Ismael Ledesma Mateos
Fidel Castro Ruz (1926-216) es sin duda alguna un personaje emblemático en la historia mundial, que influyó de manera determinante en varias generaciones, ¡una de ellas la mía! Cuando era niño Lenin había muerto y Trotsky había sido asesinado, aunque existía la Unión Soviética y estaba presente la guerra fría. En ese contexto de los años sesenta existía cerca de México un país en el que una revolución había sido exitosa y la dirigía ese impactante hombre barbón, que devino en dictador.
El Padre Ubú se hizo Rey por medio de un golpe de Estado militar, gracias al Capitán Bordura, y ese reino fue una dictadura de corta duración; pero es muy diferente un dictador que proviene de una lucha revolucionaria. No hay comparación posible, y cuando pienso en Fidel Castro, no puedo dejar de tener en mi mente la asociación con otro gran dictador, el mexicano Porfirio Díaz, que llegó al poder luego de la Revolución de Tuxtepec.
Yo crecí con la idea impactante de que mi abuelo fue un revolucionario aquí en México, y eso me hizo desde muy pequeño ser admirador de las revoluciones. De hecho, en la pared atrás de mi escritorio tengo una reproducción del cuadro de Delacroix: La libertad guiando al Pueblo. Sin embargo, la revolución cubana siempre fue para mí algo desconcertante, pues existían en torno a ella dos personajes icónicos, Ernesto el Che Guevara, asesinado cuando yo tenía siete años y Fidel Castro, quien se mantenía en el poder de esa isla caribeña. Y así como admiraba a Francisco Javier Mina, otro guerrillero heroico, para mí la imagen del Che era impactante y la tuve en la cabecera de mi cama, no la de Fidel Castro.
Hace un rato en televisión, en un programa de análisis político escuché una sarta de estupideces al respecto de Fidel Castro. Tal vez algunas cosas ciertas, pero no en el tono en el que se decían: por ejemplo, que más que el comunismo, lo determinante en Castro era su antiamericanismo. Me preguntaba: ¿por qué no? Si ese país siempre quiso tener a Cuba como su colonia, así como nos despojó de una enorme porción de territorio nacional. Si ésa fue una de las motivaciones políticas del comandante Fidel, ¡yo la comparto!, aunque lo que resultaría incongruente es que en ese afán nacionalista y libertario permitió que esa isla se convirtiera en una colonia soviética, ese otro gran imperio despótico del siglo XX.
En cuanto a esa relación con la URSS, tenemos uno de los eventos más determinante de la guerra fría, la crisis de los misiles, que puso ante el mundo a la Cuba revolucionaria como centro del escenario de lo que pudo haber sido la Tercera Guerra Mundial. Una consecuencia de ese evento fue una serie de negociaciones que hicieron que el régimen de Castro y Cuba fueran respetados por Estados Unidos, a pesar del bloqueo económico. A veces pienso, es lo que me duele, que eso pudo tener que ver con una suerte de complicidad con la muerte del Che, pues a él, en su intento, al más estilo napoleónico de “exportar la revolución” a otros países, en realidad el gobierno cubano y el soviético no le dieron el apoyo necesario para las causas que emprendió en África y en Bolivia.
Fidel Castro representa para mí el equivalente de Lenin en la revolución bolchevique, y el Che Guevara el de Trotsky, en este caso, uno el hábil abogado-político y el otro el médico y microbiólogo con arrojo y genio militar. Sin embargo el Che era, luego del triunfo de la Revolución, una especie de “piedra en el zapato”, que se confrontaba en todo espacio, incluyendo la ONU. Y por ello Castro decidió no apoyarlo y permitir que la CIA, con la complicidad soviética lo aniquilara junto con el gobierno de Bolivia.
Pero independiente de ello, y por eso hablo de revolución, comunismo y paradojas, Fidel fue capaz de confrontar a los Estados Unidos, y algo que debemos reconocerle es que a pesar de la destrucción de la URSS y la caída del Muro de Berlín, mantuvo su régimen socialista (porque ¡el comunismo no existe!) y mantuvo el Estado que generó, para el cual la educación y la salud fueron prioridades cumplidas.
Él era un hombre de ascendencia gallega, claramente ibérico en su aspecto, que provenía de una familia católica. Por esto me llega el recuerdo infantil de escuchar a una tía abuela monja, vestida al estilo de “novicia voladora”, de visita en Puebla, hermana de mi abuelo, la tía Guadalupe Mateos Cabrera, que luego de la revolución decidió permanecer en Cuba, dado que Castro llamó a su orden y les dijo que, a pesar de ser ya ateo, no pensaba causarles ningún daño y sólo les pedía que las que quisieran cooperar con la Revolución dieran un paso al frente y aceptaran la condición de uniformarse como milicianas, para continuar con su labor en favor de la educación o la salud. La tía Lupe aceptó, dio ese paso y permaneció en la Isla, socialista y revolucionaria.
Además debemos de recordar la magnífica relación de México con Cuba, pues nuestro país, a pesar de todas las presiones del vecino del norte, mantuvo en todo momento un acercamiento diplomático del más alto nivel con esa nación. Quien gobernaba el país en 1959, cuando ocurrió la Revolución, fue Adolfo López Mateos, que al mantener ese vínculo produjo repercusiones en la relación México-Estados Unidos y en el desarrollo de conflictos internos. Sin embargo, su gobierno supo utilizar el reconocimiento de la revolución cubana y al gobierno emergente de dicho movimiento, para ganar legitimidad al interior. Así, como afirma Mauricio Reyes, “el Estado se establecía como un centro mediador entre la izquierda y la derecha mexicana, sin embargo, con el correr de los años, este hecho resultó contraproducente para el gobierno, ya que la izquierda lanzó un movimiento con demandas de corte social que lo hizo tambalear”.
Castro mantuvo su relación con México y lo vemos retratado con los presidentes mexicanos; incluso asistió a la toma de posesión de Carlos Salinas de Gortari (algo muy cuestionado por los izquierdistas trasnochados, que no entienden que ¡la política es así!), aunque la tersa relación se fracturó con el vergonzoso evento protagonizado por el presidente Vicente Fox, con su ofensiva expresión: “comes y te vas”, grabada y mostrada al mundo para vergüenza de nuestro país, por la bajeza y sumisión de su gobierno a los intereses (y prejuicios) estadunidenses.
Y bueno, el cariño que Fidel pudo tener por México no es trivial, pues aquí planearon la Revolución y partieron para realizarla, aquí estuvo en contacto con el Che (como Lenin y Trotsky en París) y Fernando Gutiérrez Barrios, que lo detuvo, lo dejó escapar, ¡ni más ni menos! ¿Cómo no podría tener apego por un país en el que vivió, diseñó el proyecto más importante para su vida y su patria? ¿Sabiendo utilizar a México como un factor de equilibro con respecto a los Estados Unidos, lo cual habla de la sagacidad política del personaje?
Por otra parte, algo que debe remarcarse es que aunque sea calificado como “dictador”, nunca tuvo una oposición real y poderosa (Porfirio Díaz tampoco, hasta que apareció Madero) y los cubanos de Miami, que me producen la menor consideración, a pesar de sus esfuerzos subversivos no fueron capaces de desestabilizar su gobierno ni derrocarlo, entre otras cosas porque en realidad tenía una amplia simpatía entre la población cubana y, como alguien me dijo en estos días, los cubanos no son socialistas, ¡son fidelistas!
Y esto último me consta por una breve estancia en La Habana en 1992, durante la primera reunión de directores de Escuelas y Facultades de Biología, cuando me escapé de los encargados de atenderme y pude visitar casas populares, donde era impactante en todas ellas la imagen de Fidel Castro, como si fuera algo religioso, como San Judas o la Virgen de Guadalupe en México. Me consta por ello que en esa época el pueblo cubano lo adoraba, y no eran viviendas de cuadros “del partido” o de la élite diplomática.
En esa visita conocí a colegas biólogos que en una comida, luego de varios rones, decían con orgullo que debería ponerse un faro inmenso, que se viera hasta Miami y dijera en sus letreros proyectados: “Esto puede ser una mierda, pero ¡esto es Cuba! Y es gracias a Fidel.” También en esa visita, en un momento de las peores crisis económicas que sufrieron (luego de la pérdida del apoyo soviético) pude ver la calidad académica y científica del país y luego supe de uno de los hijos de Castro, un físico nuclear, obviamente formado en la URSS, se puso al mando de su principal reactor nuclear.
Y ante el mito de la restricción a los cubanos para viajar al extranjero, quiero decir que en esa estancia conocí a un gran biólogo e historiador de la ciencia, Pedro Marino Pruna, que pude entrevistar a los pies de la extraordinaria estatua de Minerva en el Capitolio, sede de la Academia de Ciencias de Cuba, al cual he invitado a México a dar conferencias en múltiples ocasiones, sin que tenga ninguna dificultad para salir y regresar a su país.
Por todo ello, insisto en mi visión paradójica de Castro, al cual, a pesar de todo, admiro y lamento su deceso. Fue un símbolo crucial para la izquierda en el mundo y en América Latina.
Y bueno, creo que nadie podría escribir cosas buenas al respecto del autoritario Rey Ubú, que no supo ser ¡un gran dictador!









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