Ismael Ledesma Mateos
El viernes por la noche vi por el canal 11 del IPN una película extraordinaria, Infancia clandestina, producida en Argentina y dirigida por Benjamín Ávila. Trata sobre la vivencia de Juan, un niño de once o doce años, en el seno de una familia de guerrilleros urbanos, los llamados “montoneros”, durante la dictadura militar de 1976 a 1983. En la clandestinidad Juan pasará a ser Ernesto (como el Che), cuya imagen, e incluso la de su muerte, aparecerá al final de la película. Es una narración estremecedora de lucha y calor humano muy recomendable, sobre todo en estos tiempos de apatía, desesperanza y violencia. Esto me ha llevado a reflexionar acerca de la importancia de los movimientos guerrilleros en América Latina, especialmente el caso de México.
Las acciones del Che Guevara tuvieron impacto en nuestro país y de muchas formas se vieron reflejadas en el movimiento estudiantil de 1968 y otros posteriores en los cuales el común denominador es la esperanza de que otro mundo es posible.
Cuando el Estado decide ignorar sus demandas de diálogo y reprimirlo con el ejército, parte del movimiento estudiantil buscó la vía armada para arribar al cambio político y social que la nación requería (y sigue necesitando con urgencia). Se transformó en una nueva guerrilla que buscaba la revolución socialista. Se generó así algo equiparable a la República del silencio de Jean Paul Sartre, en la que se refiere a la ocupación nazi en Francia.
México atravesó por una experiencia muy compleja, y en apariencia contradictoria, durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, quien por un lado inició y mantuvo la espeluznante guerra sucia contra el movimiento guerrillero-campesino, encabezado por los profesores Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos, fundamentalmente en la sierra de Guerrero; y contra las guerrillas-urbanas Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) y la Liga Comunista 23 de Septiembre; pero por otro lado, recibía refugiados-exiliados de Chile y Argentina, gente de izquierda, la mayoría intelectuales y académicos. Para terminar de enrarecer en ese marco casi esquizofrénico (más bien quadrofénico) se dio la cohabitación no explícita con la izquierda democrática. ¿Alguien podría comprender una política tan polimorfa? Así era Echeverría, que murió sin soltar la sopa, con el silencio que mata, y que se vuelve síntoma de la sociedad mexicana actual, que ata la justicia a los que siguen en el poder. Ese fue el México de los setenta en plena Guerra Fría, en el que yo crecí, el que también intenté cambiar y el que heredaron mi hijo y los hijos de muchos.
Y bueno, no tiene nada directamente que ver pero sí, que el sábado primero se hizo una comida por el cumpleaños 82 de mi tía “Licha” (María Luisa), otra de mis “madres” que adoro (pues por suerte tuve varias) y junto a ella se encontraba una gran amiga, que lo es desde su juventud. De inmediato la reconocí: es Armida, la hermana del legendario y extraordinario dirigente del Partido Comunista Mexicano Arnoldo Martínez Verdugo. En efecto, ellos, como mi tía, son de Sinaloa, y de inmediato nos reconocimos, pues desde niño tuvimos contacto, aunque ella no tuvo actividad política alguna y no imaginó que yo sí la tendría al crecer en el partido que su hermano dirigió. ¡Fue una experiencia extraordinaria ver a mi tía con su amiga de toda la vida! Y bueno, la política por otro lado, ¡ahí va!
Derivado de ello, a mi recuerdo viene la labor de Arnoldo, a quien tuve el honor de conocer y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que permitió amortiguar la tensión orientada a la vía armada y poder concebir una alternativa democrática para llegar al socialismo, en contraposición a la guerrilla, por medio de la opción parlamentaria. Desde el 68 el PCM formuló con claridad su idea democrática y en los años setenta, aunque sus integrantes también fueron víctimas de la criminal guerra sucia a través de entidades repugnantes como la Brigada Blanca, encargadas del crimen, tortura y el exterminio de militantes y guerrilleros. Sin embargo, pese a su fuerza con respaldo del Estado, no pudieron acabar con las aspiraciones de cambio y transformación. Por ejemplo, en ese contexto ocurrieron acontecimientos memorables, como la toma del control de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP) por parte del Partido Comunista Mexicano.
La llegada al poder de Salvador Allende en Chile fue trascendental para las mentes revolucionarias, pues mostraba la posibilidad de llegar a un gobierno socialista por una vía diferente de la armada, lo que condujo a intensos debates. En la UAP se alentó la idea de que la izquierda tomara el poder por la vía democrática y electoral, lo que se reforzó con la candidatura presidencial de Valentín Campa como “candidato no registrado” lanzado por el PCM, en aquel momento un partido ilegal y clandestino, pero que obtuviera una votación impactante, por lo que en el sexenio de José López Portillo se le otorgó el registro como partido, por medio de Jesús Reyes Heroles como secretario de Gobernación.
Por esos años surge también el llamado “eurocomunismo”, que sostenía la tesis de arribar al socialismo por la vía democrática. Los libros de Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado y de Fernando Claudín, Eurocomunismo y socialismo dan cuenta de esa postura. Abordaban de manera magistral esta posibilidad en el marco de la caída del régimen fascista del monstruoso Francisco Franco. La UAP hizo también eco de esas ideas y el del PCM en Puebla, dirigido por Alfonso Vélez Pliego fue un gran promotor de ellas, lo que no dejaba de causar enojo en los comunistas pro-soviéticos y estalinistas.
Recuerdo un “pleno” del partido que concluía un sábado en el Salón de Proyecciones del Edificio Carolino de la UAP en el que Pablo Gómez, representante de la dirección nacional, montó en cólera ante una manta que decía: “El Partido Comunista Mexicano, un partido de lucha y gobierno”, lo que le pareció exagerado, pues según él no gobernaba aún nada, aunque no se percató que en los hechos, por lo menos gobernaba a una gran universidad pública: la UAP. Y aquí viene a mi mente la demanda de “El pueblo necesita diputados comunistas”.
Esas situaciones fueron cruciales y son un ejemplo del equilibrio que se consiguió en la izquierda mexicana, en la idea de que no sólo la vía armada era posible. En ello fue crucial la conducción del PCM de Arnoldo Martínez Verdugo en años difíciles, donde la zozobra de la represión se ejercía de manera despiadada. Aquí hay que observar la disyuntiva política de aquellos que, teniendo el anhelo de cambio y transformación de la sociedad, tenían que decidir entre la vía armada o la electoral. Moralmente no es cosa fácil. Hoy vivimos en parte el resultado de la ejecución de tales decisiones.
Es aberrante cómo el Estado mexicano combatió la guerrilla revolucionaria y cómo en la actualidad parece inerme ante el narcotráfico. Es también aberrante y desilusionante la izquierda democrática, que ya en la legalidad pudo devenir en el nefasto PRD. Y bueno, habrá que ver qué pasa en el futuro con Morena. Sin embargo, creo que es importante pensar en esta vieja historia para reflexionar el presente.
¿Guerrilla? El Padre Ubú probablemente pensaría que es una guerra falsa, chiquita, como la de FeCal contra el narco, o tendría que preguntarle al Capitán Bordura pues, para él, el poder es derrocar a un gobernante, no para hacer del mundo un lugar con justicia y lo suficiente para todos. Tristemente, no sólo Ubú en su lejano reino ignora la estrategia de la guerrilla y la denostaría; también en nuestro país los políticos y hasta la gente de a pie desconocen que personajes como Francisco Xavier Mina y Porfirio Díaz combatieron con esta estrategia y contribuyeron a crear nuestra nación, junto con los hombres y jóvenes comprometidos de la década de 1970.









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