Ismael Ledesma Mateos
Premio Xavier Villaurrutia 1974 por su novela La princesa del Palacio de Hierro, Gustavo Sainz es para mí uno de los mejores escritores mexicanos del siglo XX, alguien cuya contribución literaria en los tiempos del fin del siglo mereció ser resaltada, además de ser uno de mis autores favoritos a nivel mundial. El pasado 26 de junio falleció en la ciudad de Bloomington, Indiana, en los Estados Unidos, a punto de cumplir 75 años. Él desde hace muchos años se encontraba en una suerte de autoexilio sobre el que vale la pena reflexionar.
¿Por qué Gustavo Sainz aceptó la invitación de la Universidad de Indiana para impartir literatura —luego de dictar clases en otras— e irse definitivamente de México? La tentación del autoexilio es algo presente y a veces muy fuerte entre muchos intelectuales, científicos y escritores, lo cual puede darse por diversas razones, sean estas económicas, políticas o subjetivas. ¿Se vale el hartazgo? Claro que sí, y México es un país del que es fácil hartarse. Gustavo Sainz no fue el único en irse y, en lo personal, aunque las letras mexicanas perdieron mucho, él hizo bien en hacerlo.
Fue en los años ochenta cuando Sainz emigró, luego de una carrera por demás exitosa, durante la que fue director del Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes; fundó la colección Sepsetentas de magníficos libros, muchos de los cuales recuerdo con aprecio, además de que dirigió La Semana de Bellas Artes, semanario cultural encartado en varios periódicos. En su incursión en la academia fue profesor y director del Departamento de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde tuvo como alumnos a David Martín del Campo, Ángeles Mastretta, Rafael Vargas y Arturo Trejo, entre otros.
Aun así decidió dejar el país, tal vez orillado por la cerrazón creciente del ámbito intelectual mexicano, que se fue haciendo más patente, además de condiciones de acoso por parte de ciertos ámbitos gubernamentales, en contra de su trabajo en la Revista de Bellas Artes. Según se cree, él esperaba cierto impacto por su decisión, pero pasó prácticamente inadvertida en el país.
La obra de Gustavo Sainz constituyó algunas de mis lecturas fundamentales en una época en la que la novela se convertía, en lo personal, en una forma de liberación de la pesada —aunque apasionante— disciplina del laboratorio, que abría por otra parte un espacio para la reflexión sobre cuestiones diferentes a las biológicas, aunque referentes a “la vida”. El componente existencial presente en sus novelas encajó perfectamente en el esquema intelectual en el que me encontraba en ese momento, donde la literatura era un complemento indispensable de la actividad experimental y en ese mi proceso formativo.
Cuando todo mundo hablaba de otra muerte, me enteré de la de Gustavo Sainz, aunque había ocurrido días antes de que apareciera la noticia, pues sus allegados mantuvieron la información con total reserva, tal vez por cierto malestar respecto al trato que se dio a su esplendida obra. Fue un despertar triste para mí, indudablemente. Sus novelas las leí cuando era muy joven; me gustaría leerlas de nuevo. Sobre todo ahora, que frecuento el rumbo del Templo Mayor por su cercanía con El Colegio Nacional, pienso siempre en Fantasmas aztecas.
Como señala Ruth Levy: “Gustavo Sainz, como por fortuna otros escritores, va a transgredir cualquier tipo de canon y a evadir trucos literarios en los que se han amparado tantos para criticar a su entorno; tampoco temió ser castigado cuando, desde su primera novela: Gazapo, ha escrito acerca de los medios de información, de la religión, o del sistema gubernamental y educativo; ni ha adoptado algún riguroso precepto literario.” Fantasmas aztecas es un claro ejemplo de cómo Sainz ejerce su libertad de creación literaria. La obra es un buen ejemplo de su estilo particular y original. Se trata de un autor que, sin decirlo de forma explícita, deja ver en sus textos formas de presentación argumentativa que sugieren modalidades de enunciación adaptadas a un hecho narrativo, lo cual me lleva a pensar en las formas de enunciación que constituyen el discurso de acuerdo con Michel Foucault.
El mérito literario de Sainz es grande, lo cual adquiere valor histórico: fue uno de los primeros en recrear el lenguaje de los jóvenes de la época, directo y coloquial, y junto con Parménides García Saldaña y José Agustín se considera el precursor de la llamada “literatura de la Onda”, que cuestionaba severamente el orden establecido, al PRI-gobierno. En verdad, un movimiento con un fuerte componente contracultural.
Precisamente en la época en que leía todas las novelas de Gustavo Sainz que cayeron en mis manos, leí también Ubú Rey, de Alfred Jarry, enganchado en ese contexto vivencial.
La lectura de la obra de Gustavo Sainz, su riqueza existencial, conjuga lo humano, lo cultural y lo político —incluso de una tortuosidad vivencial—, que la inmediatez y la falta de elegancia del Padre Ubú jamás le permitiría concebir ni comprender. Exactamente el orden establecido, el statu quo que el escritor cuestiona en su producción literaria, es precisamente el mundo cómodo, autoritario y despótico que pregona el Padre Ubú, por lo que bien podría decirse que la obra de Sainz es un Anti-Ubú, en un sentido apropiado del término.









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