elementos en común.

Para el materialismo histórico la forma de periodización es distinta, basada en diferentes modos de producción, donde el mundo antiguo corresponde al modo de producción esclavista, el mundo medieval al modo de producción feudal y el mundo moderno y contemporáneo al modo de producción capitalista. En efecto, una de las facetas apasionantes de la Edad Media es el entendimiento de un modo de producción con características particulares, altamente complejo, que generó las condiciones que dieron origen al capitalismo y es un ejemplo de lo que ocurre cuando un orden social y económico se llena de contradicciones y se vuelve insostenible, dando lugar a otro muy distinto.

A mediados del siglo XX se dio un descubrimiento de la Edad Media como algo absolutamente trascendente en la historia, digno de ser estudiado. Se trata de un periodo en el cual en Occidente imperó el cristianismo y en Medio Oriente y vastas extensiones del mundo el islam, determinante para el desarrollo del pensamiento posterior. Un ejemplo icónico de la riqueza de la sabiduría medieval es la catedral de Chartres en Francia, en cuyo frontispicio encontramos una alegoría del pensamiento viejo y del nuevo. Una catedral misteriosa, en la que más que el culto religioso, impera el culto al conocimiento y por ello aparecen representados los más importantes filósofos griegos.

Historiadores que formaron parte de la Escuela de los Annales tuvieron gran interés por la Edad Media, debiendo destacarse a Jacques Le Goff, que tuvo un gran empeño en luchar contra los estereotipos que predominan sobre esa época, la cual describía como un periodo “luminoso” y “lleno de risas”. Le Goff fue apodado “el ogro historiador” y el “papa de la Edad Media”; dirigió la prestigiosa revista Annales, donde los representantes de dicha corriente publicaban sus trabajos. Otro gran historiador medievalista fue Georges Duby, que escribió extraordinarios libros sobre ese periodo histórico; en particular me encanta el titulado Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos. En él establece un paralelismo entre el mundo medieval y el mundo contemporáneo, donde destacan “el miedo a la miseria”, “el miedo al otro”, “el miedo a las epidemias”, “el miedo a la violencia”, “el miedo al más allá”, “el miedo al próximo cambio de milenio”, y la pregunta final: “¿existe el miedo al futuro?” Se trata de una obra que nos deja como lección lo mucho que tenemos que aprender de la Edad Media.

En el siglo XII ocurrió en Europa lo que puede considerarse una revolución intelectual que marcó los últimos siglos de la Edad Media; hay quienes la han llamado revolución científica, aunque a mí no me parece correcta la denominación, pues las ciencias no se habían constituido en ese momento de la historia y las comunidades científicas eran inexistentes. Un personaje memorable de esa etapa fue Adelardo de Bath, un gran sabio de su época que planteó el contraste entre el nuevo conocimiento y el anterior, utilizando a manera de metáfora discusiones con su sobrino —tal vez un personaje imaginario—, con quien contrastaba sus ideas. Este sabio dio a conocer al Occidente cristiano los textos acerca del conocimiento de los árabes, tradujo de su lengua los Elementos de Euclides, las Tablas Astronómicas de Al-Khawarismi (el árabe de la portada del Álgebra de Baldor, de cuyo nombre viene la palabra “algoritmo”), el Almagesto de Ptolomeo y que trató temas que van de la meteorología, la transmisión de la luz y el sonido, o el crecimiento de las plantas, hasta la causa de las lágrimas derramadas por el sobrino debido al feliz retorno de su tío. En sus diálogos el sobrino se muestra fiel a las ideas griegas que habían perdurado en la cristiandad occidental, en tanto que Adelardo sostiene las ideas de los antiguos griegos (presocráticos) y árabes recuperadas recién en aquellas fechas.

El mundo medieval dejó a la humanidad grandes contribuciones: en filosofía la obra de San Agustín, Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno; el álgebra, la filosofía y medicina de Avicena y Averroes y los estudios poblacionales de Ibn Khaldun, provenientes del islam; y algo mucho muy relevante: el surgimiento de las universidades en Europa. La Universidad es una institución medieval, con todas las características que mantiene hasta la actualidad.

Ubú Rey, producto de la imaginación de Alfred Jarry en el fin del siglo XIX es sin duda un personaje al que lo peor del mundo medieval le va muy bien, y lo mejor del mundo medieval le iría muy bien. Un gran sátrapa, digno patrono de los inquisidores posteriores a la Edad Media (1478), encarnaría la reminiscencia del mito de la Edad Media que, sin embargo, como he tratado de mostrar en este espacio, no es del todo una realidad, pues se trata de una época que tuvo un papel importante en nuestra historia.

¡Para mí es suficiente!

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