Ismael Ledesma Mateos
Desde hace ya muchos años cobraron presencia en los medios de comunicación varios personajes que se presentan como intelectuales y emiten opiniones a favor de los gobiernos, a partir del de Salinas de Gortari y hasta la fecha. Algunos se agruparon en torno a dos revistas, Nexos y Vuelta (y ahora Letras Libres), además de publicar en algunos diarios de circulación nacional. Radio y televisión están abiertas a sus voces, donde se expresan con una docta autoridad, como poseedores de la verdad y la razón, que llegaron a este mundo, en especial a un país cruzado por el Trópico de Cáncer (es decir, “tropical”) aunque su capital, la Ciudad de México y Puebla sean “subtropicales”), para iluminar a sus aborígenes.
Ubú Rey no requirió de ese tipo de artimañas para mantenerse en el poder, bastaba la brutalidad del Capitán Bordura y los consejos avariciosos de la Madre Ubú, pero a diferencia del reino que ellos controlaron México es una extraña y rebuscada mezcla entre lo primitivo, lo burdo y lo rebuscado, herencia del Barroco, producto de la conjunción de diferentes culturas, y por ello en diferentes momentos de su historia ha requerido diversos grados de sofisticación. Para Ubú no era necesario engañar al pueblo utilizando medios de comunicación (con los que, por cierto, no contaba), pues bastaba la fuerza bruta, pero aquí la cosa debe ser más fina y qué mejor para ello que individuos “muy fifís”, que busquen ser convincentes.
Luego de venenosos artículos en contra de Andrés Manuel López Obrador, estos “intelectuales” se han mostrado como sesudos articulistas de “la mafia del poder”. Recientemente Jesús Silva-Herzog Márquez en el diario Reforma, en un artículo titulado “AMLO 3.0”, lo acusa de “oportunista”, de “político pragmático, sin nervio ideológico ni criterio ético para entablar alianzas”, ante lo que el candidato presidencial de Morena respondió que es tiempo de enfrentarlos, pues “son conservadores con apariencia de liberales”. En efecto, desde hace años los he leído y escuchado en diversos programas de opinión y no me cabe la menor duda: llamarles conservadores es poco, su discurso claramente es el de la derecha neoliberal (que no liberal, que es algo muy distinto).
Un personero derechista, proveniente del salinismo, Pablo Hiriart, de inmediato salió en la defensa de Silva-Herzog Márquez en un artículo en el Financiero titulado “Fifís y chingadazos”, donde, aludiendo la cantaleta de la libertad de expresión, escribe: “¿No hay nadie en su círculo de consejeros que renuncie o proteste ante esos adelantos de intolerancia que con poder pueden causar estragos a las libertades?” Ah sí, como si cuestionar a quien ataca sin argumentos, sobre la base de prejuicios ideológicos, fuera ejercer la libertad, cuando evidentemente lo que escribe este sujeto tiene la intencionalidad de favorecer a los adversarios de quien claramente va a la delantera en la contienda presidencial.
Hiriart continúa diciendo que nadie cuestiona a AMLO, “porque prefieren el horizonte de un cargo público al costo que sea”. Y prosigue afirmando que con su llegada al poder la libertad de expresión en el país estaría en riesgo, alegando que ha dado muchos ejemplos de su intolerancia y de su ira desbocada hacia quienes lo cuestionan. Luego de ello critica a John Ackerman, asesor de asuntos internacionales del candidato, que dijo que habrá “chingadazos” si AMLO no gana en julio, pues se trataría de “otro robo”. Luego concluye su artículo con la frase: “Fifís y mafiosos quienes lo cuestionan. Chingadazos si no ganan. Son los que pueden llegar al poder en julio”.
Yo me pregunto: ¿por qué no tendría que haber chingadazos ante un nuevo fraude electoral? Buena parte de la población está convencida de que votará por AMLO, pero también tienen en sus mentes la zozobra de las acciones fraudulentas y se pregunta: ¿la mafia en el poder respetará el triunfo? Hasta donde podrá llegar la tolerancia de un pueblo que ha perdido la capacidad de respuesta democrática. Creo que prácticamente nadie en su sano juicio desearía un escenario violento, aunque la desconfianza no puede ser dejada de lado. Muchos hablan a manera de mofa del “sospechosismo”, pero la historia política mexicana nos ha conducido a ello. Como se ilustra en La sombra del caudillo, novela de Martín Luis Guzmán, llevada a la pantalla en 1960 y “enlatada” —es decir, que no fue exhibida— por tres décadas, las artimañas del poder político son muy diversas y deben alejarnos de la credulidad. ¿Por qué confiar en un sistema político corrupto y mafioso?, en ese “Ogro filantrópico”. Cómo no dudar del sistema político que cayó en 1988, y que al levantarse asesinó a un candidato de su propio partido.
En aras de una supuesta libertad y democracia se pretende convencer a la sociedad de que la mayoría de la población debe conformarse con la situación que vive y ser tratada como una sarta de débiles mentales, para los que lo único importante es el futbol y fomentar que vivan alejados de la política, “pues todos los que la practican son iguales” y entonces todo debe seguir como está, y para atizar esa idea viene el cuento del “populismo” y de la similitud de AMLO con Chávez y Maduro. ¡Ay nanita, estamos ante el riesgo de una dictadura intolerante!
En esta fase álgida de las campañas, ridículamente llamadas precampañas con candidatos únicos, la guerra sucia se agudizará y los ataques mediáticos contra López Obrador arreciarán, y ¡qué mejor que buscar voces y plumas “altamente calificadas”!, gente pulcra y elegante, muy estudiada (aunque algunos no hayan obtenido los grados de doctor para los que estudiaron). Estos en su mayoría Maestros —que no Doctores— tienen, según ellos y sus patrones, dueños de los medios, todos los méritos para criticar y cuestionar al candidato más favorecido en las encuestas e incluso muy bien valorado en el extranjero.
Es así que sea otro de los articulistas detractores de AMLO, Federico Reyes Heroles, quien ya desde agosto de 2017 en Excélsior publicó un artículo titulado “El farsante y su público”, donde de entrada, a manera de resumen, dice: “Lo primero es admitir que estamos atrapados en ella, en la farsa. Ése es el principal reto: admitirlo. A El farsante lo vemos a diario y, sin embargo, huimos de la aceptación del drama. Y, ¿por qué drama? Si bien no lo sabemos a ciencia cierta, intuimos, predecimos e incluso lo conversamos: sería un horror. Y, sin embargo, El farsante nos hace una jugarreta y otra y otra más y pareciera que esa farsa le gana adeptos.”
Para finalizar, este autor escribe: “Pero tipos así los habrá siempre, lo que no corresponde es la reacción ciudadana. Pareciera que hay una conciencia de culpabilidad que le valida todo, como si le hubiésemos infligido una enorme ofensa y ahora tuviéramos que tragarnos sus caprichos. Acaso estamos asumiendo que de verdad ganó la Presidencia en 2006, contra todos los argumentos y números, todavía le abrimos una rendija de duda que le permite seguir vivo y corromper la República. De verdad dudamos de todo y por eso le damos crédito a El farsante. Es una complicidad silenciosa. Nosotros le damos vida, lo alimentamos al dudar de las instituciones, imperfectas, pero instituciones al fin. Al permitirle la pantomima traicionamos las instituciones y a nosotros mismos. Los que no le crean, que se opongan públicamente, que lo digan, que se deslinden de la eficaz y peligrosa farsa. […] Nada le hemos hecho, nada le debemos, no hay deuda. La responsabilidad del hijo malcriado es nuestra, porque somos capaces de comer farsa todos los días y, además, sonreír. Romper el silencio cómplice comienza por nombrarlo: se llama AMLO.”
Es cierto: estamos en la farsa, pero la del PRIAN. Pero lo más genial es lo que dice de las instituciones: ¿“instituciones imperfectas, pero instituciones al fin”? ¡Qué bonito! O sea que la Revolución de 1910 fue algo carente de sentido, pues cuestionó instituciones imperfectas —quizá mejores que las actuales—, que finalmente ¡eran instituciones! Como lo fueron las del estalinismo en la URSS o del franquismo en España. Decir algo tan aberrante es inconcebible. Las instituciones deben de transformarse, por las vías que el proceso histórico determine. La mejor, a mi juicio, es la democrática, electoral y parlamentaria, aunque en otros momentos y en distintos lugares se han tomado otras vías, que deben analizarse en su contexto, sin descalificarlas a priori.
Esa revolución que en México transformó la nación, que le dio otro giro condujo a una paradoja: el establecimiento de una nueva dictadura, que ya no fue la de un solo hombre, como Porfirio Díaz, sino una dictadura perfecta, basada en la hegemonía de un partido único, cuyo nombre es el colmo del surrealismo: Partido Revolucionario Institucional (PRI). ¿Revolucionario Institucional? ¿Una revolución institucionalizada? Por fin: ¿es Revolución o Institución? Ése fue el nombre adoptado para “la revolución hecha gobierno”. Aunque creo que en aras de cobijar a los “pirrurris”, “fresas” y “fifís”, debería cambiar su nombre a “Partido Revolucionario Inn”.
Enrique Krauze fue también objeto de cuestionamientos por parte de AMLO en respuesta a las críticas que le ha hecho, señalando que pesar de mostrarse como liberal es también un conservador. La calidad académica y talla intelectual de Krauze es enorme, es uno de los autores que por su trabajo como historiador he citado muchas veces en mis textos y siempre procuro escucharlo en El Colegio Nacional. En una ocasión en la que obsequié uno de mis libros a un amigo y colega investigador, me increpó con la pregunta: ¿Por qué citas tanto a Krauze? Yo le respondí: Porque es un magnífico historiador, discípulo de Daniel Cosío Villegas y Luis González y González, cuando luego de ser ingeniero industrial se doctoró en historia en el Colegio de México, pero lo valoro como eso, no por sus opiniones políticas, que en su mayoría no comparto (aunque algunas sí, cuando ha cuestionado al sistema político mexicano). Y bueno, en términos de humor y no de postura política, me divirtió mucho el mote que le dio a AMLO como “El Mesías Tropical”, encontrando muy graciosa la portada del número de Letras Libres que lo ilustra a manera de caricatura.
Los intelectuales, aun herederos de grandes hombres famosos, lo que de ningún modo es criticable, además de que es real, no deben llevar a pensar que por ese motivo cuentan con la autoridad de emitir opiniones, que son usadas como si fueran la encarnación de la racionalidad y la veracidad por los esbirros de un régimen que se debe transformar.
El Reino de Ubú desapareció de la misma forma en que surgió, por la vía de la violencia, por otro golpe de Estado que restableció la monarquía anterior. Aquí esperamos que el fin de la Presidencia Imperial se dé por la vía de la democracia, la inclusión y el diálogo, en el marco de la libre discusión de las ideas y no de la estigmatización mediática.
¡Para mí es suficiente!









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