Ismael Ledesma Mateos
Hace años leí la magnífica obra de Enrique Krauze Biografía del poder. Tiempo después encontré un libro que escribió en su juventud, Caras de la historia, donde aborda el tema de “la historia whig y la no whig” (la historia de bronce y su contraparte, que sería “la historia a secas”). Estudioso del poder y de su devenir, Krauze es un intelectual con plena claridad de la realidad histórica. Es ingeniero industrial y sus enemigos lo denuestan por ello. Yo soy biólogo y mis enemigos también me atacan por ello. Pero en los hechos somos historiadores. Yo he seguido a Krauze y estoy convencido de su gran calidad intelectual. Recuerdo el día de su ingreso a El Colegio Nacional, cuando dijo: “Los judíos no tenemos la costumbre de la confesión, pero hoy quiero hacer una confesión: siempre quise ser miembro de El Colegio Nacional.” Es una declaración honesta y congruente con su personalidad, que proviene de maestros como Luis González y González y Daniel Cosío Villegas, además de su contacto en el extranjero con Isahia Berlin y su conocimiento de la obra de Carlyle y E. H. Carr. Sin duda él conoce sus referentes.
Con Krauze se enfrenta una paradoja, pues es un intelectual liberal que a la vez expresa manifestaciones que parecieran ser de derecha. Tal vez es resultado de su contacto con Octavio Paz, un gran pensador, pero que en lo político fue absolutamente paradójico. Pero bueno, sin duda Krauze para mí es un gran historiador, aunque muchos amigos de izquierdas lo ataquen; creo que no lo han leído con rigor y precisión. Soy simpatizante del presidente Andrés Manuel López Obrador y entiendo también las discrepancias que pueden existir en torno a sus posturas, pero creo que la crítica y el cuestionamiento realizados por intelectuales como Krauze deben ser bienvenidos. Recuerdo a su maestro Cosío Villegas, al referirse a Echeverría en su libro El estilo personal de gobernar. Y bueno, como habría dicho mi psicoanalista: “El estilo es el hombre.” Al respecto, la puntuación y el estilo son inseparables y AMLO es un hombre con estilo.
Andrés Manuel López Obrador llegó de Tabasco a la UNAM a los 19 años, para estudiar “ciencia política y administración pública”. Como muchos, cuando terminó su carrera se puso a trabajar para titularse años después con la tesis “Proceso de formación del Estado nacional en México 1821-1867”, lo que nos revela que su visión de la política tiene un fundamento histórico. Posteriormente escribió Los primeros pasos. Tabasco 1910-1967 y Del esplendor a la sombra. La República Restaurada: Tabasco 1867-1876, sus primeros dos libros publicados. Indudablemente se trata de un hombre que fue a la escuela, que se formó al lado de políticos e intelectuales como Carlos Pellicer, Ignacio Ovalle, Enrique González Pedrero y Clara Jusidman, quienes dan cuenta de sus influencias académicas.
La imagen emblemática del gobierno que preside da cuenta de su pensamiento, donde aparecen Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas, quienes lo llevan a la idea de “la cuarta transformación” que él representa. Podría parecer un exceso, pero en política hay que tener claro que se requieren símbolos que articulen a la sociedad, pues como diría Max Weber, el poder se sustenta en la conjunción del rito y el mito, por lo que las imágenes de los próceres, de esos “héroes que no dieron patria es algo fundamental.
Krauze lo entiende como historiador, y de ahí la importancia que le dio al estudio de la biografía, con plena conciencia de que son los hombres los que hacen la historia. Sin embargo, por un sesgo ideológico, en su texto “El Presidente historiador” publicado en Letras libres, escribe: “Un quehacer histórico consistente no tiene por qué ser incompatible con un quehacer político consistente. Pero hay situaciones incómodas para esa doble consistencia que en un momento dado obligan a escoger entre el interés general de conocimiento y el interés político del historiador. Quien, como Andrés Manuel López Obrador, politiza la historia, subordina el interés general de conocimiento a sus intereses políticos particulares. El verdadero historiador no está dispuesto a hacerlo.” Sin embargo, aquí entra en cuestión el asunto del compromiso, del “intelectual comprometido”, tal como fue planteado por Jean-Paul Sartre.
Pensar en una historia sin compromiso, sin posicionamiento político, nos llevaría al reduccionismo derivado de la filosofía positivista. Un texto crucial a este respecto es Combates por la historia, que tiene la finalidad atacar la corriente positivista, de gran relieve a finales del siglo XIX y principios del XX, y bajo la que su autor Lucien Febvre comenzó su formación académica e intelectual. Esta tendencia historiográfica se basa en la recolección y registro de hechos, básicamente por orden cronológico, prioriza la historia diplomática, el uso de textos como fuente principal, y una metodología de enseñanza, frente a la historia diplomática característica del positivismo. Febvre defiende una historia total que incluya aspectos económicos, sociales, religiosos, culturales, etcétera. Reivindica la historia como estudio científico elaborado de los hombres: “No hay historia económica y social. Hay la historia sin más, en su unidad. La historia que es, por definición, absolutamente social.” Lo social pasa a ser el nuevo paradigma historiográfico. El historiador debe “comprender y hacer comprender”, eligiendo y enfrentándose activamente a todo tipo de testimonio del pasado, desde el presente. El método histórico debe plantear problemas y formular hipótesis.
El autor también reivindica la colaboración entre historiadores y quienes cultivan otras ciencias humanas. Con este espíritu interdisciplinar, tanto en la investigación como en la difusión, Febvre proyectará la Encyclopédie Française. El segundo gran frente de los combates (le dedica el capítulo más extenso) es contra “las filosofías oportunistas de la historia”, como la de Oswald Spengler, con Decadencia de Occidente (1922) y Arnold J. Toynbee, con Study of History (1935-1973). Con lenguaje directo y a menudo irónico Lucien Febvre reivindica una renovación constante de la ciencia histórica y de sus relaciones con el resto de ciencias, y lo hace a partir de críticas minuciosas y metódicas de obras, autores y corrientes historiográficas que ha conocido en su formación y vida profesional. En este sentido, el autor nos ofrece mediante notas a lo largo del libro múltiples referencias bibliográficas y comentarios de interés para el lector. Esta visión de la historia no debe perderse de vista.
Krauze dice: “Tres grandes retratos enmarcan las ceremonias oficiales de Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. De un lado, Benito Juárez. Del otro, Lázaro Cárdenas. Y en el centro, Francisco I. Madero. Ha dicho reiteradamente que tiene la legítima ambición de estar a la altura de esos tres personajes. Ningún otro presidente mexicano postuló su lugar en la historia antes de que la propia historia dictara su veredicto. Pero López Obrador es distinto: es un presidente impregnado de historia.”
“‘Mi gusto por la historia —ha escrito AMLO— me ayuda mucho en el trabajo como dirigente político’. Pero es más que un gusto: un vivo interés que cultivó con maestros, historiadores y escritores de su natal Tabasco, una gravitación constante en sus actos y actitudes, en sus conversaciones y discursos. También es un oráculo al que recurre con dos ópticas convergentes entre sí, y convergentes en él: la teoría de los grandes hombres y el libreto de la revolución social pacífica. Según la teoría, la historia mexicana es un elenco de héroes y villanos que López Obrador ha buscado emular y rechazar, pero siempre superar y trascender. Según el libreto, la historia es una promesa de redención social incumplida, desvirtuada, traicionada, que es preciso retomar en una ‘Cuarta transformación’ —acaudillada por él— cuyo fin será completar la obra de la Independencia, la Reforma y la Revolución.”
Krauze prosigue: “No es la historia del poder el mejor destino de México. Es la historia de la libertad, con su división republicana entre poderes independientes, sus salvaguardas frente al absolutismo, su pacto federal, sus elecciones libres (no tuteladas por el gobierno), sus antiguas y recientes instituciones autónomas, sus garantías individuales. ‘La libertad individual —escribió Daniel Cosío Villegas en 1951— es un fin en sí mismo […] el más imperioso que el hombre puede contemplar’. […] Lo sigue siendo, lo será siempre. Ningún gobernante que la haya vulnerado tiene un pedestal en la memoria de los pueblos, incluido el pueblo mexicano.”
Creo que Krauze en ocasiones se deja rebasar por posiciones ideológicas, pero que podría con una visión crítica y analítica realizar importantes aportaciones a la Cuarta Trasformación que plantea López Obrador quien, independientemente de lo que él diga, sí requiere de intelectuales orgánicos, que son indispensables para gobernar. Es fundamental pensar en los usos de la historia.
Por cierto, una discrepancia que tengo con nuestro presidente, es su animadversión con Porfirio Díaz. Yo, cuando lo escucho en sus discursos y conferencias matinales, me parece tan similar; habla de vías ferroviarias, recursos energéticos, tal como la electricidad y me hace pensar en la frase de Lenin: “El socialismo son los sóviets, más la electrificación.” Díaz tuvo a un gran intelectual orgánico, que fue Justo Sierra.
En el reino del Padre Ubú obviamente no había intelectuales orgánicos, ni una reflexión respecto a la historia. No era algo que le interesara, pues para eso tenía a la Madre Ubú y al Capitán Bordura, quienes le daban las orientaciones necesarias para su mal gobierno.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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