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La ciencia y la Unión Soviética

· octubre 21, 2017

 

Ismael Ledesma Mateos

 

La Revolución Bolchevique fue uno de los acontecimientos trascendentales de la historia del siglo XX, del que se cumplen cien años. Luego del ascenso al poder de Vladimir Ilich Lenin surge la Unión Soviética, que encarna una nueva condición en el orden mundial. Se trata de una revolución que trastocó el orden establecido, una revolución socialista que planteaba el surgimiento de un nuevo tipo de organización económica y social, diferente al capitalismo salvaje imperante. Un verdadero cambio para la humanidad, encabezado por Lenin y Trotsky, que por medio de unidades básicas de organización de la clase obrera, “los sóviets”, sentaban las bases para una forma distinta de gobierno.

Sin embargo, la historia no es tan sencilla ni se puede concebir de una forma idílica. Ahí había una nación establecida, esa Rusia zarista, atrasada, rural, semifeudal (Marx jamás pensó que pudiera iniciarse el socialismo ahí, y mucho menos que pudiera llevar a transitar al “comunismo”). Un país con gente en el poder que tenía intereses consolidados por años: la burocracia del zar, que buscaría mantener sus privilegios a pesar del advenimiento de un nuevo modelo político. Esto es lo que afronta toda revolución, donde el oportunismo no puede ser desdeñado y hay estamentos en el ambiente político que conocen bien el manejo del gobierno y que pueden volverse imprescindibles, además de la emergencia de intereses desmedidos, difíciles de controlar, lo que llevó al estalinismo.

El Padre Ubú era un “capitán de dragones” vasallo del Rey Wenceslao, a quien con la ayuda del Capitán Bordura traicionó para hacerse del poder de su reino. Eso claro que no fue una revolución, de ninguna manera podría pensarse como tal. Pero, si en ese lugar imaginario se hubiera dado un movimiento popular revolucionario, liderado por grandes hombres, seres abyectos como Ubú se hubieran acercado a ellos para posteriormente tomar su control. Eso ha pasado en muchas revoluciones que finalmente desembocan en un resultado que no era el deseado y esperado, y eso pasó en la Unión Soviética, donde se hizo presente un personaje hábil, con capacidad militar y de mando que fue Joseph Stalin.

Iosif o Jossif Vissariónovich Dzhugashvili, también llamado Josef o Joseph Stalin, nació en Gori, Georgia, en 1879 y murió en Moscú en 1953. Gobernó férreamente la URSS desde 1929 (año en que tomó el poder, sucediendo a Lenin y consiguió el exilio de Trotsky, quien fue asesinado en México) hasta su muerte en 1953. Se le considera un represor sanguinario que logró convertir la Rusia semifeudal en una potencia económica y militar capaz de contribuir decisivamente a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y capaz de desarrollar un enorme poderío nuclear, gracias a la ciencia y que le permitió confrontar a los Estados Unidos en el periodo que conocemos como la “guerra fría”.

En un país con un enorme nivel de atraso, la apuesta por la ciencia fue extremadamente importante desde el triunfo de Lenin, pero se consolidó con Stalin. La ciencia soviética se volvió altamente atractiva para los sectores de izquierda de todo el mundo, que veían a ese nuevo país como la alternativa para la humanidad y los campos de acción que se cultivaron fueron diversos, teniendo como telón de fondo el discurso cientificista del pensamiento de Marx y sobre todo el de Engels.

En 1958 se publicó en Hamburgo, Alemania, un importante libro titulado Filosofía y ciencia en la Unión Soviética, de Gustav A. Wetter (filósofo católico austriaco), en el que se da cuenta de los logros alcanzados en la URSS, lo que puede verse en su índice, donde después de exponer todo el fundamento filosófico que sostenían los soviéticos, habla de “la física cuántica” y la crítica soviética a las teorías desarrolladas en otros países: “la teoría de la relatividad”, “masa y energía”; la crítica soviética a la “teoría de la resonancia y la mesometría”, o bien cuestiones de “cosmología y cosmogononía”, donde cuestionan la teoría de “la muerte térmica del universo”. Todo ello muestra el nivel de conocimiento que tenían acerca de la problemática científica de su época, pero que deja oler un tufo pretencioso de superioridad ante todo lo que se planteaba en otros países.

El caso más grave que impactó la ciencia mundial se dio en la biología, donde se pretendió realizar una “nueva teoría de la herencia” y se impusieron las ideas de un personaje nefasto, Trofim Denissovistch Lysenko, que llegó a tener el control político de la ciencia rusa durante el estalinismo. El fenómeno del “lysenkismo” es emblemático cuando se busca entender las relaciones entre el poder y la ciencia, pues da cuenta de la forma como la ideología puede imponerse de manera extrema y nos muestra que la actividad científica no es algo neutro alejado de lo político. A este respecto, se encuentra el magnífico libro del filósofo francés Dominique Lecourt titulado Lysenko: historia real de una ciencia proletaria, prologado por Louis Althusser, donde se analiza lo que se llamó “el caso Lysenko”, que entre sus más graves consecuencias tuvo la eliminación de la genética mendeliana y la investigación relacionada con ella “por el hecho de ser burguesa”.

En plena mitad del siglo XX se planteó una distinción entre “ciencia burguesa” y “ciencia proletaria”, producto de la forma como Lysenko se convirtió en el científico más influyente de la nación. En un evento científico que contó con la presencia de Stalin, se dio una vehemente disertación de Lysenko que provocó que el mandatario se levantara a aplaudir de manera estrepitosa; ese evento fue determinante del éxito de Lysenko y no la potencia de sus teorías. Luego que fue posicionándose, se realizó la histórica sesión de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas (31 de julio al 7 de agosto de 1948), donde se llegó al acuerdo de la proscripción de la genética mendeliana y sostener la base científica de la “teoría de la herencia de los caracteres adquiridos”, algo abandonado mundialmente muchos años antes y que erróneamente se atribuye al gran sabio francés Jean Baptiste Lamarck, quien la utilizó en los inicios del siglo XIX, sin que fuera algo que él hubiera formulado (algo que por desgracia se ha escrito en muchos libros de texto y se repite estúpidamente en clases).

El centro de la argumentación lysenkista en contra de la genética mendeliana es precisamente la herencia de caracteres adquiridos, que pretendió aplicar en fisiología vegetal aplicada a la agricultura. El libro La situación de las ciencias biológicas, producto de la transcripción de las actas taquigráficas del evento, fue traducido a muchos idiomas. Yo poseo la edición en castellano, que muy joven, siendo estudiante de la carrera de biólogo en la UNAM, pude comprar en una librería de viejo en Puebla (ubicada en la 7 Oriente, casi esquina de la 2 Sur). Hasta ahí llegó ese voluminoso libro, que da cuenta de algo que tuvo impacto mundial, pues se pretendió que todos los comunistas en sus países difundieran la teoría de Lysenko y consiguieran que se implantara.

En ese tomo, cada vez que se hace una afirmación contundente de Lysenko, donde frecuentemente alude la influencia del pensamiento del “Camarada Stalin”, se anota: “calurosos aplausos, calurosos y prolongados aplausos”. La suerte estaba echada para los científicos, particularmente los genetistas que se opusieran a los dictados de Lysenko, donde un destino podría —como lo fue para varios— ser Siberia, el Gulag y la muerte, como ocurrió con Nicolai Vavílov. Una consecuencia dramática es que gracias al lysenkismo y su “genética proletaria”, llegó a perderse una cosecha completa de papa, alimento esencial que tuvieron que importar del extranjero.

Otra de las grandes aberraciones de la biología soviética fue la “nueva teoría sobre la célula” de Olga B. Lepeschinskaja, basada supuestamente en la orientaciones del “materialismo dialéctico”. No obstante, a pesar de todo el panorama de la ciencia en la URSS fue tan contradictorio que, a pesar del lysenkismo, la escuela fisiológica y psicológica derivada de la obra de Ivan P. Pavlov tuvo una influencia benéfica en todo el mundo, incluyendo a México, gracias a la llegada del gran fisiólogo formado en ella, Ramón Álvarez Buylla, procedente del exilio español.

En ese panorama contradictorio, como he dicho, contamos con la grandiosa teoría acerca del origen de la vida de Alexander Ivanovich Oparin, que sentó las bases para el entendimiento de ese fenómeno crucial en biología, la cual sigue siendo vigente y sobre ella se realizaron investigaciones que la consolidaron en todas partes del planeta, siendo sin duda una de las más importantes teorías de la biología contemporánea y aportación de un gran científico soviético que pudo sobrevivir a Lysenko.

En 1964 el físico Andréi Sájarov se expresó contra Lysenko en la Asamblea General de la Academia de las Ciencias de la URSS en los siguientes términos: “Es responsable del vergonzoso atraso de la biología y genética soviéticas en particular, por la difusión de visiones pseudocientíficas, por el aventurismo, por la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto y aun la muerte de muchos científicos genuinos.”

Pero, a pesar de esta triste historia, la URSS tuvo la posibilidad de realizar impactantes aportes en física, que permitieron que tuviera la bomba atómica, la cual permitió neutralizar el expansionismo de Estados Unidos, además de iniciar exitosamente la “carrera espacial”. También se le debe a la URSS y a Stalin, el haber frenado al nazismo y haberlo enfrentado con valor en la Segunda Guerra Mundial, liberando buena parte de Europa.

La Unión Soviética fue un mundo de claroscuros y contradicciones, que confundirían al Padre Ubú, quien no entendería gobiernos así de complicados.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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