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CARICATURA - JOAQUIN SABINA 400
UBÚ 0

Joaquín Sabina, filosofía espontánea de la existencia

· enero 21, 2016

Ismael Ledesma Mateos

 

El Padre Ubú no tendría la sensibilidad y la agudeza para disfrutar las magníficas canciones de Joaquín Sabina, quien con sus letras nos transporta al mundo interior de la subjetividad de una manera extraordinaria. En su palabra encontramos la expresión de distintas facetas de la realidad humana que, sin pretensión de hacer antropología filosófica, expresa de manera magistral.

Luego de mi paso por la filosofía de Marx abracé al existencialismo de Sartre con una intensa pasión, leí a Freud y a Lacan en tanto continuaba con mi vida de biólogo, para luego hacerme historiador; viví inmerso en la política universitaria y, en ese camino, encontré a Joaquín Sabina. Fue mi gran amigo, Antonio Fernández Crispín, quien me obsequió el disco Mentiras piadosas (en acetato), el cual me dejó encantado. Sobre todo me lo dio pensando en dos canciones que me iban como anillo al dedo: “Mentiras piadosas” (precisamente el título del álbum) y “El muro de Berlín”, las cuales tocaban dos aspectos de la subjetividad tan trascendentales para mí: el amor y la política.

Y de ahí, cuando se generalizaron los CDs, comencé a comprar todos los que fuera posible. Además de que en Puebla en los años noventa comenzó a cantarse de manera frecuente en muchos lugares públicos. He compartido el gusto por su música, que a la vez es poesía, con mujeres muy queridas, y sin duda es el cantante en español que yo prefiero. En Sabina encontramos una expresión clara del existencialismo en la cultura popular que constituye una verdadera filosofía, una “filosofía espontánea de la existencia”. Los títulos de sus canciones dan cuenta de esa mentalidad que va aunada a un magnífico humor, las más de las veces negro, donde se ríe del mundo, pero también de sí mismo.

Si tuviera que ordenar las canciones para mencionarlas, luego de las que mencioné, no sabría por cuál comenzar: tendría que ver con mi estado de ánimo, seguramente. Si estuviera un tanto contento, podría ser “Corre dijo la tortuga”, tanto en la versión original como la cantada por Julieta Venegas en el disco …entre todas las mujeres, donde “voces de mujer cantan a Joaquín Sabina”. Y si estuviera muy deprimido, quizá sería “¿Quién me ha robado el mes de abril?” O eufórico: “El pirata cojo”.

En “El muro de Berlín” aparece una especie de catarsis que resume la crisis política e ideológica del mundo de ese momento. Se trata de una rola en un disco que el autor define como representativo de una etapa de transición, que está entre Hotel, dulce hotel y Física y química (aunque para mí fue el que me permitió conocerlo). En él pasa de elementos claramente ideológicos a sus posteriores producciones en un mundo pleno de subjetividad. Recuerda su amigo García de Diego: “Estábamos en Ariola haciendo las maquetas cuando caía el muro y todo aquel sistema. Sabíamos que Joaquín iba a escribir una canción sobre ello.” En realidad, lo que hizo —dicen De Diego y Darío Manrique— “fue tomar una vía fácil: en vez de un examen de conciencia desde la izquierda, prefirió atacar —con gracia, eso sí— a un espécimen muy visible en los años ochenta, los antiguos marxistas reconvertidos en paladines del libre mercado”.

La canción dice: “No habrá revolución, es el fin de la utopía, ¡que viva la bisutería! Y uno no sabe si reír o si llorar viendo a “Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz”, lo cual da idea del nuevo escenario que se estaba generando y como cereza del pastel, en ese nuevo mundo neoliberal, a la UAP, “la máxima casa de estudios de izquierda del país”. Cuando dejó de serlo, le agregaron una “B”, para hacerla “BUAP”; ¿será de “benemérita” o de “bisutería”? Eso siempre me viene a la mente cundo escucho esa parte de la canción.

Aquí aparece una faceta determinante en la personalidad de Sabina: su juventud subversiva en el abyecto mundo de la dictadura fascista de Franco. Nacido en Úbeda, Jaén (Andalucía), en 1949, Juan Ramón Martínez Sabina fue hijo de un inspector de policía. En 1968 se trasladó a Granada para matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras e iniciar los estudios de filología románica, donde descubrió la poesía de César Vallejo y Pablo Neruda. Desde joven tomó una posición de izquierda y se relacionó con movimientos opuestos al franquismo, pero cuando se proclamó el estado de excepción, su padre —que era comisario en Úbeda— recibió la orden de detenerle por pertenecer al Partido Comunista. En 1970 lanzó un coctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao en Granada, en protesta por el Proceso de Burgos, por lo que se vio obligado a exiliarse, primero a París, donde pasó unos meses, y posteriormente a Londres. Si hubiera regresado a España le hubiera esperado la pena de muerte, aunque pudo regresar en 1977, luego de la muerte de Franco.

En “El muro de Berlín” encontramos ese ajuste de cuentas con la realidad que se vivía y su pasado de izquierda, donde la mofa es clara ante un exizquierdista renegado, aquel que “sufre problemas de colesterol si fluctúan las tasas de interés”, cuando la verdadera izquierda, de ninguna manera debería identificarse con ese “muro”, sino con la transgresión vivencial que él predica en todas sus canciones, donde la realidad mundana está indisolublemente separada de la subjetividad, lo que da cuenta de la esencia misma de la existencia.

Y bueno, no podríamos aquí hablar de cada canción, pero todas ellas están llenas de sentido. En “Mentiras piadosas” nos encontramos ante una contradicción existencial crucial, un problema trascendental en el terreno de la ética: ¿cuáles son los límites de la sinceridad en una relación amorosa? La idea existencialista de “decir siempre la verdad”, como algo inherente a la libertad, choca con las formaciones individuales y los prejuicios. Sartre lo intentó siempre con Simone de Beauvoir, a quien amorosamente apodó El Castor, pero en la realidad ¡“el Castor no existe”!, sólo fue en la fantasía de Sartre, lo que me recuerda otra línea de una rola de Sabina, “Con la frente marchita”: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió.”

Ser sincero, real, auténtico, como dice la canción, sería lo acorde con esa ilusión, pero no lo es en el mundo real: “Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era más ancho que sus caderas. Le dibujaba un mundo real, no uno color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas. Y cuando por la quinta cerveza le hablé de esa chica que me hizo perder la cabeza, estalló: ‘¿Vas a callarte de una vez, por favor?’”

Pero decir la verdad “por amarga que fuera” no es algo fácil, y en una entrevista con el periodista peruano Jaime Bayly, me encanta cuando, para concluir, dice que ambos son culpables (y por ello cómplices) por: “hacerle daño a la gente que más queremos, sin el menor motivo, sólo por querer ser… como queremos ser”.

Con posterioridad a “Mentiras piadosas” (1990) nos encontramos con esta problemática constante en Sabina, que da cuenta de algo esencial en la existencia. Así, en “Amor se llama el juego”, en Física y química (1992), nos dice: “Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño”… O su demoledora frase en “Como un explorador”, en Esta boca es mía (1994): “Una mañana comprendí que a veces gana el que pierde a una mujer”, lo que se continúa en 19 días y 500 noches (1999), donde la recurrencia a esa problemática se hace presente con el resabio del “truene”, de la ruptura: “Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks… Dijo hola y adiós, y el portazo sonó como un signo de interrogación, sospecho que, así se vengaba a través del olvido… No pido perdón… ¿Para qué? Si me va a perdonar porque ya no le importa… siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta.”

La noche, el alcohol, las mujeres, la pasión son elementos determinantes en el discurso de Sabina, ese hombre que sabe que es “peor para el sol que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar, mientras su servidor [él] le levanta la falda a la luna”.

Podría continuar por mucho tiempo, pero creo que es suficiente para incitar a nuestros lectores a disfrutar la música y la letra de las canciones de Sabina, valorarlas con atención y de manera reflexiva. Sólo viene a mi mente una última frase suya en Hotel, dulce hotel (1987), en “Que se llama soledad”, que me ha acompañado en mi vida profesional desde siempre, incluso antes de conocerla: “Algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos.”

Eso le pasó a Ubú Rey, en su avaricia y su codicia, como el señor de las Phinanzas, quien no fue capaz de controlar su circo y que no entendería la profundidad existencialista de Sabina.

P.D. Este texto lo motivó la lectura de la magnífica serie de libritos, provistos cada uno de un disco de Sabina, Palabras hechas canciones, de Diego A. Manrique y Darío Manrique Núñez (Aguilar, 2007), así como de los libros: Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca, de Javier Menéndez Flores (Ediciones B, 2006) y Pongamos que hablo de Joaquín. Una mirada personal sobre Joaquín Sabina, de Joaquín Carbonell (Ediciones B, 2011), y el blog: “Tras las huellas de Sabina”, de José María Alfaro Roca. ¡Aunque el texto aquí presente es absolutamente personal!

[email protected]

 

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