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In memoriam de un viejo indecente

· marzo 15, 2016

Ismael Ledesma Mateos

 

El Padre Ubú no era ávido lector, así que no hubiera conocido ni se hubiera apasionado con la literatura de Charles Bukowski, a quien recuerdo el día de hoy, pues murió en este mes de marzo, cuando no puedo dejar de pensar en ¡los maledicentes idus!

Heinrich Karl (Charles) Bukowski nació el 16 de agosto de 1920 en Andernach, Alemania y murió el 9 de marzo de 1994 en Los Angeles, California, a los setenta y tres años. Se trata de un genial y extraordinario escritor que conocí en 1978 gracias a la publicación del cuento “¡Violación!, ¡Violación!” en la pequeña revista universitaria La Pulga Roja, que editábamos en la Universidad Autónoma de Puebla Armando Pinto, Chucho Bonilla y yo, en unas hojas de papel bond dobladas; el texto fue aportado por Chucho, quien ya conocía al autor que, a partir de entonces, se convirtió en uno de mis favoritos. Compré en cuanto pude su libro donde viene ese cuento: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Relatos de la locura cotidiana, en Editorial Anagrama y quedé encantado con el estilo directo de Bukowski, irónico, mordaz, desgarrador, inmerso en la atmósfera urbana en la que vivía en Los Angeles, utilizando un lenguaje agresivo y abordando temas del submundo de la marginación, rayando en lo obsceno y lo violento.

Trasladado a los Estados Unidos desde los tres años, pues su padre era oficial del ejército, el hecho marcó su infancia al sufrir los castigos a los que su progenitor lo sometía en un ambiente de miseria. Trabajó como limpiaplatos, estacionando y lavando autos mientras estudió periodismo, aunque no llegó a graduarse, vagabundeando sin rumbo y entregado al alcohol y escribiendo sus primeros poemas y cuentos.

Charles Bukowski comenzó a trabajar en la oficina de correos de su ciudad en 1956 y a sus treinta y tantos años trabajaba doce horas diarias. Entre la borrachera de la noche anterior, la cruda y los insoportables deberes del día, lo único que ansiaba era soterrarse en su refugio de cuatro paredes, emborracharse con vino barato y escribir. El producto fue una serie de poemas sorprendentemente creativos que lo iniciaron en una genial y sui generis carrera literaria, escribiendo una gran cantidad de libros, relatos cortos y poemas. A los cuarenta y nueve años abandonó la seguridad del empleo en la sórdida oficina de correos para “sobrevivir con el oficio de escritor”. Su primera novela, Post Office (1976), traducida como Cartero (Anagrama, 1983) es de corte autobiográfico y aparece su personaje Henry Chinasky, alter ego que estará presente en la mayoría de sus novelas posteriores.

En la novela, a través de un borracho amigo suyo, se entera de forma casual de que todos los años la oficina de correos contrata personal temporal para atender la sobrecarga de trabajo de la temporada navideña. Luego de su primer contacto y creyendo que se trata de un oficio cómodo y fácil, que además le permitiría desahogar sus impulsos sexuales con algunas de las mujeres con que se toparía, decide presentarse a las pruebas de admisión a cartero suplente. Aprobados los exámenes, comienza a trabajar en un oficio que, poco después, considera obsesivo y duro pero que mantiene durante algo más de tres años.

La realidad es que en ese tiempo apenas descansa por las noches, y parte del día la dedica casi por completo a dos de sus pasiones favoritas: la bebida y la actividad sexual, con especial preponderancia de la primera. No es extraño que la constante cruda y el cansancio lo mermaran y que, por otra parte, su constante rebeldía atrajera la ira de sus jefes, a quienes provoca con sus agudas y sarcásticas respuestas. Sin embargo, cumplido el primer trienio se convierte de forma automática en cartero “regular”, categoría a la que acompañan notables prebendas, como pagas extras, vacaciones, dos días de fiesta semanal, etcétera. Pero una defensa empecinada e irracional de su punto de vista le conduce medio año más tarde a renunciar.

En Dagens Nyheter de Estocolmo se le definió como alguien que realiza su autorretrato “como perdedor conflictivo, rebosante de desvergonzado autoescarnio y truculenta vitalidad… con un talento genuinamente original, comparable a Céline y Miller”; y en L’Express de París como “un mártir truculento del Sueño Americano”. Lo que sea, el hecho es Bukowski fue capaz de retratar en sus obras toda una galería personajes estrafalarios y marginales: prostitutas, alcohólicos, vagos, buscavidas, jugadores arruinados y bravucones que circulan como sonámbulos o pícaros por una ciudad que los rechaza.

Nuestro héroe es considerado un creador del género denominado realismo sucio, desarrollado principalmente en los años setenta, de corte minimalista, con tendencia a la sobriedad y la precisión, principalmente adecuada a relatos cortos. Cuenta con personajes típicos que son seres vulgares y corrientes, que llevan vidas convencionales, cuyos referentes importantes son O. Henry y J. D. Salinger.

La obra de Charles Bukowski recibió tantas críticas negativas como positivas. Se le acusó de practicar un estilo soez como mero exhibicionismo literario y de reiterar sus obsesiones de modo efectista. Otros críticos, en cambio, realzaron su autenticidad y su condición de escritor maldito. El “fenómeno Bukowski” irrumpió en Europa con grandes triunfos editoriales, pero permaneció prácticamente ignorado por los críticos y los lectores de su país. De hecho el Bukowski poeta, a menudo convocado para lecturas de versos en las universidades norteamericanas, gozó de mayor popularidad en Estados Unidos que el escritor, al contrario de lo que ocurrió en el viejo continente.

Algunas de sus obras fueron también llevadas a la pantalla, tal como la magnífica cinta Barfly (Mariposa de bar, 1987) protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway (ver liga al final del texto).

Incisivo y procaz, Bukowski efectivamente nos recuerda a Henry Miller y a Ernest Hemingway (sobre quien escribió un poema donde dice odiarlo); es un verdadero escritor maldito de la parte media del siglo XX. El título de una de sus obras, Escritos de un viejo indecente (1969), me parece por demás genial, ahora que “decente” es un término que he venido utilizando mucho, luego de que en el debate previo a las elecciones del 20 de diciembre de 2015 en España, Pedro Sánchez le espetó al derechista Mariano Rajoy que no es decente y para ser presidente de gobierno hay que ser decente. Esa frase me encantó, sin embargo, la indecencia de Bukowski también, pues no es de corte moral o político, sino existencial: es una transgresión al orden establecido, a la doble moral, la falsedad y la hipocresía. En el marco de la moral de la ambigüedad, Bukowski fue absolutamente congruente, y en ese orden de ideas, ese viejo vicioso del alcohol, de las mujeres, de la escritura, con esa pasión nos da cuenta de una ¡indecencia absolutamente decente!

Como muestra de su escritura viene a mi mente uno de sus textos que me encantan, el cuento “Tres mujeres”, publicado en La máquina de follar y otros relatos de la locura cotidiana, que inicia así: “Linda y yo vivíamos justo frente al parque MacArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre, una visión extraña, parecía un chiste, pues el cuerpo se estrelló en la calle. ‘Dios mío’ le dije a Linda, ‘¡se espachurró como un tomate pasado! ¡No somos más que tripas y mierda y material pegajoso! ¡Ven! ¡Ven! ¡Míralo!’ Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. Luego volvió, me volví y la miré. ‘¡Te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran cuenco de espaguetis y carne podrida, aderezado con una camisa y un traje rotos!’ Linda volvió corriendo al baño y vomitó otra vez.”

Y otro más, que da una idea de su lenguaje y estilo, es el final de “¡Violación!, ¡Violación!”, donde relata lo que hace su personaje luego de salir de la prisión acusado de la violación de una bellísima mujer con la que cogió por voluntad de ella, luego de seguirla desde la parada de un bus. Al buscarla se equivocó de departamento y encontró a una mujer que lo besó y se le ofreció hablándole de sus carencias económicas y el problema de alimentar a su hijo. Salió huyendo y encontró a quien luego lo acusó, pero ahora buscó a aquella de la que escapó y tocó su puerta: “… Pegó su boca a la mía. Fue como una ventosa de goma húmeda. Apareció la lengua gorda. La chupé. Luego le alcé el vestido. Tenía un culo grande y lindo. Mucho culo. Bragas azules anchas con un agujerito en el lado izquierdo. Estábamos enfrente de un espejo de cuerpo entero. Agarré aquel gran culo y luego metí la lengua en aquella boca-ventosa. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes locas. Tenía frente a mí algo grande. […] El hijo idiota estaba de pie en el centro de la habitación y nos sonreía.”

Escatológico y desgarrador, dirían muchos. ¡Sí, pero genial!, digo yo. Al Padre Ubú le parecería alguien complicado a pesar de su sencillez literaria. Se quedaría pensando: ¿qué pedo con ese güey?, pues aunque llegaba a emborracharse con “demasiado vino de Francia” en compañía de Bordura, jamás hubiera podido hacer poesía o narrar en ese estado. Además de que sólo entiende lo que le dicen el mismo capitán Bordura y la Madre Ubú.

ubu.mexicano[email protected]

 

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