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“La carta robada”: Lacan y Žižek

· enero 26, 2019

Ismael Ledesma Mateos

El estos días se conmemoran 210 años del nacimiento de Edgar Allan Poe, el 19 de enero de 1809 en la ciudad de Boston. Considerado el gran maestro del relato corto, famoso por sus cuentos de terror, entre su prolija producción destaca “La carta robada” (en inglés “The Purloined Letter”), publicada en 1844 en The Gift y reproducida en numerosos periódicos y revistas. Este texto ha sido objeto de análisis por importantes autores, como Jacques Lacan, Jacques Derrida o Slavoj Žižek, debiendo resaltar que luego del análisis psicológico y biográfico que hace Freud de Marie Bonaparte, Lacan aborda “La carta robada” en su Seminario, lo que aparece publicado en sus Escritos 1. Ahí dice que la enseñanza que aborda “está hecha para sostener que estas insistencias imaginarias, lejos de representar nuestra experiencia, no entregan de ella sino lo inconsciente, a menos que se les refiera a la cadena simbólica que las conecta y las orienta”.

Más adelante pasa a la narración de Poe, donde señala dos escenas: la primera, que designa con el nombre de escena primitiva, y no por inadvertencia, puesto que la segunda puede considerarse como su repetición, en el sentido de que está aquí mismo en el orden del día (el tema de ese seminario era “El automatismo de la repetición”). La escena primitiva se desarrolla, “nos dicen, en el tocador real, de suerte que sospechamos que la persona de más alto rango, llamada también la ilustre persona, que está sola allí cuando recibe una carta, es la Reina. Este sentimiento se confirma por el azoro en que la arroja a la entrada del otro ilustre personaje, del que nos han dicho ya antes de este relato que la noción que podría tener de dicha carta pondría en juego para la dama nada menos que su honor y su seguridad. En efecto, se nos saca prontamente de la duda de si se trata verdaderamente del Rey, a medida que se desarrolla la escena iniciada con la entrada del Ministro D… En ese momento, en efecto, la Reina no ha podido hacer nada mejor que aprovechar la distracción del Rey, dejando la carta sobre la mesa ‘vuelta con la suscripción hacia arriba’. Ésta sin embargo no escapa al ojo de lince del Ministro, como tampoco deja de observar la angustia de la Reina, ni de traspasar así su secreto. Desde ese momento todo se desarrolla como en un reloj. Después de haber tratado con el brío y el ingenio que son su costumbre, los asuntos corrientes, el Ministro saca de su bolsillo una carta que se parece por el aspecto a la que está bajo su vista, y habiendo fingido leerla, la coloca al lado de ésta”.

“Todo podría pues haber pasado inadvertido para un espectador ideal en una operación en la que nadie ha pestañeado y cuyo cociente es que el Ministro ha hurtado a la Reina su carta y que, resultado más importante aún que el primero, la Reina sabe que es él quien la posee ahora, y no inocentemente. Un resto que ningún analista descuidará, adiestrado como está a retener todo lo que hay de significante sin que por ello sepa siempre en qué utilizarlo: la carta, dejada a cuenta por el Ministro, y que la mano de la Reina puede ahora estrujar en forma de bola.”

Lacan prosigue con la segunda escena: “En el despacho del Ministro y sabemos, según el relato que el jefe de policía ha hecho al Dupin cuyo genio propio para resolver los enigmas introduce Poe aquí por segunda vez, que la policía desde hace dieciocho meses, regresando allá tan a menudo como se lo han permitido las ausencias nocturnas habituales del Ministro, ha registrado la residencia y sus inmediaciones de cabo a rabo. En vano: a pesar de que todo el mundo puede deducir de la situación que el Ministro conserva esa carta a su alcance Dupin se ha hecho anunciar al Ministro. Éste lo recibe con ostentosa despreocupación, con frases que afectan un romántico hastío. Sin embargo Dupin, a quien no engaña esta finta, con sus ojos protegidos por verdes gafas inspecciona las dependencias. Cuando su mirada cae sobre un billete muy maltratado que parece en abandono en el receptáculo de un pobre portacartas, de cartón que cuelga, reteniendo la mirada con algún brillo barato, en plena mitad de la campana de la chimenea, sabe ya que se trata de lo que está buscando. Su convicción queda reforzada por los detalles mismos que parecen hechos para contrariar las señas que tiene de la carta robada, con la salvedad del formato que concuerda.

[…] Entonces sólo tiene que retirarse después de haber ‘olvidado’ su tabaquera en la mesa, para regresar a buscarla al día siguiente, armado de una contrahechura que simula el presente aspecto de la carta. Un incidente de la calle, preparado para el momento adecuado, llama la atención del Ministro hacia la ventana, y Dupin aprovecha para apoderarse a su vez de la carta sustituyéndole su simulacro; sólo le falta salvar ante el Ministro las apariencias de una despedida normal. Aquí también todo ha sucedido, si no sin ruido, por lo menos sin estruendo. El cociente de la operación es que el Ministro no tiene ya la carta, pero él no lo sabe, lejos de sospechar que es Dupin quien se la hurtó. Además, lo que le queda entre manos está aquí muy lejos de ser insignificante para lo que vendrá después. Volveremos a hablar más tarde de lo que llevó a Dupin a dar un texto a la carta ficticia. Sea como sea, el Ministro, cuando quiera utilizarla, podrá leer en ella… palabras trazadas para que las reconozca como de la mano de Dupin. […]

Lo que ha hecho Dupin es cambiar la carta por una versión falsa, pero lo más importante del relato es que la carta estaba ahí a la vista y no oculta en un lugar inaccesible. […]

Lo crucial para Lacan es el momento de una mirada.” Pues las maniobras que siguen, si bien se prolonga en ellas a hurtadillas, no le añaden nada, como tampoco su dilación de oportunidad en la segunda escena rompe la unidad de ese momento.

Esta mirada supone otras dos, a las que reúne en una visión de la apertura dejada en su falaz complementariedad, para anticiparse en ella a la rapiña ofrecida en esa descubierta. Así pues, tres tiempos, que ordenan tres miradas, soportadas por tres sujetos, encarnadas cada vez por personas diferentes. El primero es de una mirada que no ve nada: es el Rey y es la policía. El segundo de una mirada que ve que la primera no ve nada y se engaña creyendo ver cubierto por ello lo que esconde: es la Reina, después es el Ministro.

El tercero que de esas dos miradas ve que dejan lo que ha de esconderse a descubierto para quien quiera apoderarse de ello: es el Ministro, y es finalmente Dupin.

Como ha escrito Silvia Gómez (Nueva Escuela Lacaniana de Medellín): “Lacan se sirve del cuento de Poe para demostrar la preeminencia de lo simbólico (primer cruce: la superposición de lo simbólico sobre lo imaginario). Sin embargo, lo simbólico tiene un tope, ya que no todo lo real es simbolizable (segundo cruce: superposición de lo real sobre lo simbólico). Además, un real emerge como causa y como imposible, un residuo insiste”. Para mí, la “Carta robada” es una metáfora de la que Lacan se sirve para dar cuenta de categorías cruciales de su visión del psicoanálisis y de la relación entre lo simbólico, lo imaginario y lo real y de cómo conseguir que esto último, que implica la verdad, emerja.

Como afirma Teresa Aguilar García: “Žižek sumándose a Lacan y para demostrar que una carta llega siempre a su destino, analiza en este primer capítulo de ¡Goza tu síntoma! (¡Goza tu síntoma! Jaques Lacan dentro y fuera de Hollywood (Buenos Aires, Nueva Visión, 1994) varias películas y novelas en las que se ejemplifica la tesis lacaniana, en algunas por partida doble, como es el caso de Luces de la ciudad. Explica el autor:

“Luces de la ciudad es la historia del amor de un vagabundo por una muchacha ciega que vende flores en una transitada calle y que lo confunde con un hombre rico. A través de una serie de aventuras con un millonario excéntrico que, cuando está borracho, trata al vagabundo con extrema amabilidad pero que, cuando está sobrio, ni siquiera logra reconocerlo (¿fue aquí donde Brecht halló la idea para su Herr Puntilla y su sirviente Matti?), éste pone en sus manos el dinero necesario para la operación que haga que la pobre muchacha recupere la vista; por lo cual es arrestado por robo y sentenciado a prisión. Después de haber cumplido su condena, vagabundea por la ciudad, solitario y desolado; repentinamente, se topa con una floristería donde ve a la muchacha. Esta, después de superar con éxito la operación, maneja un próspero negocio, pero aún aguarda al Príncipe Encantado de sus sueños, cuyo caballeresco obsequio permitió que recuperara la vista.

”El intrigante final muestra la asombrada cara de Chaplin interrogándose sobre lo que la muchacha hará al descubrir que el objeto de su amor es un vagabundo.” Por eso Žižek demuestra cómo la carta llega siempre a su destinatario dos veces: cuando el vagabundo logra entregar a la muchacha el dinero del hombre rico y cuando la muchacha reconoce al vagabundo como su benefactor. Y además localiza la carta no como un significante, sino como un objeto que se resiste a la simbolización; en este caso el vagabundo interpretado por Chaplin, que se convierte a los ojos ya videntes de la muchacha en una contradicción evidente con sus deseos, en la dura cara de lo Real. Pero Žižek va más allá de Lacan al identificar su lectura de la carta encuadrada dentro del esquema estructuralista de un orden simbólico carente de sentido o mecánico que regula la experiencia de sí del sujeto, para entender la carta de Lacan ya no como la agencia materializada del significante, sino como un objeto en el sentido estricto, la presencia traumática de lo Real. Finalmente, el análisis de Žižek identifica la carta con la muerte.

Podemos decir que vivimos sólo en la medida que cierta carta (la que contiene nuestra orden de muerte) todavía ronda buscándonos.

¿Qué habría ocurrido si a la Madre Ubú (la Reina) le hubieran robado la carta, cuyo contenido es un secreto de la realeza, que al mismo tiempo es un secreto “real”, que constituye un enigma, y por el que el Padre Ubú no habría tenido interés en recuperarla ni saber de ello, y el capitán Bordura no tendría la astucia y la mente matemática de Dupin, para resolver el caso? Por ello en el reino de Ubú la carta no hubiera aparecido aunque estuviera colocada en el lugar más evidente.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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