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La caverna de Platón y la relación hombre-naturaleza

· octubre 16, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

La filosofía occidental tiene como un referente determinante a Platón, quién vivió aproximadamente entre 427 y 377 a.C. Discípulo de Sócrates, forma parte de la etapa de la filosofía posterior a él; sin embargo, su huella permanece indeleble. El Padre Ubú no entendería cómo un filósofo tan viejo puede ser tomado en consideración actualmente. ¿Es posible eso?, más bien pareciera ¡inentendible!

Desde la instauración del cristianismo, Platón fue considerado un filósofo digno de atención. ¿Por qué? Debido a su preocupación por la explicación del fenómeno humano y todas las problemáticas que lo involucran, incluyendo el problema del conocimiento. Su pensamiento se basaba en una división entre un “mundo de las ideas puras” y el “mundo material”, que llevó a una escisión de la realidad que aún impera en nuestros días y que distorsiona la manera de concebir la relación hombre-naturaleza, la cual se basa en una disociación: la naturaleza procedería del mundo verdadero, el natural, el ideal, en tanto que en lo humano se encuentra la imperfección. “Es natural”, es un enunciado que usualmente se usa como elemento justificatorio de todo, en tanto que “lo artificial” implica lo humano.

Pero esa idea, presente aún en la parte final del siglo XX y los inicios del XXI procede de Platón, que, con posterioridad a su maestro Sócrates, quien se preocupó sólo por lo humano, pensó también en lo natural y de ahí que esta problemática y las contradicciones inherentes a ella se encuentren presentes en toda la historia de la filosofía posterior hasta nuestros días. El gran filósofo Aristóteles, discípulo de Platón y creador de su propio sistema se basó en esta separación platónica de hombre-naturaleza y eso fue retomado por el pensamiento medieval y la llamada filosofía “aristotélico-tomista”, cuando Tomás de Aquino la hizo suya.

Como consecuencia de todo ello, con posterioridad se continuaría con la firme creencia en la ruptura sociedad-naturaleza, que llevó a la aberración de pensar como incompatibles las ciencias sociales con las naturales, o más grave, al absurdo de hablar de “ciencias blandas y “ciencias duras”, refriéndose en el primer caso a las sociales y en el segundo a las naturales.

Uno de los pensadores contemporáneos que se han planteado el problema de la relación hombre-naturaleza es Bruno Latour que, en su obra Politiques de la nature (La Decouverte, París, 1999), hace una extensa disertación en torno a ello sentando las raíces de la disociación hombre-naturaleza en las rupturas narradas en “El mito de la caverna” de Platón, en el diálogo La República y que define las relaciones entre la ciencia y la sociedad.

Dice Platón: “Es de la caverna oscura —que implica la tiranía social de la vida pública, de la política, de los sentimientos subjetivos, de la agitación vulgar— que el filósofo y luego el sabio debe salir si él quiere acceder a la verdad.” Según Latour, ésta es la primera ruptura que se desprende de este mito. No existe ninguna continuidad posible entre el mundo de los humanos y el acceso a las verdades “no hechas de la mano del hombre”. La alegoría de la Caverna permite crear en un mismo gesto una cierta idea de ciencia y una cierta idea de mundo social que le va a servir de sostén.

En su descripción del mito, Latour nos dice que en él se propone igualmente una segunda ruptura cuando el sabio es capaz de tomar leyes no hechas de la mano del hombre y saber separarse del “infierno del mundo social”, para poder regresar a la Caverna con el fin de poner ahí orden y “silenciar el parloteo indefinido de los ignorantes”. A partir de ahí, ninguna continuidad habrá entre la irrefutable objetividad y la torpeza humana, propia de prisioneros encadenados en la sombra. En esa lógica, sin esta doble ruptura no hay ciencia, no hay epistemología, no hay política, ni la concepción occidental de la vida pública.

Para Latour, la utilidad del mito de la Caverna es que permite una constitución que organiza la vida pública en dos cámaras y permite hacer la democracia imposible y neutralizarla, pues deja implícita la repartición de poderes en estas dos cámaras: la primera reúne la totalidad de los humanos parlantes, los cuales se encuentran sin ningún poder más que aquel de ignorar en común, o de creer por consenso las ficciones vacías de toda realidad exterior. La segunda se compone exclusivamente de objetos reales que tienen la propiedad de definir eso que existe pero que no tiene el don de la palabra. De un lado la parlanchinería de las ficciones, del otro el silencio de la realidad. La sutileza de esta organización reposa enteramente bajo el poder dado a aquellos que pueden pasar de una cámara a la otra, de la Caverna al exterior. “Esos pocos elegidos estarían dotados de la más fabulosa capacidad política jamás inventada: hacer hablar el mundo mudo, decir la verdad sin ser discutidos, poner fin a los debates interminables por una forma indiscutible de autoridad que tendrían las cosas mismas”.

En ese orden de ideas, el pensamiento político occidental ha vivido largo tiempo paralizado por esta amenaza: la naturaleza indiscutible de las leyes inhumanas, la Ciencia confundida con las ciencias, la política reducida al infierno de la Caverna. Abandonando el mito de la caverna, nosotros hemos progresado mucho, porque nosotros sabemos de hoy en adelante cómo evitar la trampa de la politización de las ciencias, no en el sentido de tratar el mundo de la ciencia como apolítico de acuerdo a la caverna (la neutralidad de la ciencia).

La neutralidad de la ciencia y su despolitización es otra idea por demás platónica. La Academia, el conocimiento, el saber, deben proceder de ese “mundo de las ideas puras”, distinto y separado del mundo material, donde puede encontrarse la política y los intereses humanos. Ése es el modelo ideal de ciencia que se ha tratado de inculcar por años. Y aquí debemos pensar que a pesar de ser algo que podemos asociar a la caverna, no es “culpa” de Platón, pues en él, como refiere Paul Feyerabend (¿Por qué no Platón?, Tecnos, Madrid), “debemos de reconocer, no sin asombro, que suele exponer las ideas de sus adversarios”, sobre todo cuando ponen trabas a su propio trabajo, y fue así que dedicó a Protágoras un diálogo entero. “Por eso tenemos que dirigirnos a Platón cuando necesitemos ayuda, simple y clara ayuda”, en las cuestiones mencionadas antes.

A fin de remontar ese sentido de despolitizar las ciencias, es necesario repolitizar la ciencia. Si somos capaces de distinguir la Ciencia de las ciencias, nosotros vamos a oponer frente a la política-poder, heredera de la caverna, la política concebida como composición progresiva de un mundo común. Sin la separación derivada de la caverna podremos ver el mundo de una manera unitaria, dejando de lado la separación entre naturaleza y sociedad y, en última instancia, entre hombre y naturaleza. Mientras la naturaleza se reserva a la Ciencia, dándole todo su poder de materialidad y objetividad, el hombre queda encerrado en la cámara de la sociedad y esa división es la que se plantea romper en el pensamiento de Latour.

Es impresionante que en el mundo contemporáneo “el mito de la caverna” sea algo presente y contundente sobre todo inconscientemente. En la estructuración de los sistemas de enseñanza y en los programas escolares, ahí está, como también en el diseño en implementación de las políticas científicas.

El Padre Ubú no sabe de ello, no lo comprende, y paradójicamente se siente aturdido, complacido y molesto.

 

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