Ismael Ledesma Mateos
La terminante medida del presidente Andrés Manuel de acabar con el robo de combustible, conocido como “huachicol”, atacando el problema de raíz, ha causado reacciones controversiales, producto de la ignorancia, la falta de compromiso social y de una campaña mediática que constituye un verdadero complot orquestado por los adversarios del nuevo régimen. El fraudulento usurpador Felipe Calderón de inmediato comentó que él combatió el huachicol sin perjudicar a los usuarios de la gasolina. Cualquier persona con mediano grado de inteligencia se preguntaría: ¿y entonces por qué el problema continuó y creció de manera enorme? Es evidente que el huachicol se desarrolló con la complicidad gubernamental y de la empresa paraestatal Pemex, pues de ninguna manera un maleante común y corriente podría saber cómo intervenir un ducto, en qué punto preciso hacer eso y cómo eludir la vigilancia. No se trata de un humilde campesino que hace una perforación y ordeña la tubería, sino parte de una red de información técnica precisa, montada por años.
La oposición, principalmente panista, ha aprovechado el descontento por el desabasto de gasolina para atacar al gobierno de México. Vicente Fox agrede vehementemente, cuando en realidad el problema viene desde su sexenio, pasando por los de Calderón y Peña Nieto. Los columnistas reaccionarios no dejan de insistir en que la estrategia fue incorrecta, cuando era necesario parar en seco ese grave delito en contra del patrimonio nacional, pues los hidrocarburos son eso. No bastó con la “reforma energética”, orientada a la privatización del petróleo, sino que el atraco fue complementado con el saqueo a Pemex para llevar a la empresa a su desmantelamiento total, como si el cometido fuera acabar con el legado de Lázaro Cárdenas.
El huachicoleo es por tanto un ataque a la nación y enfrentar el problema de manera enérgica es algo trascendental. Por cierto, Puebla es uno de los estados con mayor incidencia de este delito, el cual se acrecentó durante el sexenio como gobernador del supuestamente difunto Rafael Moreno Valle. Es digno de considerarse que poco después del helicopterazo del 24 de diciembre, AMLO lanzó la ofensiva en contra del huachicoleo, luego del aparente deceso de quien fue considerado “el rey del huachicol”, sin que eso signifique una acusación en una secuencia de hechos, donde están sin duda involucrados desde altos mandos de Pemex hasta trabajadores de confianza y de base, así como autoridades policiales y militares.
El término “huachicol” se ha convertido en un fenómeno sociolingüístico del siglo XXI y posee su historia. Según Arturo Ortega Morán, escritor mexicano especializado en el origen de las palabras y expresiones del castellano, la palabra “huachicol” proviene del latín aquati, que significa “aguado”. Durante el siglo XVI aquati aludía a una técnica empleada en la pintura que consiste en diluir los pigmentos en agua. Al emplearse esta palabra en Francia, se transformó en gouache, conservando su significado. Posteriormente, al llegar el nombre de esta técnica a México durante el siglo XIX solía referirse a como “pintar a la guach”. En esa época a los vendedores de tequila y aguardiente que diluían las bebidas con agua para obtener más ganancias, se les comenzó a nombrar con el apelativo de guachicolero o huachicolero. De manera análoga, se les comenzó a llamar así a los comerciantes de combustible que rebajaban con agua gasolina o petróleo para lograr mayores ganancias. Actualmente la palabra “huachicolero” se utiliza para denotar a una persona dedicada al robo, traslado ilegal y venta de hidrocarburos (México Desconocido, 09-01-2019).
No obstante, se trata de una palabra que designa una cosa trascendente en la vida económica y política de la nación. La aprobación a la estrategia gubernamental contra el huachicol ha sido monitoreada por diversos medios. Según el diario Reforma, 62% de los encuestados está a favor de las acciones de AMLO; de acuerdo a El Financiero, 89%; con Consulta Mitofsky, 56.7%, y para De las Heras Demotecnia, 72%., lo que deja ver que a pesar de la campaña adversa al gobierno, un gran sector de la población sigue siendo proclive a sus acciones. Los huachicoleros son una expresión del mundo de corrupción en el que México se vio hundido con el robo de la savia de nuestro subsuelo, símbolo de la nación que representó la culminación de la revolución mexicana con la expropiación y nacionalización de esa industria con Lázaro Cárdenas.
México debe cambiar, ésa es la esencia de lo que AMLO ha llamado “la cuarta transformación”. La torre de Pemex, un símbolo de modernidad y de progreso, devino en un centro de corrupción. Es imposible pensar que no se supiera ahí qué gasolineras seguían surtiendo a los vehículos sin comprar a la paraestatal, pues eran abastecidas por los huachicoleros. Actuar en contra de ello tiene dos aristas, una de política, económica, real y otra simbólica, que tiene que ver con el valor histórico del petróleo y sus derivados para la construcción de una nación soberana. El símbolo también es energético: la electricidad, nacionalizada en 1960 por el presidente Adolfo López Mateos, trae a mi mente la frase de Lenin: “El socialismo son los soviets más la electrificación”, con la clara idea de que se trata de un motor de progreso,
La derecha no dejará de buscar oportunidad para atacar al nuevo gobierno; buscará por todos los medios cualquier resquicio en el que pueda meter su cizaña. “Primero tenemos las largas filas por gasolina, luego será por alimentos”, dicen, buscando generar un ambiente de terror y desconfianza, pues según los sátrapas nacionales “México será como Venezuela”. De hecho, en una entrevista televisada la presidenta de una organización de comerciantes afirmaba que el desabasto de gasolina llevaría al de alimentos y/o a su encarecimiento, algo que al trasmitirse de manera masiva con seguridad produce miedo o incluso pánico en las mentes débiles. Es importante observar el comportamiento mediático que en todo momento se ha encaminado a sembrar la inquietud y la zozobra. De ahí resulta interesante el contraste con las cifras mencionadas, donde se demuestra que los enemigos del nuevo gobierno no han logrado su objetivo.
Acertadamente el diario El País en su edición América, el 13 de enero en su nota de principal dice: “El combate al robo de combustible mide la fuerza de López Obrador”. Así es un gobierno de transformación: tiene que demostrar su poderío, afrontar vicios históricos e inercias que llevaron a la institucionalización de la corrupción en México. Cuando se pensó en el absurdo de “institucionalizar la revolución”, creando un partido con ese nombre aberrante (PRI), lo que ocurrió fue sentar las bases para lo que más tarde sería la institucionalización de la corrupción.
En la nota del diario español se asienta: “El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, ha iniciado una ofensiva contra el robo de combustible, un delito que ha gozado de impunidad en los sexenios anteriores y cuyo combate ha impactado en el día a día de todos los mexicanos… La lucha contra el robo de gasolina evidencia también un secreto a voces: la relación de la petrolera estatal, Pemex, con los hurtos. Tres funcionarios han sido acusados penalmente y el exjefe de seguridad de la empresa está siendo investigado por su participación en la red. El propio López Obrador ha asegurado que la trama ha germinado desde el corazón de la petrolera en su sede en la Ciudad de México y se ha extendido hasta las zonas rurales del centro y occidente del país. El Estado pierde cada año hasta 3000 millones de dólares por culpa de los robos.”
Pero mientas un diario internacional expone con tal claridad los hechos, medios mexicanos, escritos, televisivos o radiofónicos buscan generar el desconcierto, fundamentalmente en sectores sociales sin convicciones, como suelen ser las clases medias, para las que el automóvil es un símbolo de estatus y la falta de gasolina equivale a la inanición.
Ya provoca flojera leer a lo columnistas que sólo ladran en contra de AMLO. Creo que lo que anhelan es una revuelta de cacerolazos, como en Chile en contra del gobierno de Salvador Allende. En el México de hoy es difícil de lograr ese anhelo. El presidente, con todos los errores que como humano y político debe tener, posee la habilidad para sortear las vicisitudes y un gran equipo que lo respalda. Para fortuna de la nación no está solo, aunque sus detractores busquen pintarlo como un autócrata autoritario, aunque sí, para gobernar —que no administrar— se requiere autoridad, entereza y fuerza y la lucha contra el huachicol representa eso.
Los datos que he mencionado acerca de la opinión pública, de las medidas del gobierno federal, así como entrevistas que he visto en Canal 11 (televisora oficial que no está al servicio de intereses privados ligados a la derecha) dan cuenta del respaldo social a las medidas que se han emprendido, donde todos esperamos que el abasto de gasolina se normalice y se pueda frenar paulatinamente el enorme robo del que la nación ha sido objeto. Los sabotajes a los oleoductos que abastecen a la Ciudad de México es otra prueba del intento del crimen organizado ligado al huachicol para atacar al nuevo régimen, que no podrá prosperar. Se trata sin duda de un primer reto para la Cuarta Transformación, que pasó por el incidente de la caída del helicóptero donde viajaban los Moreno Valle, hecho que trató de ser utilizado obscenamente por los panistas para agredir al gobierno de la república, lo que indica que vendrá un sexenio de ataques por la causa que sea, pero de los que estoy seguro saldremos adelante, gracias a la voluntad política de Andrés Manuel López Obrador y su equipo, que ha sido eficaz en implementar acciones como la compra de 500 pipas, para garantizar el abastecimiento del combustible, a pesar de que el día lunes 13 de enero, el mencionado oleoducto fue saboteado nuevamente.
El Padre Ubú estaría azorado. Pensaría: ¡qué cosas tan feas! Su reino era pequeño, podría decirse aldeano, con una economía simple, donde un emporio como Pemex sería impensable, pero México es otra cosa, es un país abigarrado y complejo, multiétnico y multicultural, un crisol donde se fundieron elementos realmente disímbolos, donde efectivamente han ocurrido varias trasformaciones, y por ello ahora de busca una cuarta.
¡Para mí es suficiente!









No Comments