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Historiadores en El Colegio Nacional

· marzo 3, 2016

Ismael Ledesma Mateos

El Padre Ubú en su reino jamás hubiera concebido algo tan complicado y selecto como es El Colegio Nacional: la institución simbólica más importante dedicada a las ciencias, las humanidades, el arte y la cultura en general en México. No se trata de una escuela donde se imparta docencia y tampoco un instituto de investigación. Es una corporación que reúne a lo más selecto del saber en nuestro país y, como ha señalado en su decreto fundacional: “Una comunidad de cultura al Servicio de la Sociedad”.

Su decreto procede del 8 de abril de 1943 por parte del presidente Manuel Ávila Camacho y fue inaugurado el 15 de mayo de ese mismo año, con quince miembros que luego nombraron a otros cinco, pues el documento fundacional preveía veinte. Sus integrantes en diferentes momentos han sido casi setenta, dado que muchos han fallecido. Los miembros son cuarenta a partir del decreto del presidente Luis Echeverría del 4 de abril de 1972, número que perdura hasta la fecha; para un nuevo ingreso debe de existir una vacante, normalmente por muerte de alguno de ellos.

El Colegio Nacional se funda inspirado en una institución muy similar, Le College de France, que igualmente se dedica a la docencia escolarizada o investigación, aunque se imparten conferencias y ciclos de ellas a manera de cursos. No debe confundirse con El Colegio de México —que sí es una institución de enseñanza con licenciaturas y posgrados, además de centros de investigación—, error muy común incluso a nivel periodístico y hasta en círculos académicos. Alguien conocedor de la cultura francesa inteligentemente aconsejó a Ávila Camacho la importancia de crear una instancia así, en un momento de desarrollo nacional, aun en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Fue una de las grandes aportaciones del sexenio avilacamachista al saber y la cultura, además de la fundación del observatorio de Tonanzintla (hoy Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, INAOE).

El Colegio Nacional me ha impactado desde que sé de su existencia y lo visité por primera vez en el contexto de un acontecimiento altamente significativo: la publicación en 1994 de una convocatoria para elaborar las Obras completas de numerosos miembros de El Colegio Nacional que no habían sido publicadas por la institución, esto por medio de un concurso. Mi gran amigo Antonio Lazcano Araujo me propuso que editáramos la obra de Isaac Ochoterena, uno de sus fundadores, pues en esos años yo me dedicaba a estudiar a ese personaje como parte de mi tesis doctoral (“El conflicto entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena y la institucionalización de la biología en México”). Nos presentamos y ganamos el concurso, que aunque fue un gran honor implicó un trabajo agobiante sumamente complicado, pues no es lo mismo hacer la obra de alguien vivo con archivos, descendientes y discípulos, lo cual no era el caso sino que se trató de una ardua investigación histórica que ha rendido tres voluminosos tomos a lo largo de varios años.

Toño me acercó a esa institución fascinante, llena de contrastes y claroscuros, como la dificultad para el ingreso de muchos de sus miembros y otros con todos los merecimientos que no pudieron lograrlo. Lazcano es un representante de quienes verdaderamente se han ganado estar ahí y es miembro de El Colegio Nacional desde el 6 de octubre de 2014.

Pero ahora mi intención es centrarme en los historiadores que han formado parte de él, grandes maestros de la ciencia social heredera de Clío: Silvio Zavala, Luis González y González, Daniel Cosío Villegas, Enrique Krauze y a partir de la semana pasada Javier Garciadiego Dantán.

Silvio Zavala Vallado (1909-2014) ingresó a El Colegio Nacional el 14 de abril de 1947. Fue uno de los historiadores más importantes del país, quien se dedicó entre otros temas a la Conquista y al régimen virreinal, destacando sus estudios acerca de la encomienda indiana y su libro de 1987: El servicio personal de los indios en la Nueva España. 1576-1599. También fue diplomático, delegado permanente de México ante la Unesco (de 1956 a 1963) y embajador en Francia. Fue profesor emérito de El Colegio de México, del que fue parte en el Centro de Estudios Históricos. Cuenta con un busto en el Archivo de Indias de Sevilla.

Daniel Cosío Villegas (1898-1976) ingresó a El Colegio Nacional el 7 de mayo de 1951. Se trató no sólo de un historiador académico, sino de un intelectual comprometido con su tiempo. Fue uno de los hombres que alentaron la iniciativa de Lázaro Cárdenas de recibir en México a exiliados de la Guerra Civil española y con muchos de ellos, junto con Alfonso Reyes, fundaron la Casa de España que luego se convertiría en El Colegio de México, del que Cosío Villegas fue fundador y director.

Fue un historiador de la política contemporánea de su tiempo, donde resalta su inicio en 1947 con el ensayo: “La crisis de México, una explicación del fracaso de las promesas de la revolución mexicana” y durante el sexenio de Luis Echeverría, de quien fue duro crítico, publicó una tetralogía de libros: El sistema político mexicano, El estilo personal de gobernar, La sucesión presidencial y La sucesión presidencial: desenlace y perspectivas. En el primero definió bien al sistema político posrevolucionario: “una monarquía absoluta, sexenal y hereditaria por línea transversal”. Denunció el tapadismo, la corrupción y la demagogia. Calificó al sistema mexicano como una disneylandia democrática. Formador de historiadores contemporáneos, se trata de un referente determinante en el pensamiento mexicano.

Miguel León-Portilla (1926) ingresó a El Colegio Nacional el 23 de marzo de 1971, con una disertación sobre la historia y los historiadores del México antiguo. Su interés central ha sido la historia prehispánica, siendo además un experto en filosofía y literatura náhuatl. Es investigador emérito de la UNAM desde 1988 y en 1995 el Senado de la República le otorgó la Medalla Belisario Domínguez. Con muchos otros reconocimientos, su producción es impresionante, y entre sus libros destacan: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1956). Esta obra fue su tesis doctoral y desde entonces se ha editado diez veces y traducido a diversos idiomas, como el inglés, el italiano, el ruso y el alemán. León-Portilla explica que, si bien los aztecas no tenían filosofía como tal desde el punto de vista moderno, sus tlamatinimê procuraban entender el mundo, haciendo preguntas e indagando al respecto.

Otra obra de gran importancia fue Siete ensayos sobre cultura náhuatl (1958), pero sin duda la más conocida, popular y famosa fue Visión de los vencidos (1959), traducida a una docena de idiomas. En este breve libro, León-Portilla reúne varios fragmentos de la visión náhuatl de la conquista española, desde las premoniciones de Moctezuma hasta los Cantos tristes (icnocuicatl) posteriores a la Conquista. Se trata de un personaje indispensable para el pensamiento y el saber de nuestro país.

Luis González y González (1925-2003) ingresó a El Colegio Nacional el 8 de noviembre de 1978. Su principal interés fue la historia de la revolución mexicana y del presidencialismo en México. Publicó artículos en varias revistas internacionales, así como en Historia Mexicana, de la cual fue director.

Fue sin duda un gran maestro de varios historiadores mexicanos contemporáneos, y desarrolló una nueva forma de hacer historia, que implica el relato de los acontecimientos y las reflexiones y explicaciones en torno a un fenómeno histórico, poniendo atención en pequeños acontecimientos, por lo que se le considera fundador de la microhistoria en México, donde destaca su libro Pueblo en vilo, acerca de la pequeña población de San José de Gracia, Michoacán, donde nació y murió. La justificación para cultivar la historia de las comunidades pequeñas tiene como fundamento considerar “que la historia de una partícula social ilustra la historia de toda una nación”, “aporta experiencias humanas ejemplares para cualquier hombre, tanto porque los campesinos tienen cosas que enseñar”, como porque “se alcanza una mayor aproximación a la realidad humana”, pues la educación histórica de la niñez debe comenzar con el relato del pequeño mundo donde vive el niño” y porque es un gimnasio historiográfico para los estudiantes de historia, ya que “la historiografía local, como ninguna otra, exige la aplicación de todas las técnicas heurísticas, críticas, interpretativas, etiológicas, arquitectónicas y de estilo; es la mejor manera de poner en práctica todos los pormenores del método”. Con su obra se tiene una importante contribución a la teoría de la historia.

Pero luego de estos grandes personajes, verdaderos maestros de la disciplina en México, El Colegio Nacional ha incorporado a otros dos importantes historiadores:

Enrique Krauze (1947), quien ingresó el 27 de abril de 2005 y sus intereses principales son la historia de la revolución mexicana y la historia política contemporánea. Se trata de un personaje polémico por la reivindicación de una postura liberal; cuestiona severamente tanto a las izquierdas como a las derechas, aunque ha sido muy criticado por su cercanía con Televisa, para la que ha producido numerosos programas y una telenovela. Se trata de alguien que ha buscado un estilo distinto de hacer historia. Ingeniero industrial de profesión, se doctoró en historia en El Colegio de México, donde fue profesor. Su actividad periodística ha sido intensa y por más de veinte años colaboró con Octavio Paz en la revista Vuelta, de la que fue secretario de redacción de 1977 a 1981 y subdirector de 1981 a 1996. En 1991 fundó la productora Clío TV y desde 1999 dirige la revista cultural heredera de Vuelta: Letras Libres.

A partir de la publicación de Caudillos culturales en la revolución mexicana, producto de su tesis doctoral, ha escrito una gran cantidad de libros, entre los que destacan los ocho volúmenes de su Biografía del poder, los cuales constituye un importante referente para el estudio de la historia de México. Una importante aportación de Krauze es el énfasis puesto en la biografía, que es indudablemente un recurso metodológico fundamental para comprender la historia. Género abandonado, e incluso despreciado por muchos, la biografía es algo que debe ser rescatado y vinculado con todos los componentes del fenómeno histórico. Esa la principal contribución de Krauze.

El pasado jueves 25 de febrero de este 2016 ingresó a El Colegio Nacional el Dr. Javier Garciadiego Dantán (1951), también interesado en la historia de la revolución mexicana y actualmente en particular en el surgimiento del “constitucionalismo”, tema sobre el que disertó en la ceremonia de ingreso. Garciadiego, entre sus principales publicaciones tiene: Así fue la revolución mexicana (1985-1986) en ocho volúmenes; Rudos contra científicos. La Universidad Nacional durante la revolución mexicana (1996); Porfiristas eminentes (1996); La revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios (2003); Alfonso Reyes (2004); Introducción histórica a la revolución mexicana (2006) y Cultura y política en el México posrevolucionario (2006).

Yo conocí la obra de Garciadiego precisamente por Rudos contra científicos, que leía cuando realizaba mi tesis doctoral y me encantó por su pretensión de ser una historia política conjugada con una historia cultural, donde analiza la acción política de la comunidad universitaria entre 1910 y 1920, dando cuenta de sus relaciones con el orden porfirial, su antimaderismo, su apoyo a Huerta y el posterior acercamiento con el carrancismo. Se trata de una visión innovadora que cuestiona la idea del carácter revolucionario de los jóvenes y los intelectuales de esa época.

La llegada del autor de esta importante obra, junto con todas las demás que ha escrito, contribuirá a los aires renovados que El Colegio Nacional ha ido adquiriendo. Garciadiego es un académico e investigador experimentado, que ingresa con todos los merecimientos, con experiencia directiva. Habiendo sido presidente de El Colegio de México cuenta con la visión de la dimensión institucional necesaria para la realización de una historia de calidad. Sin duda fue un acierto su designación.

El Padre Ubú quedaría anonadado por las complejidades de la vida académica. Se preguntaría por qué el escudo de El Colegio Nacional es un águila con las alas desplegadas para emprender el vuelo. La respuesta es que ese vuelo debe llevarla hacia el saber y éste hacia la libertad, por eso su lema es: “Libertad por el saber”.

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