Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú estaría encantado al saber de la existencia de una corporación que, aparentando realizar una obra social benéfica y que tiene entre sus propósitos el apoyo a la ciencia, es en realidad una agencia del imperialismo estadounidense: la Fundación Rockefeller.
Cuando estudiamos la historia de la ciencia en países subdesarrollados (periféricos), tanto en América Latina como en otros continentes, podemos darnos cuenta de su enorme poder, tanto en lo económico como en lo político, y su propósito de intervenir en áreas estratégicas.
Si algo nos dejaron claro los diversos estudios sobre la historia de la ciencia y el imperialismo realizados en la década de los ochenta y principios de la de los noventa fue el hecho de que la ciencia tiene un inmenso poder para ejercer control sobre las colonias y expandir los imperios. Las colonias fueron usadas entonces como laboratorios europeos de la modernidad; dejaron de verse como simples lugares de recepción del conocimiento científico occidental: se empezaron a visualizar como territorios vírgenes intelectualmente, donde el conocimiento era una vía más de dominio cultural. Obtener una hegemonía occidental en otra cultura es un proceso mucho más complicado y ambiguo de lo que pensaron los académicos cuando tornaron su atención en el estudio del uso de la ciencia en la historia del imperialismo.*
Con el argumento de la cooperación internacional y el apoyo al desarrollo científico y tecnológico de países emergentes con una base filantrópica, fundaciones estadounidenses, principalmente la Rockefeller, llegaron y han llegado a tener importante injerencia en cuestiones tan importantes como la investigación agrícola (cabe decir, de la que depende la soberanía alimentaria), como en el caso de México, acerca del mejoramiento de maíz y trigo entre los años 1940 y 1960. La revolución verde se basó en el desarrollo agrícola que en 1943 Norman Borlaug inició en Sonora, considerado como exitoso por la Fundación Rockefeller, que buscó propagarlo a otros países.
La revolución verde implicaba también la “extensión” del conocimiento desde los agrónomos a los campesinos. Ese conocimiento era el de la implementación de los insumos del “paquete tecnológico”: semillas mejoradas, tractores y herramientas, pesticidas, herbicidas y fertilizantes. El “súper paquete científico y tecnológico” incluye todo para que usted no se vuelva a molestar en hacer investigación en sus propios campos, ni se vuelva a ocupar de formar esos molestos agrónomos para educar campesinos que le vayan a organizar una revolución… La Fundación Rockefeller trae para usted la revolución verde, garantizada, probada ya en los campos siempre verdes de USA…
Ésa era la política de la Rockefeller: ayudamos a que los países pobres, o subdesarrollados o en vías de desarrollo, tengan ciencia y tecnología a bajo costo: ¿para qué producir si podemos importar? Esto le pareció lógico al gobierno de Manuel Ávila Camacho en los años cuarenta, pero no a Edmundo Taboada (1906-1983) ni luego en los sesenta a Adolfo López Mateos.
Taboada, ingeniero agrónomo, aunque formado en la Universidad de Cornell, New York, intentó con cierto éxito desde la década de los treinta a los sesenta realizar investigación en genética para el desarrollo de semillas para el campo mexicano, no para venderlas al extranjero. La visión de Taboada sobre el mejoramiento vegetal chocó con la de la llamada revolución verde y su “paquete tecnológico”, un proyecto de la Fundación Rockefeller que reunió una serie de innovaciones tecnológicas: semillas mejoradas, aplicación de fertilizantes químicos, insecticidas, herbicidas, introducción de riego y todos los elementos necesarios para explotar el rendimiento de nuevas variedades mejoradas genéticamente.
El Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA) de Taboada, discrepaba de la OEE en cuanto a las estrategias de mejoramiento.
La Fundación Rockefeller dejó de prestar interés a México y las discrepancias existentes contribuyeron a su retiro en 1960 y a la fusión de la OEE con el IIA para formar el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA) en el sexenio de Adolfo López Mateos. En tanto, la Fundación Rockefeller se orientó a la exportación de las tecnologías probadas en México para otros países de América Latina, como, por ejemplo, Colombia.
La importancia de esta colaboración entre ciencia e imperialismo estadounidense apenas ha comenzado a ser estudiada en los últimos años. Un libro pionero en este sentido fue Missionaries of Science: The Rockefeller Foundation in Latin America, editado por el historiador de la ciencia Marcos Cueto. A través de varios estudios de caso, este volumen documentó el rol de filántropos, científicos y médicos como portadores de ideales culturales estadounidenses por todo el continente latinoamericano. Este fue uno de los primeros intentos por mostrar a la ciencia y la filantropía estadounidense como armas importantes de la política exterior de Estados Unidos, así como la participación de los latinoamericanos en este proceso, incluidos científicos, estadistas y el público en general.**
El asunto del imperialismo es de gran importancia para la historia de la ciencia y la tecnología en el contexto de lo que se ha denominado “la ciencia mundo”, idea derivada de la “economía mundo”, parte del “sistema mundo”, postulada por Immanuel Wallerstein, donde los países conocidos como centros, buscan influir, controlar y explotar las periferias sobre todo en lo que toca al flujo de materias primas o recursos naturales. De ahí que el control de la agricultura y su puesta al servicio de los intereses privados y de los grandes capitales resulta de especial interés para el centro del imperio.
Este caso referente a la agricultura mexicana es por demás relevante y el estudio de la Fundación Rockefeller es un tema de gran trascendencia, que nos permite ubicar la historia de la ciencia en el seno de la historia a secas, que debe tener una visión integral que nos lleve a entender cómo política y ciencia son una unidad indisoluble, que el Padre Ubú desearía que todos ignorásemos.
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* Camilo Quintero Toro, “En qué anda la historia de la ciencia y el imperialismo? Saberes locales, dinámicas coloniales y el papel de los Estados Unidos en la ciencia en el siglo XX”, Historia Crítica, No. 31, 2006, pp. 151-172.
** Marcos Cueto (Ed.), Missionaries of Science: The Rockefeller Foundation in Latin America, Bloomington, Indiana University Press, 1994.









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