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Karl Marx y El Capital

· septiembre 8, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

Una de las obras más importantes y trascendentales del pensamiento occidental es sin duda alguna El Capital (1867), producto de años de reflexión y maduración por parte de un filosofó que transitó en su madurez plena a una postura científica, la de la economía política, con una visión crítica encaminada a entender una faceta crucial del mundo para poder transformarlo. Existe una enorme incomprensión respecto a la obra de Karl Marx, pensador prolífico estigmatizado por las derechas y las mentes ignorantes y por otro lado distorsionado por la ultraizquierda y las izquierdas dogmáticas y trasnochadas. Existe también una enorme confusión acerca del significado y la trascendencia de la obra de Marx, siendo en ocasiones mejor usar el término “marxiano” que marxista, que sugiere una connotación ideológica que él siempre trató de combatir.

El Padre Ubú hubiera atacado las ideas de Marx, al percatarse de que su crítica corrosiva sería sin duda perjudicial al orden que deseaba imponer en su reino, donde hubiera anhelado que el pueblo que gobernaba dijera: “LO QUE HACE UBÚ CUENTA, Y CUENTA MUCHO, Y QUEREMOS QUE SIGA CONTANDO” mientras fueran felices pagando impuestos para el bienestar de la familia Ubú y sus lacayos, lo que le hubiera llevado a ser feliz con el golpe de estado que efectuó para llegar al trono. Aunque, como sabemos, la fuerza de las cosas hizo que finalmente tuviera que abandonarlo aun sin la influencia de una mentalidad genial y aguda como la de Karl Marx.

Mi primer contacto con Marx fue en mi libro de sexto año de primaria, donde brevemente se hablaba del socialismo utópico y el socialismo científico, del que él era el principal representante. Luego en la secundaria realicé un trabajo sobre su biografía que fortaleció mi interés, que posteriormente se consolidó cuando tuve la fortuna de estudiar en la Escuela Preparatoria Diurna Benito Juárez, donde el marxismo estaba presente y mi profesor y amigo Armando Pinto tuvo un importante papel en esa etapa de mi formación. Comencé a buscar libros de Marx y a leerlos con avidez, comenzando a entender la diferencia entre el marxismo verdadero y lo que se llamaba el “marxismo manualero”, una sombra, mejor dicho, una caricatura de la filosofía y las teorías marxianas, que provenía de la Unión Soviética.

Nos encontrábamos en el contexto histórico en plena guerra fría, cuando las cosas aparecían muy revueltas: ¿comunismo?, ¿socialismo?, ¿marxismo?, ¿leninismo?, ¿estalinismo? ¿Todo era lo mismo?, ¿cuáles eran las diferencias? No se trata de problemas o cuestiones simples. Muy tempranamente tuve la lucidez necesaria para comprender que el marxismo no tiene por qué ir pegado indisolublemente al leninismo y ¡mucho menos al estalinismo! Esas imágenes soviéticas de enormes muros con los perfiles de Marx, Engels, Lenin y Stalin, como si fueran un monstruo mitológico de cuatro cabezas, eran en verdad aberrantes y forman parte de un proceso ideológico que Marx en el siglo XIX estudió con rigor y criticó despiadadamente.

Recuerdo una frase de Rodney Arismendi, que decía: “El marxismo en nuestras universidades se enseña poco y se enseña mal.” ¿Cuánta gente cree que el marxismo es tan sólo una ideología, seguro producto de una mala enseñanza? En efecto, hay un componente ideológico en la obra de Marx, que tiene su máxima expresión en el Manifiesto del Partido Comunista (1848), realizado con Friedrich Engels, que es un libro indispensable —nadie puede andar ahí por la vida sin haberlo leído— con una clara intencionalidad política. Pero ése es tan sólo uno de tantos textos de un pensador complejo. En la obra de Marx encontramos dos etapas: la que se denomina del Marx de la juventud (el filósofo) y el Marx de la madurez (el científico social). El primero con obras como su tesis doctoral: Diferencia entre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro (1841), Crítica a la filosofía del derecho en Hegel (1843), Manuscritos económico-filosóficos de 1844, hasta llegar a la Ideología alemana (1845), seguida de las Tesis sobre Feuerbach (1845), de enorme profundidad filosófica, donde declara sin embargo su ruptura con la filosofía en la tesis XI (la última), donde sostiene: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo”, lo que marca una postura que busca alejarse de la filosofía —lo que es una posición filosófica— para enfocarse a las ciencias.

Ya en la Ideología alemana afirma que sólo hay dos ciencias, la ciencia de la naturaleza y la ciencia de la historia, y de ahí en 1847 publica Trabajo asalariado y capital, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 (1850), El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), Grundrisse o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (como borradores de El Capital, (1857), Prefacio de contribución a la crítica de la economía política (1859), Teorías sobre la plusvalía (1862) y en 1871 La guerra civil en Francia, que dan cuenta de su orientación a los aspectos científicos, en dos vías, la de la historia y la de la economía política, que en el enfoque del “materialismo histórico” que Marx formula, conducirán al surgimiento de la sociología.

En 1867, hace 150 años, publicó el primer volumen de El capital. Crítica de la economía política, la obra más importante de la historia para la ciencia económica, que además contiene elementos filosóficos, históricos y políticos, al abordar las relaciones de dominación y explotación de la burguesía sobre el proletariado. Se encuentra dividida en tres tomos, el primero de los cuales salió a la luz de manos de Marx y los otros dos fueron publicados en forma póstuma por Engels. Escrito en Londres, apareció en alemán con el título Das Kapital ‑ Kritik der politischen Ökonomie. La organización de este gran trabajo es: tomo I, El proceso de producción del capital; tomo II, El proceso de circulación del capital; Tomo III, El proceso global de la producción capitalista o el proceso de producción capitalista, en su conjunto.

Se dice que Marx tuvo la intención de dedicar El Capital a Charles Darwin, aunque en realidad esta idea se deriva de una frase pronunciada en el emotivo discurso de Engels en el cementerio Highgate en Londres el día en que fue sepultado Marx: “De la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana.”

El Capital es una lectura realmente difícil, y dada mi formación, en el primer tomo hay dos partes que me apasionan: una es “El fetichismo de la mercancía, y su secreto”, donde Marx escribe: “A primera vista, parece como si las mercancías fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos, que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos. Considerada como valor de uso, la mercancía no encierra nada de misterioso, dando lo mismo que la contemplemos desde el punto de vista de un objeto apto para satisfacer necesidades del hombre o que enfoquemos esta propiedad suya como producto del trabajo humano. Es evidente que la actividad del hombre hace cambiar a las materias naturales de forma, para servirse de ellas. La forma de la madera, por ejemplo, cambia al convertirla en una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, sigue siendo un objeto físico vulgar y corriente. Pero en cuanto empieza a comportarse como mercancía, la mesa se convierte en un objeto físicamente metafísico. No sólo se incorpora sobre sus patas encima del suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías, y de su cabeza de madera empiezan a salir antojos mucho más peregrinos y extraños que si de pronto la mesa rompiese a bailar por su propio impulso.”

Otra parte apasionante me parece “El secreto de la acumulación originaria”. Ahí dice: “Esta acumulación originaria viene a desempeñar en economía política el mismo papel que desempeña en teología el pecado original. Al morder la manzana, Adán engendró el pecado y lo trasmitió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una minoría trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. […] Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice que el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su frente; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. […] Si el dinero… nace con manchas naturales de sangre en un carrillo, el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza.”

Como Ubú Rey adora el dinero y la riqueza, quedaría molesto y desconcertado ante todo esto y diría que quien lo escribe merece ¡que le apliquen las tenazas de descerebración!

¡Para mí es suficiente!

[email protected]

 

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