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François Jacob y su estatua interior

· junio 25, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

El Padre Ubú no fue la escuela, y la ciencia le importa un bledo. Pero hoy es momento de retomarla y reflexionar sobre ella, pues con esa base podremos deshacernos de los ubús que nos oprimen y nos gobiernan, y sobre todo, en contra de ello vale la pena pensar en hombres excepcionales como François Jacob.

Decidí ser biólogo a los 12 años, cuando leí el capítulo referente a la célula en el libro de secundaria de Enrique Beltrán y llegué a la parte de la mitosis (división celular), que me pareció el fenómeno más interesante que había conocido. A partir de ahí comencé a comprar o sacar de la biblioteca más libros de biología y años después, en uno de ellos, el Smallwood y Green, encontré otro fenómeno aún más apasionante: la regulación de la expresión de los genes con el llamado “modelo del Operón”, planteado por dos biólogos franceses, Jacques Monod y François Jacob, a quienes admiré desde ese momento. ¿Cómo fueron capaces de explicar cómo se encienden y apagan los genes que permiten los fenómenos del metabolismo?, ¿cómo se les ocurrieron los experimentos para demostrarlo? Eso los llevó en 1965 a obtener el Premio Nobel en fisiología.

Cuando en biología se habla del enorme logro científico que significó el conocimiento de la estructura del ácido desoxirribonucleico (DNA) por Watson y Crick, yo pienso que ciertamente fueron geniales, pero tarde o temprano alguien hubiera llegado a dilucidarla; tal vez Linus Pauling (Premio Nobel por la caracterización de la hélice alfa y la estructura secundaria de las proteínas), quien estaba cerca de ello. Pero, la complejidad que representa el Operón no es lo mismo. Para llegar a ello se requiere una genialidad en realidad extraordinaria y Monod y Jacob la tuvieron y pudieron desarrollarla en su laboratorio de genética microbiana con el apoyo de su jefe, André Lwoff, que recibió junto con ellos el Premio Nobel.

Siempre anhelé conocerlos. Sin embargo, Monod, nacido en 1910, murió en 1976, víctima del tabaco, pero Jacob (retratado muchas veces con un cigarrillo en la boca) continuó con vida hasta el 20 de abril de 2013 y pude conversar en varias ocasiones con él, la primera en el año 2000, en un evento organizado por la Académie des Sciences y el Institut de France, conmemorando el centenario del llamado “redescubrimiento” de las leyes de la herencia de Mendel. El evento fue presidido por François Jacob y ahí, en una de las conferencias se dijo que una ventaja que tuvo Mendel fue que su monasterio y la orden agustina le permitieron las facilidades para hacer su vida académica, viajar por el mundo y realizar sus investigaciones, por lo que una conclusión es: “para ser un buen investigador hay que tener un buen patrón”, ante lo cual Jacob dijo que esa frase le recordó que para él y Monod fue crucial haber tenido un buen patrón, el mencionado André Lwoff, quien efectivamente apoyó y alentó su trabajo.

La regulación de la expresión del genoma en bacterias abrió la puerta de lo que podría denominarse fisiología molecular, algo que va más allá del conocimiento bioquímico de la estructura de las moléculas biológicas. Cierto, la estructura del DNA permitió el primer paso para el entendimiento del flujo de la información en los sistemas biológicos que dio lugar al paradigma fundamental de la biología contemporánea: el dogma central de la biología molecular que explica que la información contenida en el DNA, se transcribe a RNA, para que posteriormente se traduzca en proteínas, lo que explica la relación entre genotipo (el DNA) y fenotipo (las proteínas), cuestión determinante para el estudio del proceso de la evolución biológica. No obstante, saber cómo se regula diferencialmente esa expresión es muchísimo más complicado e implica la dimensión homeostática, base de la fisiología. ¿Es la atmósfera del pensamiento de Claude Bernard en Francia lo que les permitió pensar de esa manera? Yo estoy convencido de que sí.

Significa pensar en moléculas regulatorias, en zonas en una cadena de DNA que tienen funcionalidades diferentes, una zona que es la del promotor de la expresión, donde se fija la enzima (la DNA polimersa) que hace la copia del gen, es decir, que lo expresa, y otra donde una molécula reprime la expresión del mismo, en función de las “necesidades” metabólicas de la bacteria; en este caso, en el consumo de lactosa, ante la carencia de glucosa, ambos azúcares esenciales para el funcionamiento del microbio. La expresión de una molécula se apaga cuando no es necesario degradar la sustancia y se enciende cuando es necesario que la bacteria se nutra: “es hora de papear”, le indica al genoma. Pero también hay que encender los genes que permitan la entrada de la molécula a la célula.

La Beta-Galactosidasa es la enzima que el DNA expresa para degradar la lactosa ante la carencia de glucosa, que es el carbohidrato que normalmente nutre a la bacteria (en este caso Escheriquia coli), pero además debe expresar la permeasa que permite la entrada de la molécula a la célula, que normalmente no es utilizada y no entra en ella. ¿Acaso no es algo maravilloso?

Pero Jacob no sólo fue un científico, también fue un hombre de su tiempo, comprometido con su país y su libertad. De joven, como judío conoció la violencia del racismo y la discriminación. Estudiaba medicina cuando se inició la Segunda Guerra Mundial. Formó parte de la resistencia francesa y como parte de las fuerzas francesas libres combatió a los nazis como artillero en el desierto del Chad, siendo gravemente herido en 1944. Hospitalizado por largo tiempo, no pudo continuar su carrera de cirujano y para fortuna de la ciencia se convirtió en biólogo e ingresó después de muchos intentos fallidos al Instituto Pasteur, donde conoció a Monod y se entabló esa relación fructífera que llevó al conocimiento de uno de los procesos fundamentales de la biología, para mí uno de los más importantes.

Pienso en esto el 17 de junio (que es el día de mi cumpleaños) porque también en esa fecha, aunque 40 años antes, en 1920, nació este gran hombre, autor además de varios libros extraordinarios, como la Lógica de lo viviente (una historia de la herencia), que según Michel Foucault es la más importante historia de la biología que jamás había sido escrita (en su época, 1970), libro que también fue referente fundamental en mi vida y que me impulsó a escribir mi Historia de la biología, tarea que me llevó muchos años y donde el pensamiento de Jacob está siempre presente.

En 2004 pude entrevistarlo en su laboratorio en el Instituto Pasteur, en el edificio Monod, al que diariamente asistía a sus 83 años. Se publicó en la revista Historia Natural y posteriormente en Erinas. Jacob era un hombre extraordinariamente brillante. Poder conversar con él se debió a que en el evento del centenario del redescubrimiento de las leyes de Mendel, donde yo le pedí una entrevista que prácticamente me negó, el último día fue moderador y debía pasar el micrófono a quienes preguntaran. El auditorio era en declive y era difícil caminar hacia el extremo de arriba, donde alguien pidió la palabra. Para Jacob llegar a hasta allí era muy difícil, así que me levanté a ayudarle. Más tarde me dijo que lo buscara en el instituto, donde conversé con él en varias ocasiones.

La autobiografía de Jacob, La estatua interior, es realmente estimulante para quienes amamos la ciencia, la historia y la política. Se trata de una expresión de la pasión y la fuerza de la inteligencia. Es un título que invoca algo por demás interesante: en la historia la idea de Buffon de cómo se forma el cuerpo de los seres vivos a partir de un “molde interior”; aquí la estatua es el molde que determinó su vida, su historia personal y su formación como hombre y como científico, hombre de izquierda, militante, soldado en la lucha contra los nazis, médico, biólogo, investigador, Premio Nobel y autor de libros, no sólo biológicos, que creo fundamentales para interesados en la biología: El juego de lo posible y El ratón, la mosca y el hombre, sin duda el mejor libro de metodología científica.

Monod y Jacob son para mí la esencia de lo que significa ser biólogo. El 14 de julio de 1987, cuando presenté al Consejo Universitario de la UAP el proyecto de creación de la Escuela de Biología, utilicé una frase de Monod en El azar y la necesidad: “La biología es la más significativa de todas las ciencias.” Jacob fue su compañero y juntos sentaron un pilar de la biología contemporánea.

El Padre Ubú con su pobre y desordenado pensamiento no puede comprender la trascendencia y la belleza de las teorías científicas. Sentado sobre sus gordas piernas, con su mirada vacía, ni siquiera atina a decir ¡feliz cumpleaños, Monsieur Jacob! Pero yo sí!

[email protected]

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