Ismael Ledesma Mateos
La biología es una ciencia autónoma y unificada, que es única como la vida misma. Sin embargo, en la práctica científica hay dos clases de biología: una es la biología experimental, la que se realiza en laboratorios e incluye diferentes disciplinas, como la bioquímica, la biología celular, la fisiología, la biología molecular, la genética, la biología del desarrollo, la neurobiología, la inmunología, entre otras. La otra clase es la biología de campo, o de los grupos de organismos, donde se encuentra la botánica, la zoología, la ecología, la biogeografía, la sistemática y la taxonomía. En España resumen el asunto muy bien, al hablar de biólogos de bata o de botas. Eso no significa que existan dos biologías distintas. Es un asunto operacional, pero lo que le da la unicidad a la biología es la teoría de la evolución.
En el caso de la biología experimental en México, un papel determinante fue la creación del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (CIEA) del IPN, hoy Cinvestav, donde se desarrollaron varias de las disciplinas que la conforman, y para ello el estudio de las tesis que condujeron a la construcción de estos campos disciplinarios es un recurso fundamental. La tesis es sin duda el factor crucial en la formación académica, donde en realidad se obtiene la concreción de una trayectoria disciplinaria, siendo aberrante que en algunas instituciones se instauraran formas alternas de titulación, como un absurdo examen general de conocimientos o titulación por promedio, lo que de ninguna manera garantiza una verdadera calidad en el conocimiento, tanto en licenciatura como en posgrado.
La biología experimental en México tiene una historia compleja, ya que se inicia con la fisiología en el Instituto Médico Nacional y luego en la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento bajo la dirección de Alfonso L. Herrera, quien junto con Daniel Vergara Lope publicó La vie sur les hautes plateaux (La vida sobre las altas planicies), una obra genial de fisiología de la adaptación a la altitud, que implica fenómenos como la hiperglobulia, es decir, el incremento de glóbulos rojos para la oxigenación.
Sin embargo, con la creación del Instituto de Biología de la UNAM en 1929 la biología experimental quedó prácticamente cancelada, reduciéndose a algunos trabajos de fisiología y farmacología, pues ese nuevo instituto se enfocó a los aspectos descriptivos, morfológicos y taxonómicos, de manera tal que la biología experimental tuvo que desarrollarse en otros ámbitos, como fue el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Escuela de Medicina de la UNAM.
Ese laboratorio se convirtió en un espacio académico alternativo que dio lugar al Centro de Estudios Médicos y Biológicos, luego Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, donde no se hacía nada médico sino investigaciones de biología experimental. Luego en el Instituto de Biología se inició una línea de investigación en bioquímica con la incorporación de Juan Roca Olivé y Roberto Llamas, quienes tuvieron como alumno a Raúl N. Ondarza, quien siendo estudiante de la carrera de biólogo inició una línea de investigación en enzimología.
Más adelante en el Instituto de Biología se creó un Departamento de Biología Experimental, que luego se separó para dar lugar al Centro de Investigaciones en Fisiología Celular, el cual se convirtió en el Instituto de Fisiología Celular.
Se trata de un caso interesante del devenir de las instituciones, donde se van dando escisiones y diversificaciones que van generando un panorama diverso y complejo. El caso de la biología experimental es muy interesante por ello, pues se deja ver un fenómeno sociológico de gran importancia: la apropiación de lo biológico por lo médico, que implicó el surgimiento del término aberrante y absurdo de biomedicina, algo que no tiene sustento epistemológico, pues se refiere a las disciplinas de la biología experimental. Sin embargo, el poder político del gremio médico buscó acaparar los aspectos de la biología que tuvieran relación con la medicina, tal como también ocurrió en países como Francia en el siglo XIX.
El caso del Cinvestav es de especial relevancia, pues su primer director fue el fisiólogo Arturo Rosenblueth, formado en Francia y Estados Unidos, quien trabajaba en el Instituto Nacional de Cardiología, y que fundó el Departamento de Fisiología y Biofísica y luego impulsó la creación de otros departamentos dedicados a la biología experimental, como el de Bioquímica. El Cinvestav es la más importante institución dedicada a la investigación en estas áreas.
En la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN también se desarrollaron investigaciones en biología experimental, fundamentalmente en fisiología, gracias a personajes como Ramón Álvarez-Buylla y José Joaquín Izquierdo y su discípulo Mauricio Russek, y luego en bioquímica con Guillermo Carvajal. Una historia muy larga de enumerar.
En mi libro de próxima aparición, Hacia una historia de la biología experimental en México, abordo algunos de estos aspectos (no todos), pero resulta un tema importante sobre el que debe reflexionarse para entender el proceso de construcción de las disciplinas y de una ciencia en un país.
¿Qué diría al respecto Ubú Rey? Seguramente “¡Merdre! Cuántas tonterías. Que les pongan palitroques en la onejas y les apliquen las tenazas de descerebración.”
¡Vamos a interrumpir aquí!









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