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UBÚ 0

Inconmensurabilidad discursiva y biología mexicana

· julio 1, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

La biología en México tiene una historia compleja, incluso con una faceta negra, primero con una etapa brillante marcada por la fundación de la primera cátedra de la materia en 1902 y la publicación del primer libro mexicano de biología en 1904, por Alfonso Luis Herrera, y luego con la creación de la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento en 1915. Pero a partir de 1929, con el establecimiento del Instituto de Biología de la UNAM, entró en una etapa donde se impuso una orientación descriptivista, centrada en lo morfológico y taxonómico y alejada de la visión de la biología general y del pensamiento evolucionista.

Luego de conversar con el Dr. Sarukhán acerca de las razones de la exclusión de Alfonso L. Herrera de la biología institucional mexicana, pensé que vale la pena analizar el fenómeno desde una perspectiva histórica y sociológica que nos permita remontar la idea de una confrontación personal, y que por el contrario implica un conflicto entre visiones distintas de ver el mundo e intereses gremiales específicos, lo que se denomina inconmensurabilidad discursiva, que implica una inconmensurabilidad socioprofesional.

Cuando trabajaba en mi tesis doctoral “El conflicto entre Alfonso L. Herrara e Issac Ochoterena y la institucionalización de la biología en México” leí el libro de Mario Biagioli Galileo Courtier (Galileo cortesano): the Practice of Science in the Culture of Absolutism (Chicago, University of Chicago Press, 1993) y quedé impactado al llegar al capítulo titulado “Anrthropology of inconmmensurability”, donde analiza el caso de la condena a Galileo, que tradicionalmente se ha dicho que fue producto de la intolerancia religiosa y los prejuicios eclesiásticos y en cambio lo explica como una intriga en la corte de los Medici, por parte de los astrónomos religiosos que lo veían como alguien ajeno a su gremio, al que tenían que eliminar, por lo que el autor postula un tipo de inconmensurabilidad que denomina socioprofesional, que es distinta a la lingüística u ontológica descrita por T. S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas. Explicación que sería válida para el proceso que yo estudiaba en la biología mexicana, donde encontramos una confrontación socioprofesional.

El Padre Ubú es un personaje al que bien puede aplicarse la categoría de inconmensurabilidad, pues no es capaz de comprender lo que piensan los demás y sólo pretende imponer su voluntad. Claro que ésa no es una inconmensurabilidad socioprofesional, pero sí discursiva, en el sentido foucaultiano del término. De hecho, Ubú es una fiel encarnación de un discurso autoritario y despótico de las más oscuras facetas del espíritu humano. Por desgracia, en los orígenes de la biología institucional de México ese espíritu estuvo presente, al extremo que los estudiantes de biología de la Facultad de Ciencias —según me contó el Dr. Sarukhán— apostaban cuánto tiempo durarían en el pasillo del Instituto de Biología sin que los corrieran de ahí, en una actitud por demás intolerante… ¡y eso fue en los años sesenta!

En el programa para la creación del Instituto de Biología de la nueva Universidad Nacional Autónoma de México en 1929, el médico Fernando Ocaranza, para ese entonces ya director de la Escuela de Medicina y por lo tanto miembro del Consejo Universitario, propuso un programa para el instituto donde claramente quedó proscrita la investigación en Biología General y en Origen de la Vida, lo que era una dedicatoria contra Alfonso L. Herrera. El texto a la letra dice al respecto del Instituto: “[…] Tan luego como se convierta en una dependencia universitaria debe estar de acuerdo con lo que demandan desde hace tiempo las corporaciones de obreros como las oficinas que tienen a su cargo el desarrollo de los intereses colectivos o el mejoramiento de los diversos grupos que constituyen la colectividad nacional. Por ahora las investigaciones más urgentes han de referirse al hombre y su medio en nuestro país, por lo que se supone que la base de ellas tiene que ser eminentemente fisiológica por lo cuanto se refiere al hombre y su relación con el medio, han de dirigirse particularmente a cuestiones de higiene y profilaxis. En tal concepto, el personal que debe dedicarse a esta clase de investigaciones aparte de la ilustración biológica general, deberá estar bien dotado de conocimientos doctrinarios y técnicos en fisiología, higiene, microbiología, botánica y zoología.”

Ocaranza junto con Mariano Moctezuma y Samuel Morones propusieron en ese documento que el Instituto se dividiera en cuatro secciones: Fisiología, Farmacología, Botánica y Zoología, y expresaron:

“Como se ve, no se pide por ahora, por no considerarse necesario en el momento actual de reconstrucción nacional, una sección de biología general que investigue, colaborando con Institutos de la misma índole en otros países acerca de problemas tan arduos y trascendentes como son el origen de la vida y el concepto que de ella pueda tenerse; sino que todo su interés se ha de concentrar en la resolución de urgentes problemas nacionales que estén de acuerdo con la organización colectiva, sindical y cooperativista, que desde hace tiempo viene desarrollándose en el país […].”

¡Demagogia pura! en el México posrevolucionario, donde la intención real era la exclusión de Herrera de la biología institucional. Aquí debemos de considerar varios componentes, uno personal y subjetivo que nunca debemos menospreciar en los análisis sociopolíticos, que es el hecho de cómo a su llegada a la Dirección de Estudios Biológicos, Herrera fija líneas de investigación distintas a los intereses particulares de los que con el tiempo serán sus enemigos y detractores. Ochoterena piensa hacer botánica, pero para Herrera debe hacer “biología vegetal” y lo lleva a hacer citología e histología vegetal, que tuvo como consecuencia sus magníficos trabajos sobre el proceso de secreción en las células del maguey del pulque; y a Ocaranza lo obligó a trabajar en algo alejado de la fisiología clínica y continuar los trabajos acerca de la adaptación a las altitudes y la hiperglobulia, que el mismo Herrera había trabajado con Vergara-Lope. Eso les permitió hacer un currículum sólido, pero también motivó un odio enorme. ¡Paradojas de la vida!

Pero ese componente subjetivo, creo que no es lo primordial, aunque también debe ser tomado en consideración. En el caso particular de Ocaranza hay un componente ideológico y, por consecuencia, discursivo, que tiene que ver con su animadversión al pensamiento evolucionista y a su visión religiosa, que lo llevó a escribir su historia de la orden franciscana en la Nueva España y México, por lo cual saber que un hombre pretende entender el origen de la vida, e incluso crearla en el laboratorio, es inadmisible. Esto fue aunado a la visión médica de Eliseo Ramírez —que consideraba a Herrera como un pseudocientífico, al intentar crear vida en el laboratorio— y al oportunismo de Ochoterena, que hábil e inteligente era un pragmático acomodaticio.

No obstante, creo que independientemente de esos elementos subjetivos e ideológicos, debemos enfatizar en el componente de la inconmensurabilidad socioprofesional y discursiva. De hecho, hasta la fecha hay médicos que odian a Alfonso L. Herrera y a Venustiano Carranza por “haber destruido al Instituto Médico Nacional”, y en el discurso de Ocaranza y sus aliados, una cuestión crucial era la reivindicación de “las glorias del Instituto Médico Nacional”. En 1915, cuando Carranza toma el control del país, el Instituto Médico se encontraba en clara decadencia (nada que ver con su origen en el porfiriato) y controlado por un grupo de médicos mafiosos, apodados “La Tenebrosa” (el nombre lo dice todo), liderados por José Terrés, coyuntura aprovechada por Herrera para convencer a Pastor Rouaix de plantear a Carranza la creación de la Dirección de Estudios Biológicos, y además, crear un nuevo gremio, encargado del estudio de la vida, cuando la vida se entendía como patrimonio del médico, lo que en términos de Michel Foucault es “el biopoder”.

En esta lógica, más allá de la inconmensurabilidad socioprofesional, debemos considerar la inconmensurabilidad discursiva que la incluye y la engloba como una categoría de orden superior. Pues el discurso no es lo que dice un gobernante o un funcionario público, sino “un conjunto de enunciados que dependen de un mismo sistema de formación por los cuales uno puede definir una serie de condiciones de existencia y al mismo tiempo un sistema que involucra los objetos, los tipos de enunciación, los conceptos, las elecciones temáticas e involucra una red articulada de nociones y prejuicios que determinan la actuación de los individuos en lo particular y como miembros de una comunidad”. Por esto, en los estudios socioantropológicos el análisis del discurso es crucial, existiendo herramientas computacionales que nos permiten realizarlo (como Réseau-Lu, CorText o Atlas-Ti). En un “discurso” pronunciado por alguien hay un discurso y debemos ser capaces de decodificarlo, y en el caso del conflicto entre Herrera y Ochoterena (y Ocaranza) tenemos discursos contrapuestos e inconmensurables entre sí.

El Padre Ubú tiene un discurso, torpe, burdo, autoritario y elemental, inconmensurable con el saber y la razón, como el de muchos de los gobernantes que aquejan al planeta, el cual debemos ser capaces de confrontar por el bien de la humanidad, ¡por la libertad y la dignidad de nuestro ser!

¡Vamos a interrumpir aquí!

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