Ismael Ledesma Mateos
En este siglo XXI el islam se ha mostrado de manera impactante, dejándonos ver la presencia de una cultura distinta a la occidental, con una religión que, derivada del judaísmo, tomó un rumbo distinto. Es una temática digna de análisis. ¿Pero qué es el islam? ¿Por qué algo muy antiguo ha cobrado gran importancia en la actualidad? ¿Por qué se le teme?
En el Reino de Ubú no existía la diversidad religiosa, que es una realidad que no podemos ignorar, y el islam es la prueba más contundente de ello. Ubú no pensaría que existen religiones tan poderosas que puedan construir o destruir naciones, pues la religiosidad es algo inherente al mantenimiento del orden político y social. Además que el vínculo entre la sociedad, la religión y el Estado es algo determinante para la estabilidad política. Por algo en México la Secretaría de Gobernación tiene una Subsecretaría de Asuntos Religiosos. Aunque, bueno, al Padre Ubú y a la Madre Ubú no se les ocurrió hacer su propia religión, como era posible.
El islam es algo que viene de la antigüedad: básicamente nos remonta a la Edad Media, que con todo lo que ha sido denostada, es la base de nuestra cultura contemporánea. El medioevo cristiano es impensable sin el islam; no es posible hablar de esa etapa de la historia sin conjugar ambas versiones culturales. Lo que llamamos el Occidente es impensable sin ese “Medio Oriente” del cual procede. De esa cuna forjada en el linde del Mediterráneo, de Fenicia y lo que venía de Persia, tiene el origen la cultura occidental, y el judaísmo y el islamismo también serán fundamentales en ello. ¿Qué sería de Occidente sin el álgebra, un producto intelectual del mundo árabe? Y en el caso de España y por ende de la Nueva España, es decir México, qué seríamos sin la influencia árabe.
Los acontecimientos de los últimos años nos han llevado a un estado de shock, tras los atentados terroristas que han marcado este nuevo siglo y que se atribuyen al islam. El 11 de septiembre de 2001 marcó el inicio de una nueva época, donde el terrorismo se asoció con una nueva amenaza: el islam. Si en la época en la que Marx y Engels escribieron El manifiesto comunista dijeron que “un fantasma recorre Europa y ése es el Comunismo”, ahora en nuestro siglo ese fantasma es el islam, ¡asociado al terrorismo!
La Edad Media es inentendible si no tomamos en cuenta dos componentes: el cristianismo y las filosofías asociada con él, como las de san Agustín y santo Tomás y la cultura islámica. Por tanto, la creación de la cultura occidental y su mentalidad no puede despreciar el trascendental componente que procede del islam: se trata de una realidad innegable que es absurdo negar. Somos producto de esa coexistencia de culturas, que tiene uno de sus momentos más impactantes cuando dormimos en una “al-mohada”, objeto nombrado con una palabra absolutamente árabe.
Estos pensamientos se producen por la lectura de un magnífico libro de Slavoj Žižek: Islam y modernidad, Reflexiones blasfemas, donde el filósofo esloveno aborda el interesante problema de la relación estre el islam y Occidente. En la parte de “Acontecimiento” es impactante el ataque al semanario Charlie Hebdo, víctima de una matanza a sus colaboradores por su manera irónica de referirse al islam, lo cual no debe conducirnos a una visón barata basada en la condenación, sino en el análisis de esa forma de pensamiento y esa cultura que pueden llevar a esos actos atroces.
Como dice Žižek: “Pensar significa moverse más allá del pathos de solidaridad universal que explotó en los días siguientes al acontecimiento…”, donde incluso la policía fue aplaudida y ovacionada, reivindicando la represión ante una “amenaza fantasma, llevada a un “amor por las fuerzas internas de represión” (Jacques Alain-Miller). “Así la amenaza terrorista triunfaba” al lograr lo imposible, al reconciliar a los revolucionarios del 68 con su peor enemigo”, el poder vigilante y represor. Pero esta actitud prácticamente instintiva encierra la falta de reflexión acerca de esa realidad alterna que representa el islam.
Como apunta nuestro autor: “Mucho más necesario, más fuerte y eficaz que la demonización de los terroristas como heroicos fanáticos suicidas es el desmantelamiento del mito demoniaco. Hace ya tiempo Friedrich Nietzsche percibió cómo la civilización occidental se estaba moviendo en dirección al Último Hombre, una criatura apática sin ninguna gran pasión ni compromiso. Incapaz de soñar, cansado de la vida, no asume ningún riesgo, buscando sólo el bienestar y la seguridad, una expresión de tolerancia con los otros.” Pero precisamente la clave del islam es la intolerancia, lo que lo lleva a confrontar las ideas predominantes de Occidente y “busca fijar delimitaciones jerárquicas claras, principalmente en lo que atañe a la religión, la educación y la sexualidad (estricta regulación asimétrica de la diferencia sexual, prohibición de la educación secular…)”.
En la segunda parte del libro, titulada “Un vistazo a los archivos del islam”, el autor aborda un interesante enfoque psicoanalítico de la problemática del islam, basándose en la obra de Fethi Benslama, La psychanalyse à l’épreuve de l’Islam. Busca los elementos míticos y secretos que le dan sustento y se basa en la relación entre el islam y el judaísmo del cual procede, donde el mismo Dios está presente, pero es “un imposible-real”, que funciona en ambas direcciones ante el sacrificio. “No hay ninguna economía simbólica entre los creyentes y Dios, Dios es el puro Uno Trascendente, pero también a favor del sacrificio, cuando lo Real divino se convierte en la figura del superego de ‘dioses obscuros’ que exigen sangre de manera continua (Lacan, Seminario XI). El islam parece oscilar entre estos dos extremos, con la obscena lógica sacrificial” que le da sentido al acto terrorista.
En la lógica terrorista se encuentra el deseo de morir por parte del “mártir”, presente también en el Corán, aunque esto debe contextualizarse en la modernización. Sostiene Žižek: “El problema del mundo islámico es como se sabe, que, dado que se vio abruptamente expuesto a la modernización occidental, al trauma de su impacto, sin un tiempo adecuado para ‘negociar’ con ella, para construirse un espacio-pantalla simbólico-ficcional, las únicas relaciones posibles eran o una modernización superficial, de imitación destinada a fracasar”, como en Irán o el recurso violento real a una guerra entre “la verdad” y “la mentira”.
Pero en esa estructura ideológica del islam, hay una base que tiene que ver con la historia de su construcción como cultura, que tiene que ver a su vez con su origen histórico, o si se quiere mitológico, que para el caso da lo mismo. Y aquí el elemento crucial de su inicio es la angustia, esa angustia que acompaña a Abraham en todo momento, primero por su imposibilidad de ser padre engendrando un hijo con Sara, por lo que toma a la esclava Agar, un mujer egipcia, de la que nacerá Ismael, el fundador de la dinastía islámica. En esa narración, “para que Sara tenga un hijo, Agar tiene que tener primero al suyo, es decir hay una necesidad de sucesión, de repetición, como si para tener el espíritu, primero tuviéramos que elegir la carne, sólo el segundo hijo puede ser el verdadero hijo del espíritu”. Por ello Lacan señala que “La verité surgit de la meprise”: el camino al espíritu sólo es a través de la carne. Ésa es una marca que viene en los inicios del islam. Y su otra angustia, la de matar al hijo que finalmente tiene con Sara, a Isaac, producto de su mala interpretación de la orden divina, que marca esa angustia esencial entre las cultural judía y la árabe.
Esa contradicción entre el espíritu y la carne es una marca del islam, que implica la devoción por el sacrificio para la satisfacción de Dios. Y en sus orígenes lo femenino juega un papel fundamental, siendo su fundamento reprimido, pues en última instancia proviene de Agar, la mujer que le dio un hijo a Abraham para luego ser expulsada y fundara de un nuevo pueblo, por decisión divina a partir de Ismael. La mujer es, por tanto, la fuente de vitalidad del islam, pero por lo mismo, dice Žižek, “es un escándalo ontológico que tiene que ser velado”. Aquí aparece el horror de la exposición desvergonzada de lo que está atrás del velo, pero eso nos lleva a pensar en la naturaleza misma de éste.
El velo islámico aparece como una máscara, como diría Lacan. Entonces la mujer tendría que apartar la máscara para mostrarnos quién es realmente. El velo aparece entonces como un elemento determinante en la mentalidad islámica. Žižek habla al final de su ensayo de la función del velo en el islam: “¿Qué pasa si el verdadero escándalo que este velo se empeña en ofuscar no es el cuerpo femenino oculto por él, sino la inexistencia de lo femenino? ¿Qué pasa si, por consiguiente, la función última del velo es precisamente sostener la ilusión de que hay algo, lo sustancial, detrás del velo?”…
Ahí reside el escándalo oculto del islam: sólo una mujer, la encarnación misma de la indiscernibilidad de la verdad y la mentira, puede garantizar la verdad. Por esa razón tiene que permanecer velada… la mujer como Diosa-Madre, sustancia generadora y destructora del mundo”, que lleva a la desconfianza musulmana a la mujer “que, paradójicamente, de una manera negativa, presenta más directamente el poder traumático-subversivo-creador-explosivo de la subjetividad femenina”. ¡Que está en la raíz del origen del islam, aunque al velarla lo niegue!
Y bueno, para el Padre Ubú estas cosas no son dignas de su atención, pues la Madre Ubú no usa ni ha usado velo jamás.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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