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Karel Kosik, un renovador del marxismo

· mayo 12, 2018

Ismael Ledesma Mateos

Cuando paso en un taxi por el Instituto Mexicano Madero, siempre comento con el conductor: “¡Todavía existe esta penitenciaria!”, y me preguntan: “¿Eso es una cárcel?”, y digo: “¡Sí, de la que me fugué! Bueno, no es cierto, pero para mí fue algo similar. Pero pude salir de ahí e ingresar a la escuela preparatoria diurna Benito Juárez de la UAP, uno de los acontecimientos determinantes de mi vida. Y en segundo semestre cursé “Introducción a la filosofía II” con un magnífico profesor: Armando Pinto, quien nos dio a leer el libro de Karel Kosik Dialéctica de lo concreto, estudio de los problemas del hombre y el mundo, el cual marcó mi vida intelectual.

Karel Kosik (1926-2003) es un representante de la renovación del pensamiento de izquierda que se dio en Checoeslovaquia y que se vincula con el fenómeno sociopolítico denominado “la primavera de Praga”, que marcó la renovación del socialismo e implicó una visión distinta del marxismo. En 1968 tuve conciencia de la represión soviética al comunismo checoeslovaco y pude ver en televisión la entrada de tanques, que atacaron a la población, principalmente a estudiantes, meses antes de la brutal masacre de Tlatelolco el 2 de octubre de ese mismo año, en el que también se dio, en el mes de mayo, la agresión a los universitarios en París.

La Checoeslovaquia de 1968 estaba cerca de la “Polonia” imaginaria donde Alfred Jarry ubicó el reino despótico del Padre Ubú, quien controlaba a su pueblo por medios burdos y rebuscados, como el uso de las tenazas de descerebración, sin utilizar los tanques como los que los estalinistas usaron en contra de los checos que buscaban otra forma de socialismo que tuviera un rostro humano. Pero así fue lo que ocurría “al otro lado del telón de acero”, bajo el dominio soviético, donde ideas como las de Kosik, un marxista genuino, se presentaban como un peligro, el cual Ubú Rey no hubiera tolerado.

El sábado 5 de mayo pasado, en un evento conmemorativo de los 200 años del nacimiento de Karl Marx, la editorial Itaca, montó una exposición de libros, donde adquirí uno de Karel Kosik que no conocía: Reflexiones antediluvianas, un referente para la reflexión acerca del mundo contemporáneo. Como se dice en su presentación: “Se trata de uno de los más importantes pensadores contemporáneos. Su obra, dispersa y ya prácticamente inconseguible, es paradigmática de la revitalización del marxismo en los años sesenta del siglo XX.”

El título del capítulo de inicio de Dialéctica de lo concreto es demoledor: “El mundo de la pseudoconcreción y su destrucción, la reproducción espiritual de la realidad concreta”, que da perfecta cuenta del mundo en que vivimos. Hay un término que resuena en el cerebro: “pseudoconcreción”, que implica la falacia, el engaño y en resumen el imperio de la ideología que tiene estupidizada a la humanidad.

Kosik escribe: “… El conjunto de fenómenos que llenan el ambiente cotidiano y la atmósfera común de la vida humana, que con su regularidad, inmediatez y evidencia penetra en la conciencia de los individuos agentes asumiendo un aspecto independiente y natural, forma el mundo de la pseudoconcreción. A él pertenecen: —el mundo de los fenómenos externos, que se desarrollan en la superficie de los procesos realmente esenciales; —el mundo del traficar y el manipular, es decir, de la praxis fetichizada de los hombres que no coincide con la praxis crítica y revolucionaria de la humanidad; —el mundo de las representaciones comunes, que son una proyección de los fenómenos externos en la conciencia de los hombres, producto de la práctica fetichizada y forma ideológica de su movimiento; —el mundo de los objetos fijados, que dan la impresión de ser condiciones naturales, y no son inmediatamente reconocidos como resultado de la actividad social de los hombres. El mundo de la pseudoconcreción es un claroscuro de verdad y engaño. Su elemento propio es el doble sentido. El fenómeno muestra la esencia y, al mismo tiempo, la oculta. La esencia se manifiesta en el fenómeno, pero sólo de manera inadecuada, parcialmente, en algunas de sus facetas y ciertos aspectos. El fenómeno indica algo que no es él mismo, y existe solamente gracias a su contrario. La esencia no se da inmediatamente; es mediatizada por el fenómeno y se muestra, por tanto, en algo distinto de lo que es. La esencia se manifiesta en el fenómeno. Su manifestación en éste revela su movimiento y demuestra que la esencia no es inerte y pasiva. Pero, igualmente, el fenómeno revela la esencia. La manifestación de la esencia es la actividad del fenómeno.”

En Kosik nos encontramos con una conjunción del materialismo histórico, la dialéctica y la ontología, lo cual coincidió con la influencia de una lectura previa que tuve, el libro de Juan Garzón Bates: Carlos Marx, ontología y revolución, donde se asientan principios filosóficos fundamentales para el marxismo, que nunca fueron considerados por la ortodoxia soviética y el muy conocido “marxismo manualero”, que causó el enorme desprestigio del pensamiento de Marx.

Yo asistí al evento en Coyoacán, para escuchar a mi maestro Gabriel Vargas Lozano, con quien tuve mi más sólida formación en la filosofía de Marx, en dos semestres en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), y luego en tres semestres en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Pero otro acontecimiento importante de ese día fue encontrarme con otro libro de Kosik, que me animó a la remembranza y a recordar la influencia de este pensador, distante del estalinismo y el autoritarismo soviético.

Y pienso en Praga, una de las ciudades más bellas del mundo, donde al caminar por sus calles y atravesar el puente de Carlos, pensaba en la represión, en los tanques atacando a la población y en la obra de Karel Kosik, y llegando este sábado a mi biblioteca al final del evento busque un libro: 3 Generaciones, de Antonin Lieham, con un prefacio de Jean-Paul Sartre, acerca del panorama cultural checoeslovaco, con un epílogo de Kosik. Pero, el título del prefacio es por demás revelador: “El socialismo que vino del frío”, que da cuenta de la situación de esa Europa del Este, al otro lado de la “cortina de hierro”, o prefiero decir “del telón de acero”.

Y en efecto, Kosik fue una víctima de ese socialismo realmente existente (Rudolf Bahro), aquel “que vino del frío”. En mi juventud comencé con su lectura y de ahí pasé a autores como Foucault, siendo críticos de las visiones dogmáticas, y creo que deberíamos retomar en todo momento. Pero regresando a Reflexiones antediluvianas, quiero comentar que en su descripción se dice algo muy revelador: “Su mirada descubre la esencia de la época moderna en la corrupción desbordada, la degradación cultural, la vacuidad espiritual, la prostitución de la política y el desprecio por la vida y el pensamiento que inundaron Europa oriental bajo el dominio de la lumpenburguesía compuesta de criminales, arribistas y nuevos ricos provenientes de la burocracia que se formó bajo el régimen soviético. Pero éstos son también los síntomas se la crisis en que ha arrojado a la humanidad el capitalismo que campea en todo el mundo, al fin sin tapujos.”

Ésta es la crisis que hoy exige —señala Kosik— “una transformación fundamental capaz de definir de una manera nueva”, desde el sentido originario de la verdad y lo comunitario, “la relación del hombre con todo lo que es: con la naturaleza, con la historia, con el tiempo y consigo mismo”.

El haberme topado sin proponérmelo con este libro de Kosik, es un alimento para el pensamiento, donde, como se apunta en sus páginas, “brilla la profundidad, la erudición y la sabiduría propias de un pensamiento que entronca explícitamente con la tradición humanista del Renacimiento, con el aliento crítico de la Ilustración, con los más importantes hallazgos de la filosofía hasta nuestros días y con las corrientes radicales modernas.

El Padre Ubú ya debe estar harto de lo que escribo, y por ello creo que a partir de hoy es necesario dejarlo descansar y buscar otro nombre para esta columna, que espero no descanse en mucho tiempo. Con Kosik y lo que he remembrado creo que debemos ser conscientes de que “puede haber tiempos mejores, pero éste es el nuestro” y estamos en “tiempos de reflexión”.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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