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La ciencia neoliberal en México

· abril 29, 2020

mariaelena maiz

El jueves 23 de abril escuché por la tarde la conferencia de prensa diaria acerca de la pandemia del COVID-19 (coronavirus) del subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, médico y doctor en epidemiología, a la que invitó a la directora general del Conacyt, María Elena Álvarez-Buylla, bióloga y doctora en ecología evolutiva, quien disertó sobre la producción de ventiladores mecánicos nacionales (700 para el 15 de mayo), en el marco de un programa de la dependencia que encabeza. 

Al inicio de su intervención ella enmarcó la situación sobre la base de una consideración por demás interesante, que me encantó. Se refirió a la “ciencia neoliberal”, la cual fue caracterizada en cinco puntos, que presentó en un cuadro, por demás didáctico, que también explicó. Estas características son: 1) dependencia tecnológica, 2) capacidades de articulación limitadas, 3) baja eficiencia en innovación, 4) transferencias millonarias al sector privado, así como 5) el abandono de la ciencia básica, y 6) un sector privado con mínimo aporte a la ciencia y tecnología nacionales, que ha participado con una proporción muy baja en el presupuesto de ciencia, tecnología e innovación (CTI) nacionales.

En efecto, se trata de un diagnóstico claro y certero que da cuenta de la grave problemática de la ciencia y de la tecnología en México. Sin embargo, la oposición de derecha, los que tienen por código divino el neoliberalismo, o los ingenuos que se encuentran obnubilados por una visión idílica de la ciencia, anclada en la filosofía positivista, que es incongruente con la realidad. Es así que el expresidente Felipe Calderón afirmó el día siguiente que “es un absurdo hablar de ciencia neoliberal”. El gran científico y epistemólogo aprovechó para atacar, diciendo que “no hay una postura del Consejo respecto a los recortes del presupuesto en ciencia y tecnología del actual gobierno”, además de criticar a la funcionaria por encargarse únicamente de adular a la administración del presidente López Obrador sin mostrar una posición respecto a la disminución del presupuesto de sus áreas y omitir decir que es de casi 4 mil millones de pesos, “el mayor recorte en más de una década”.

En su crítica a la ciencia neoliberal la directora del Conacyt señaló que la situación derivada de ella “impone retos muy grande al país frente a una epidemia como la que tenemos”. También mencionó que a partir de esta emergencia sanitaria se podría realizar un replanteamiento del modelo económico en el mundo, debido al impacto que éste tiene en otros ámbitos. Afirmó: “Creo que esta crisis nos está invitando, y así lo han manifestado muchos científicos en el mundo, a repensar la organización mundial en general, y el sistema neoliberal. Esto que estamos viviendo, estoy convencida como muchos y muchas, es un síntoma del fracaso de un modo civilizatorio de un sistema neoliberal.” La doctora señaló que las pandemias “tienen mucho que ver con la destrucción ambiental y una desorganización del orden socioecológico. Es momento, desde el punto de vista científico, repensar este orden mundial y prevenir el futuro en favor del bienestar social y del cuidado ambiental y de la prevención de este tipo de retos de salud tan importantes”.

Otras reacciones no se hicieron esperar. Así Carlos Marín, tituló su columna “Asalto a la razón” de Milenio Diario del viernes 24 de abril, como “Ideologizar la ciencia, ridículo”. Escribe: ¿La de Guillermo Haro, Mario Molina o José Sarukhán fue una “ciencia conservadora”? ¿En serio “Dependamos de la ciencia neoliberal”? O más bien del conocimiento y la experimentación científica. La señora debiera saber que en el laboratorio no rigen la religión, los prejuicios ni la consigna política o ideológica. 

Resulta que ahora los comentócratas son una especie de sabios renacentistas, hasta epidemiólogos y teóricos de la ciencia.

Con el grito en el cielo, entre diatribas y vituperios, se cuestionó el planteamiento de una “ciencia neoliberal”, con el muy cacareado argumento de la “objetividad de la ciencia” más allá de la política, de las ideología y de las posiciones de clase, invocando una “ciencia neutra”, que no puede ser contaminada por lo mundano, pues es pura y limpia, enfocada al beneficio de la humanidad. Todo ello ha sido tan repetido por décadas y constituye un discurso ideológico que no pasa la prueba de la historia; se trata de una imagen anacrónica de la ciencia que no la entiende “tal como ella se hace”.

Lo que María Elena Álvarez-Buylla hizo fue caracterizar la ciencia en los sexenios que se han denominado del “periodo neoliberal”. Eso no es ideologizar la ciencia, debiendo entenderse que en epistemología y teoría de la ciencia, un cosa son las “relaciones de constitución” y otra las “relaciones de aplicación”. Las ciencias son únicas desde que quedan constituidas dentro de un proceso histórico y social, pero algo muy distinto es el uso que se da a ellas y la manera como son orientadas. En relación a la ciencia hay mitos fuertemente enraizados, no sólo en diversos sectores de la sociedad ajena a la ciencia. Aquí no se trata de hacer una distinción entre una ciencia neoliberal por su carácter intrínseco, en oposición a una ciencia del pueblo, sino el sesgo que las políticas gubernamentales le da a la ciencia. Bueno, en realidad es más correcto hablar de ciencias en plural, pues la ciencia en singular es una abstracción (la que encontramos, por ejemplo, en los libros de texto de bachillerato), aunque generalmente no se hace esta distinción, aun entre los mismos científicos.

Más que referirse a una “ciencia neoliberal”, debiéramos referirnos a la orientación neoliberal que le dieron los gobiernos que enarbolaron esa ideología, perfectamente caracterizada por los seis puntos que refirió la directora del Conacyt. O ¿acaso alguien en su sano juicio podría atreverse a refutarlos? Su contundencia es impactante, y reflexionando sobre ellos podemos constatar la intencionalidad de los anteriores gobiernos de desmantelar la estructura científica del país, en lo que resalta el abandono a la ciencia básica y la transferencia de cantidades millonarias al sector privado, provenientes del presupuesto del Consejo. Habría que preguntarle a los detractores de la Dra. Álvarez-Buylla, qué es lo que realmente entienden por ciencia y su relación con la tecnología. Esencialmente, la ciencia en México es despreciada por el sector privado que mayoritariamente no la comprende, sobre todo cuando no se ve una utilidad inmediata.

La idea de una ciencia neutra, objetiva y apolítica, forma parte de un discurso ideológico que no resiste el contraste con la historia de las ciencias y de la tecnología. La ciencia no es ajena a intereses, mito que proviene de una perspectiva distorsionada de la sociología de lo científico, proveniente de la formulada por Robert K. Merton, en lo que el denominó el ethos de la ciencia, que implica las siguientes características: 1) universalismo, 2) comunitarismo, 3) desinterés y 4) escepticismo organizado. Esto lo denominó en 1942 “la estructura normativa de las ciencias”, que implica, según él, un conjunto de valores compartidos por la comunidad científica. Esta concepción no pone atención en la crudeza y la materialidad de la acción científica, que corresponde a la visión de una época, en plena posguerra y en el contexto de la guerra fría (aunque otras contribuciones de Merton son geniales, como el efecto de San Mateo, o efecto Mateo, que explica los sistemas de desigualdad jerárquica en ciencia, como el SNI en México).

La ciencia no es como la pintan, y quienes sostienen estos puntos de vista están anclados en el pasado, desde una posición que en historia y sociología de la ciencia se denomina “internalismo”, que sostiene que la ciencia tiene una lógica interna, aislada del contexto en el que se encuentra y la cual es opuesta a la llamada “externalismo”, que considera lo que llaman factores extracientíficos, como la ideología, los prejuicios religiosos (que son también una forma de ideología), los sentimientos, la moral, la economía, la política y otros más. Decir, como Carlos Marín, que hablar de “ciencia neoliberal” es ridículo, es en esencia una posición ideológica, una ideologización.

La “ciencia neoliberal” de la que hablamos no tiene nada que ver con la espeluznante historia de la dicotomía entre “ciencia proletaria” y “ciencia burguesa”, ocurrida durante el estalinismo en la Unión Soviética. Ahí sí se planteaba una relación de constitución, que implica una cuestión epistemológica absurda, dando un carácter de clase a la ciencia, que produjo un enorme daño al conocimiento científico. El operador de esta ideología fue el agrónomo y fisiólogo vegetal Trofím Denisovich Lisenko, que entre otras atrocidades proscribió la genética mendeliana por el hecho de ser burguesa, encarcelando a científicos opositores y obligando a la aplicación masiva de sus teorías a los campos de cultivo, lo que arruinó las cosechas de papa de forma impresionante.

De igual forma, durante el nazismo se distinguió ente “ciencia judía” y “ciencia aria”, otra estupidez ideológica, pero tomar este ejemplo junto con el anterior para apelar por la “neutralidad” de la ciencia es otro sinsentido. 

Pareciera que los detractores de nuestro gobierno son ciegos o no saben leer. Sin embargo, ésa no es la explicación, la cual se encuentra en su odio ante la posibilidad de una verdadera transformación del país. En su mezquindad la derecha (los llamados conservadores eufemísticamente por AMLO) ha decidido tomar la arena de la lucha ideológica argumentando lo que no conoce. Desde el positivismo decimonónico, pasando por el siglo XX con Merton hasta la actualidad los estudios sociales de la ciencia nos colocan ante otro escenario, que involucra la historia, la sociología, la antropología, la psicología y el psicoanálisis y la economía política de la ciencia (y de las ciencias).

Es así que no es posible invocar neutralidad y objetividad alguna, pues los hombres que hacen la ciencia no son neutrales y su deseo de objetividad está inmerso en su subjetividad individual. 

Lo que hizo el neoliberalismo fue intentar envilecer la ciencia, de una manera nauseabunda, sin entender su importancia para el desarrollo nacional, y la caracterización de ello es impecable e ilustra el uso perverso de la ciencia en beneficio de intereses que no tienen nada que ver con ella. Y como dijera Jean Rostand: “Trátese de política, de moral o de filosofía, yo sospecho de los juicios de aquellos que ignoran de qué están hechos.”

¡Vamos a interrumpir aquí!

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