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02 REPOSICION Helia Bravo Hollis.
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Helia Bravo, la primera bióloga de México

· octubre 12, 2018

Ismael Ledesma Mateos

El 30 de septiembre de 1901, en la Ciudad de México, nació Helia Bravo Hollis. Muy cerca de cumplir los cien años, cuatro días antes, el 26 de septiembre de 2001 ella murió. Yo viajaba en un avión rumbo a París cuando leí en un periódico que le estaban realizando varios homenajes con motivo de su centenario. Lo cerré y pensé: “Con todo esto la van a matar”, pues yo la puede conocer ¡y sabía que era una mujer muy sensible! Cuando escribía mi tesis de doctorado acerca de la institucionalización de la biología en México y preparaba la edición de la obra completa de Isaac Ochoterena para El Colegio Nacional, le hice una entrevista en su bello departamento frente al Parque Hundido. Me percaté de su personalidad, por lo que sabía que esos eventos podrán alterarla, considerando su edad.

La conocí el día de la ceremonia inaugural de los cursos de la Escuela de Biología de la UAP en 1987, a la que invité a los biólogos fundadores de la enseñanza y la investigación de esta ciencia en el país, donde disertó don Enrique Beltrán, quien obtuvo el primer título equivalente al de biólogo en México: “Profesor Académico en Ciencias Naturales”, pero simbólicamente también estuvieron las doctoras Helia Bravo Hollis, Margarita Bravo Hollis (su hermana), Leonila Vázquez y Anita Hoffman. Mi idea como director era partir de las raíces históricas de la carrera, como eje de inicio de esta nueva escuela universitaria; todos ellos fueron personajes imprescindibles en la historia de la ciencia nacional.

¿Cómo empezó la biología en México? Justo Sierra era el intelectual orgánico del gobierno de Porfirio Díaz y en su idea de crear la Universidad Nacional de México un paso crucial fue crear una escuela que se encargara de la formación en ciencias “básicas” y humanidades, que se denominó Escuela Nacional de Altos Estudios, la cual se estableció en un bello edificio en la esquina de la calle de Licenciado Verdad y República de Guatemala, que más tarde fue la rectoría de la universidad, donde se realizó la arenga por la autonomía de la universidad en 1929 y que también albergó una preparatoria y la escuela de odontología. Pero su vocación original fue cultivar las más altas expresiones del saber, la ciencia y la cultura. Sin embargo, cuando se creó la carrera de “Profesor Académico en Ciencias Naturales”, en 1911, no se inscribió ningún alumno, aunque se impartían las materias del plan de estudios como cursos libres (materias sueltas) que cursaban abogados, médicos, profesores e interesados en general.

Fue hasta 1922 que se inscribieron dos estudiantes a la carrera: Enrique Beltrán y Enrique Cortés, aunque finalmente sólo se graduó Beltrán (los tecnócratas de la educación dirían que tuvo una eficiencia terminal del 50%), pero las circunstancias que condujeron al desarrollo de la carrera de biólogo en México cambiaron radicalmente con la exclusión de Alfonso L. Herrera del ámbito de la ciencia institucional, debido a la toma de control de la biología mexicana por Isaac Ochoterena, quien se convirtió en jefe de la materia de biología en la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional de México en 1921, donde recibió un magnífico grupo de alumnos donde seleccionó a los mejores, entre ellos Helia Bravo Hollis.

Ochoterena, un hombre pragmático, habilidoso, al mejor estilo de los regímenes posrevolucionarios que dieron lugar al PRI, supo acomodarse y conseguir un poder hegemónico, en el que esos alumnos que reclutó cuando eran muy jovencitos (la preparatoria empezaba luego de la primaria, pues no existía la secundaria) lo acompañaron desde ese momento y conformaron lo que sería el germen de la comunidad de biólogos de México. Se trata de una historia que enlaza la relación indisoluble entre la ciencia, la educación y la política. Parafraseando a Dominique Lecourt en su magnífico libro Lysenko: Historia real de una ciencia proletaria: “El asunto no fue en lo absoluto académico.”

Pero más allá de las absurdas y abyectas posiciones de los defensores de la burocracia institucional, que evaden la verdadera y cruda historia de la ciencia, el caso de la doctora Helia Bravo es emblemático. Era casi una niña, una adolescente cuando entró en el mundo de la academia. Tomaba su clase, y realizó los apuntes de ésta. Cuando realicé la obra completa de Ochoterena para el tomo II mi amigo Alejandro Meneses (ya muerto), que hacía la corrección de estilo, me dijo: “Está muy raro, está hecho de redacciones disímiles.” Y bueno, años después, cuando entrevisté a Helia Bravo, me contó que el libro era así pues eran los apuntes de clase de Ochoterena que ellos (los alumnos) trascribieron a máquina, y de ahí se formó el libro Lecciones de Biología, de 1922.

Conocer de manera directa a Helia Bravo era importante para el entendimiento del proceso de institucionalización de la biología en México, pues fue la primera mujer que cursó de manera formal el plan de estudios completo de una carrera antecedente de la de biólogo, que tenía el nombre de “Maestría en Ciencias Biológicas”, aunque en realidad era una licenciatura y no una “maestría” en los términos que entendemos actualmente. Su examen profesional se realizó en 1931, en las instalaciones del Instituto de Biología de la UNAM en la Casa del Lago de Chapultepec, con la tesis: “Contribución al conocimiento de las cactáceas de Tehuacán”. Por cierto, al poco rato se presentó el segundo examen profesional, que fue el de Leopoldo Ancona Hernández, con la tesis: “Los chilocuiles o gusanitos de la sal de Oaxaca”.

Helia Bravo comenzó trabajando con Ochoterena en la temática que él cultivo inicialmente, antes de dedicarse a la histología, pues empezó como botánico, interesado en las cactáceas, y en esa dirección encaminó a su alumna. Juntos escribieron un pequeño libro sobre esas plantas, pero ya formada como joven investigadora ella publicó el primer volumen de su magna obra, Las cactáceas de México, que al momento de mostrársela a Ochoterena, donde ella aparece como autora única —según me narró en la entrevista—, él le dijo: “Así que usted ya puede sola”, en un tono por demás prepotente y agresivo, ante lo cual ella fue a su escritorio y redactó su renuncia al Instituto de Biología, al cual no volvió hasta que Ochoterena —que lo dirigió de 1929 a 1946— ya no estaba ahí. Fue así como su primera alumna salió de la institución a cuyo inicio contribuyó.

La entrevista que pude hacerle es una de las más gratas experiencias de mi vida. Llegué a su departamento, nos sentamos en la sala y saqué mi grabadora. Ella me dijo de inmediato que “quitara eso”, así que tomé libreta y pluma. Pero no decía nada, estaba como paralizada, y yo, desconcertado, le hacía preguntas que no me respondía, pero de pronto se levantó, abrió una vitrina, de la que sacó dos bellas copas de cristal de Bohemia y una botella de oporto Ferreira, me sirvió y luego me dijo en tono imperativo: “Tome.” Para mí era muy temprano (cerca de las 11:30 de la mañana), pero la obedecí. Luego de la tercera copa comenzó a hablar acerca de vivencias interesantísimas, como la manera en que se inició en la biología en la Escuela Nacional Preparatoria, su vínculo con Ochoterena y su decepción ante su despotismo.

De pronto llegó al departamento su hermana Margarita, otra gran bióloga, dedicada al estudio de los gusanos, la helmintología, la gran maestra de Zoología II en la Facultad de Ciencias de la UNAM, que se molestó de mi presencia y de lo que escuchó que Helia me contaba. Le dijo que no hablara del pasado ¡ni de esas cosas horribles!, que me fuera. Ante eso Helia le dijo que se retirara a su recámara, pues era su invitado. Riñeron de manera fea, pero ella siguió hablando conmigo y tomando oporto. Yo, en ayunas, cuando terminó la entrevista salí mareado y con malestar por lo dulce del vino y tuve que buscar un lugar para tomar un whisky para sanar mi malestar y comenzar a procesar esa maravillosa entrevista.

Ése fue mi contacto personal con esa extraordinaria mujer, formadora de generaciones, en cuyo honor, el Jardín Botánico de la UNAM lleva su nombre y a la que la Escuela de Biología de la UAP otorgó la medalla “Alfonso Luis Herrera López” en los tiempos de Hugo Mejía Madrid como director, quien retomó la tradición que yo fundé. Una iniciativa por demás acertada, pues se trata de una bióloga admirable, ejemplo para todas las jóvenes que aspiran a ser científicas.

En reconocimiento a ella, Liliana Felipe escribió la canción “Las suculentas” (en clara alusión a las cactáceas), también interpretada por Susana Zabaleta, que significa un acercamiento entre el arte y el conocimiento científico.

Inmerso en los recuerdos de 1968 y en particular del 2 de Octubre, omití escribir acerca esta grandiosa mujer, la primera bióloga mexicana, que siempre será importante tener presente. Y bueno, si quisiera hacer una lista de biólogas admirables, no podría acabar y debo resaltar a las egresadas de la Escuela de Biología de la UAP (nunca escribiré BUAP), que han hecho contribuciones relevantes y significativas a la ciencia en el país.

La Madre Ubú diría: “¿Una bióloga? ¿Qué es eso?” Bueno, en su reino, el que en realidad cogobernó —para mal— con el Padre Ubú, la ciencia no existía y mucho menos era pensable ese papel protagónico de la mujer para algo que no fuera el mal, la codicia y la ambición.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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