Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú tiene especial repugnancia por la educación, por lo que estoy seguro que todo lo que escribo no le haría la menor gracia y, en el mejor de los casos, le importaría un bledo, como a mí lo que piensen los déspotas y autoritarios. Para mí la educación, la ciencia y la tecnología deben ser valores por demás preciados y sobre los que vale la pena reflexionar con fundamento en la historia y el conocimiento de las estructuras sociales.
La historia del Instituto Politécnico Nacional (IPN) es en verdad interesante. Se trata de la institución de educación superior e investigación científica y tecnológica producto de la etapa de consolidación del México posrevolucionario, de la llamada “institucionalización de la revolución” (un verdadero contrasentido), un periodo contradictorio pero fundamental para la constitución de nuestra nación, donde se planteó la posibilidad de establecer un gobierno popular encaminado al beneficio de los sectores mayoritarios de la sociedad.
Yo soy un universitario egresado de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), de mi extraordinaria Preparatoria Diurna Benito Juárez y de la UNAM, tanto de la carrera como en del doctorado, sin embargo sus lemas nunca me han gustado: “Pensar bien para vivir mejor” no es feo; el de la UNAM, “Por mi raza hablará el espíritu” siempre me deja pensando: ¿cuál raza?, ¿cuál espíritu? La más pura esencia de la ideología de Vasconcelos, contraria a la realidad de un país pluriétnico y multicultural y a una visión materialista de la realidad. En cambio, el lema del IPN me parece impactante, claro, sencillo, contundente: “La técnica al servicio de la patria”, que implica de entrada una postura de compromiso nacionalista.
La Universidad Nacional de México surge como consecuencia de un proceso que conjugó las contradicciones de un país en conflicto. Con el prejuicio de asumirse como heredera de la Real y Pontificia Universidad de México (lo cual es una falacia ideológica), fue creada gracias a la genial visión de Justo Sierra quien, como intelectual orgánico del porfiriato, fue capaz de articular un proyecto que conjuntara a las escuelas superiores existentes y hacer la Universidad, la cual al estallar la revolución fue objeto de conflictos y controversias entre los positivismos imperantes (el de Comte, proveniente de Gabino Barreda en el juarismo, y el de Spencer, promovido por Sierra). En el México posrevolucionario esas contradicciones se agudizaron entre sectores sociales adversos a una visión populista de la Revolución y los que eran proclives a ella.
En el contexto controversial de los intentos de instauración de la educación socialista, de la feroz guerra cristera, del clericalismo y de la presencia internacional del socialismo y el comunismo, muchos sectores sociales insertos en la Universidad veían con malos ojos las políticas populistas del gobierno de Lázaro Cárdenas, por lo que había una reticencia a colaborar con el Estado por parte de la derecha.
Esta historia me trae a la mente el origen de la institución surgida en Francia con posterioridad a la revolución de 1789: l’École polytechnique, que comienza en 1794, cuando algunos sabios decidieron organizar un nueva “Escuela central de trabajos públicos”, con el fin de afrontar la carencia de ingenieros y de cuadros directivos. La creación de esta escuela se inscribió en un contexto de crisis general posterior a la revolución francesa, donde todas las universidades fueron cerradas y el país tuvo la necesidad de nuevas estructuras educativas. Ya en el poder, Napoleón Bonaparte ordenó la militarización de la Escuela en 1804, evento decisivo para el Politécnico, al servicio del Estado revolucionario y su Imperio.
Así como en Francia la estructura clerical que controlaba la Universidad de París, la antigua Sorbonne, feudo de los poderosos cardenales Richelieu y Mazarin, se oponía al cambio revolucionario, la UNAM con el cobijo de su autonomía, bajo el rectorado del médico Fernando Ocaranza opuso resistencia al régimen de Lázaro Cárdenas, lo que lo llevó al presidente a tomar una actitud hostil hacia la Universidad, y el círculo intelectual del cual se rodeó le propuso la idea genial de un proyecto que sería de gran trascendencia para la nación: la fundación del IPN. El Estado mexicano requería de una institución de educación superior propia, de “su universidad”, ante la resistencia de la UNAM a colaborar con el proyecto del régimen cardenista
Juan de Dios Bátiz, Narciso Bassols, Gonzalo Vázquez Vela fueron algunos de los principales artífices del proyecto para el gobierno del general Lázaro Cárdenas del Río, donde tuvo lugar un proceso de traducción-adecuación de un discurso político sobre la importancia de la educación y de un discurso intelectual sobre la necesidad de la misma, donde se construye un nuevo lenguaje, que articula lo político, lo intelectual, lo social y lo económico, dando lugar a un nuevo discurso que articula al Estado, la educación y la revolución.
Sin duda el principal artífice del proyecto fue Gonzalo Vázquez Vela, quien pretendió poner en marcha un proyecto incondicional de desarrollo tecnológico. Por su parte, un grupo de militares, políticos y académicos (ingenieros) tenía sus propios proyectos híbridos, que en una nueva operación de traducción, conjugaron sus intereses con los del Estado para construir como una amalgama la nueva institución del Estado revolucionario: el Instituto Politécnico Nacional.
La creación de una institución para la enseñanza y el desarrollo científico y tecnológico era una prioridad en términos de seguridad nacional, pues sería un garante de la soberanía. En su proceso de construcción, otro factor determinante será la incorporación de los científicos provenientes del exilio español, que acorde con la orientación política de izquierda populista del régimen de Cárdenas, fueron acogidos en nuestro país.
Vale la pena resaltar cómo en esta traducción la sensibilidad de Cárdenas respecto de la importancia de la tecnología se conjuga con su búsqueda del progreso y la soberanía nacional (esto último tuvo como su más grande expresión la expropiación y nacionalización de la industria petrolera), que encuentra apoyo en la visión de actores como Vázquez Vela, Erro, Massieu, Bátiz, Bassols, Vallejo Márquez, Othón de Mendizábal, Bernard y Millán Maldonado, quienes fueron capaces de aprovechar la intencionalidad gubernamental para poner en marcha una nueva institución, en cuyo lema se revela el proceso de su formación: “La técnica al servicio de la patria”.
Sin embargo el IPN, esa otra gran institución garante del conocimiento en México, en la actualidad atraviesa por una grave crisis producto de la torpeza del gobierno actual. Es triste ver cómo una institución con su poderío y potencialidad se encuentra acorralada por una burocracia federal ignorante de la historia e incapaz de entender la problemática educativa que afrontamos.
Históricamente el IPN no surge como una institución con vocación de autonomía, surge ante la necesidad de contribuir a la resolución de problemas nacionales trascendentales. Sin embargo, el conflicto que actualmente atraviesa pasa por un absurdo desconocimiento de ello. ¿Por qué demonios el secretario de Educación Pública no aclaró puntualmente que el anuncio publicado en el Diario Oficial de la Federación no modifica la estructura orgánica del instituto? La SEP tuvo una reestructuración producto de la creación de la Secretaría de Cultura y la separación de las dependencias dedicadas a ello, como Conaculta. Por ello se aclaró la manera como quedaba en lo futuro la dependencia y que el IPN dependía de la SEP, como siempre había sido y tendrá que ser. ¿Acaso eso es razón para los paros y el conflicto que se ha generado? Aquí sólo se ve el autoritarismo y la incapacidad gubernamental para aclarar una confusión, un malentendido.
El IPN es un ejemplo claro de vinculación de la educación con el poder, es un caso digno de estudio de una institución que ha contribuido al desarrollo científico y tecnológico nacional de manera determinante, pero que a su vez ha acumulado vicios producto de su dependencia directa del Estado y la presencia del sindicato blanco gubernamental (el SNTE), sin estructuras de autogestión ni de organización política democrática. No es momento para pensar en su autonomía, eso sería tan sólo vil demagogia. El IPN requiere una evaluación y diagnóstico serio de su realidad, donde el conflicto por el que atraviesa ofrece una oportunidad para la reflexión. Espero que su comunidad sepa sacar provecho de la crisis que atraviesa, fincándose en la historia de su surgimiento y valor para el país.
Ubú Rey diría: “¡Pero cuántas tonterías! ¡Que les pongan palintroques en las onejas! ¿Pa’ que tener politécnicos si nos basta con los técnicos?









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