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Tercer Aniversario, UBÚ 0

La ciencia no es como la pintan

· enero 18, 2018

Ismael Ledesma Mateos

Los científicos no son las personas puras y justas que muchos piensan. Como seres humanos hay una gran diversidad de comportamientos: existe gente honesta y responsable y otras mafiosa y corrupta. El estudio de la historia de la ciencia nos lo revela, al igual que la vida cotidiana de quienes la practicamos. Recuerdo una de las experiencias más asquerosas de mi vida, cuando hacía la Maestría en Bioquímica en el Cinvestav y un profesor del que era su único alumno en la materia, me llamó a su oficina y me dijo que me daría una lección muy importante. Me indicó que abriera el último cajón de un mueble y al hacerlo encontré ahí un documento, el manuscrito de un artículo científico. Me dijo: “¿Sabes por qué lo tengo ahí? Es que me lo mandaron para arbitrarlo (es decir, valorar su calidad para publicarlo) y lo tengo guardado hasta que yo publique eso primero.” Me quedé perplejo de tal perversidad y, como dice la canción de Nacha Guevara: “el mundo no ha engendrado sujeto más despreciable”. Aunque ahora está muerto.

El Padre Ubú no era un científico y su perversidad se daba tan sólo en el ámbito del gobierno, lo cual es hasta cierto punto entendible, pero ¡en la ciencia!, en la práctica de la creación del conocimiento pareciera algo increíble… pero así es y lo ha sido históricamente. Cuando comentaba el tema que abordaría hoy, un amigo que se encontraba conmigo me preguntó si lo que decía realmente era posible en la ciencia, y le respondí que sí: la ciencia es una actividad humana, como cualquier otra, no es algo sobrenatural, aunque sí muy bella y apasionante, como también lo es la política y el arte. Sin embargo, es lamentable que ocurran trapacerías como la que narré.

En aquel curso con el investigador que mencioné, tenía que hacer cultivos primarios de células de hígado (hepatocitos) y para separarlos hay que utilizar una enzima que se llama colagenasa, con el fin de deshacer la colágena, la proteína que las une. Pero hay colagenasas de varios tipos y en el laboratorio sólo había una que no funcionó y destrozó todas las células. Revisando en un catálogo, averigüé que ésa era para separar otro tipo de células, las adiposas de epidídimo, y fui a consultar un libro en la biblioteca acerca de métodos en biología celular y encontré qué tipo de colagenasa debe usarse; fotocopié el capítulo y se lo llevé al doctor para demostrarle su error al tener la colagenasa inapropiada. Un rato después llegó una nueva alumna al laboratorio que quería realizar su tesis y escuché cómo le explicaba ese asunto de las colagenasas, “que le había enseñado su amigo el autor del capítulo”, que yo le había dado, y al cuál no conocía. ¡Qué horror y bajeza moral!

El problema de la relación entre la moral y la ciencia es por demás delicado. En 1942 el sociólogo Robert K. Merton planteó una estructura normativa de la ciencia, que se conoce como el “ethos”, que implica cuatro principios fundamentales: el escepticismo organizado, el universalismo, el comunitarismo y el desinterés, lo cuales reflejan una enorme ingenuidad. El primer principio implica el dudar de todo como base metodológica de la investigación; eso sin duda es correcto y estaría ligado a lo que otros llamarían “el amor a la verdad”, pero en la realidad de la práctica científica no opera del todo, pues muchos investigadores trabajan por lograr a la fuerza que los resultados de sus experimentos concuerden con sus ideas a costa de lo que sea.

Fue el caso de Louis Pasteur, que motivado por su catolicismo extremo, su odio al evolucionismo y su narcisismo absoluto, consiguió eliminar institucionalmente la idea de la generación espontánea (lo cual sí es cierto) pero sin tener en ese momento las verdaderas pruebas de ello, valiéndose de su cercanía con el gobierno imperial de Napoleón III, sus relaciones familiares y académicas y su cercanía con los miembros de la Academia de Ciencias de París que operaron a su favor en contra de Félix Pouchet, lo que ha sido extraordinariamente estudiado por mi maestro Bruno Latour.

El segundo principio del ethos de Merton sostiene que la ciencia es universal y que no pude ser exclusiva de un país o de una empresa, lo cual sabemos en los hechos que no es cierto, basta para ello pensar en toda la ciencia elaborada durante la Guerra Fría, la producción de armas atómicas o la carrera espacial. El tercero plantea que los científicos constituyen una comunidad, donde toda la información fluye libremente, sin restricciones, lo cual en la vida real es imposible, cuando incluso en un laboratorio nadie permitiría que su compañero de al lado viera sus resultados, sin que se hayan hecho públicos, sea en un seminario o congreso o ya en un artículo, salvo que sea un gran amigo, o cómplice. El cuarto principio es también incongruente, pues nos dice que la ciencia no obedece a intereses, cuando un motor de la práctica científica son los intereses, sean personales —la búsqueda de reconocimiento, la vanidad—, económicos en lo individual, o para alguna institución o empresa, e incluso políticos y militares. ¿Acaso los científicos que trabajan para Monsanto en la producción de transgénicos pueden ser desinteresados? Por todo ello, el ethos de Merton es absolutamente irreal.

El ethos viene de la misma palabra griega de la que se deriva la etología, la disciplina que estudia el comportamiento animal, así como la ética. Es común que muchísima gente malinterprete el significado de “la ética”, haciéndola sinónimo de “la moral” y usando expresiones absurdas como “eso es antiético” o “no es ético”, cuando se debería decir “inmoral” —y eso depende de qué moral, pues hay muchas— pero se le tiene miedo a la palabra. Si alguien me dijera que no tengo ética, diría que tengo mucha pues en un estante de mi biblioteca tengo varios libros de esa disciplina filosófica que se encarga del estudio de la valoración de las acciones humanas y por lo tanto de la moral.

Al escribir esto recordé un artículo que leí en septiembre de 1985, escrito por Manuel Servín Massieu, publicado en Nexos, titulado “El caso Majorana”, con el subtítulo: “De la moral en la ciencia”. Es un texto excepcional que me impactó. Se trata de la historia de un físico genial, Ettore Majorana, donde el autor hace referencia a las dudas de Oppenheimer sobre la conveniencia de Estados Unidos para fabricar y utilizar la bomba atómica, que es un caso donde la moral del sabio se ve confrontada con la voluntad del poderoso. Ahí hace referencia al filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, quien señalaba que la ciencia se ha convertido en una fuerza productiva y a la vez social y el hombre de ciencia no debe permanecer indiferente al destino social de su actividad y ha de asumir una responsabilidad moral. Y bien puede hablarse de un “trinomio ciencia-poder-moral” que está presente en numerosos problemas mundiales como el deterioro ambiental, la explosión demográfica, el uso de medicamentos y tecnologías inapropiadas, el desarrollo de instrumentos de guerra más letales, entre muchos más.

En el artículo que cito se menciona a René Dubos, quien en un ensayo sobre la responsabilidad del hombre de ciencia, rechaza la actividad de los investigadores que se limitan a dejar el producto de su trabajo, sea descubrimiento, invento o publicación, al pie de las escaleras del poder, como una madre que abandona a su hijo al pie de las escaleras de una casa sin importar lo que suceda con él. “Fausto vendió su alma al diablo como el investigador se presta a satisfacer los deseos del poderoso para ejercer su oficio; por diferente que sea lo que está en juego, el proceso de alienación es análogo: como Fausto, el científico es un juguete en manos de sus socios.”

El caso Majorana entra aquí en escena, debido a su actitud rebelde ante el uso inmoral del conocimiento. Era considerado un niño prodigio por su capacidad de resolver complejos problemas matemáticos a muy corta edad. Nació en Sicilia en 1906 y desapareció misteriosamente en el Mar Tirreno en 1938, habiendo sido reconocido por su trabajo en física de partículas, específicamente de neutrinos. Fue integrante del Grupo de Roma dirigido por Enrico Fermi, con el que tuvo conflictos personales. Fue un personaje controversial y paradójico que llevó a que Leonardo Sciascia escribiera en 1975 La desaparición de Majorana (reeditado por Tusquets en 2007). Siempre tuvo un extraño comportamiento con sus colegas, con una inteligencia huraña y una gran conciencia de su valía, que le ayudó a obtener la simpatía de Heinsenberg y tener con él una amistad efímera, tratándose de igual a igual, con quien también trabajó. También es conocido por la “ecuación de Majorana”, una ecuación de onda relativística y por el “fermión de Majorana”, que en física de partículas es una antipartícula.

Pero, ¿por qué dejó la ciencia? ¿Acaso de suicidó tirándose del barco en que viajaba? ¿Será que previó la bomba atómica y rechazó participar en su creación? ¿Renunció a sus investigaciones aplastado por la presión? ¿No resistió la hostilidad de los demás físicos? ¿Influyó en su desaparición el contexto político de la época en Italia y Alemania? ¿Sería acaso una premonición aterradora del poder y los riesgos de la energía nuclear?, ¿o en su aversión al fascismo huyó a la Unión Soviética para colaborar en la construcción de la bomba? Como dice Elías Canetti: “Uno se hace pasar por muerto”, y alguien afirmó que lo vio vivo años después en Sudamérica. Pero el hecho es que después de sus grandes contribuciones —más de las que mencioné— dejó la ciencia, y eso es una posición subjetiva, existencial y por lo tanto moral.

El Padre Ubú nunca hubiera dejado el poder por razones morales y, como la gran mayoría de los militantes y simpatizantes del PRI, pensaría que “moral es un arbusto que da moras”.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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