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Fealdad

· agosto 4, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

Uno de mis autores favoritos en literatura es Boris Vian, y una de sus novelas que me encantan es Que se mueran los feos (Et on tuera tous les affreux), que firmó con su seudónimo Vernon Sullivan. La trama consiste en que un joven deportista (Rocky Bailey) decidió permanecer casto hasta cumplir sus 20 años, pero para desgracia de su virtud, tras un “rocambolesco” secuestro es víctima de los perversos experimentos genéticos del doctor Schultz. En sus frenéticas aventuras se cruzan las más hermosas mujeres, el FBI, la Marina y peligrosos gánsteres. Se trata de una historia lunática llena de sexo, intriga y sadismo, sin duda un sensacional thriller policiaco, paródico y un compendio de corrosivo humor, de furor iconoclasta y de la delirante imaginación de Boris Vian (como dice la contraportada del libro publicado en 1984 por Bruguera).

Al personaje, después de ser tan guapo, le fue tan mal, que eso contrasta con la suerte de los feos (como dice el viejo dicho: “la suerte de la fea la bonita la desea”) y por eso termina odiando y deseando la muerte a los feos. Al final de la novela, al momento en que Rocky encuentra a otro personaje, llamado Mike Bokanski, le comenta que parece harto y agobiado y luego de otros minutos de charla, grita: “¡Estoy harto!” Su cólera estalló de golpe y dice: “¡Las mujeres son todas unas marranas! ¡Te rompes el culo para hacerte músculos, para ser un muchacho guapo, para tener un buen cuerpo, para parecer limpio, para no tener mal aliento, para caminar derecho, para no incomodar a los vecinos con los pies, para estar sano y bien hecho… y ellas se precipitan sobre el primer asqueroso que encuentran y lo violan antes de haber visto siquiera que lleva dentadura postiza y tiene los pulmones hechos un colador! ¡Es repugnante! ¡Es abusivo, injusto, inmerecido e inadmisible!” Pues sí, pero en muchos casos ésa es la fortuna de la fealdad.

El Padre Ubú es feo, al igual que la Madre Ubú y el Capitán Bordura, son feos por fuera y por dentro, en el aspecto y en su mentalidad y sus ambiciones. Para ellos el elogio a la fealdad sería un halago. Pero en realidad la fealdad es patética, y a mí particularmente me incomoda por mi culto a la belleza. Sin embargo, es una faceta de la realidad con la que tenemos que coexistir. La fealdad es sin duda lo más frecuente y abundante en este mundo. Y la familia Ubú la encarna, junto con la maldad, la ambición y la codicia.

En la novela de Boris Vian el acompañante de Rocky, que se llama Gilbert, se inclinó hacia Mike y le dice: “No quiero darle demasiadas esperanzas… pero en este momento tengo a mi disposición una secretaria jorobada… Los ojos de Mike brillaron, y pregunta: “¿Es muy fea?” “Es repelente, aseguró Gilbert, con una enorme sonrisa. Y, además tiene una pata de palo.”

Lo anterior, y el rescate de esta novela que leí en los ochenta, se debe a que tengo en mis manos otro libro extraordinario, de otra naturaleza, que es la Historia de la fealdad de Umberto Eco. Luego de haber tratado el tema de la belleza derivado de la lectura de su Historia de la belleza, ahora se trata de dos facetas que son complementarias e inseparables. Son el contraste necesario en el equilibrio del mundo, son conceptos que se implican mutuamente. Por lo general se considera que la fealdad es la antítesis de la belleza, hasta el punto de que bastaría definir la primera para saber qué es la segunda. No obstante, como señala Eco, las distintas manifestaciones de la fealdad a través de los siglos son más ricas e imprevisibles de lo que comúnmente se cree.

El libro cuenta con extraordinarias ilustraciones que nos llevan a recorrer “un itinerario sorprendente hecho de pesadillas, terrores y amores de casi tres mil años, donde los sentimientos de repulsa y de conmovedora compasión se dan la mano, y el rechazo a la deformidad va acompañado de éxtasis decadentes ante las más seductoras violaciones de todos los cánones clásicos. Entre demonios, locos, enemigos terribles y presencias perturbadoras, entre abismos repulsivos y deformidades que rozan lo sublime, navegando entre freacks y fantasmas, todos por cierto muy feos”.

La iconografía del libro es extraordinaria y su índice da cuenta de la riqueza de la obra que parte de “Lo feo en el mundo clásico”, “La pasión, la muerte y el martirio”, “El apocalipsis, el infierno y el Diablo”, “Monstruos y portentos”, “Lo feo, lo cómico, lo obsceno”, “La fealdad de la mujer entre la Antigüedad y el Barroco”, “El Diablo en el mundo moderno”, “Brujería, satanismo y sadismo”, “Physica curiosa” (que incluye partos lunares y cadáveres destripados), “La redención romántica de lo feo”, “Lo siniestro”, “Torres de hierro y torres de marfil” (incluye los apartados “La fealdad industrial” y “La lujuria de lo feo’, “La fealdad ajena, lo kitsch y lo camp” y “Lo feo hoy”.

Además de la riqueza de sus textos, dicha iconografía es “extraordinariamente amplia y a menudo insospechada”. Repasando sus páginas podemos ver “la fealdad natural, la fealdad espiritual, la asimetría, la falta de armonía y la deformidad, en un sucederse de lo mezquino, débil, vil, banal, casual, arbitrario, tosco, repugnante, desmañado, horrendo, insulso, vomitivo, criminal, espectral, hechicero, satánico, repelente, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, odioso, indecente, inmundo, sucio, obsceno, espantoso, abyecto, monstruoso, horripilante, vicioso, terrible, terrorífico, tremendo, repelente, repulsivo, desagradable, nauseabundo, fétido, innoble, desgraciado, lamentable e indecente”. El primer editor extranjero que vio esa obra de Eco exclamó: “¡Qué hermosa es la fealdad!” En el libro se anota que para Plotino la materia debe definirse como mal y error, realizando una clara identificación entre lo feo y el mundo material. “Pero basta con releer el Banquete, el diálogo platónico dedicado al Eros (como amor) y a la belleza, para distinguir muchos otros matices. En este diálogo, como también en los demás y, en general, en todas las disquisiciones filosóficas sobre lo bello y lo feo, se mencionan esos valores pero nunca se aclaran con ejemplos…” De ahí “la necesidad de comparar los discursos filosóficos con las realizaciones concretas de los artistas”.

“A lo largo de los siglos, filósofos y artistas han ido proporcionado definiciones de lo bello, y gracias a sus testimonios se ha podido reconstruir una historia de las ideas estéticas a través de los tiempos. No ha ocurrido lo mismo con lo feo, que casi siempre se ha definido por oposición a lo bello y a lo que casi nunca se han dedicado estudios extensos, sino más bien alusiones parentéticas y marginales. Por consiguiente, si la historia de la belleza puede valerse de una extensa serie de testimonios teóricos (de los que puede deducirse el gusto de una época determinada), la historia de la fealdad por lo general deberá ir a buscar los documentos en las representaciones visuales o verbales de cosas o personas consideradas en cierto modo ‘feas’”.

Entre todos los interesantísimos y apasionantes capítulos del libro de Eco, me fascina el capítulo IV, “Monstruos y portentos”, que me recuerda el libro de Ambroise Paré, Monstruos y prodigios, una obra de inmensa trascendencia histórica que da cuenta del proceso de surgimiento de la clasificación en la Historia Natural, donde en esa ansiedad obsesiva por ordenar el mundo, hasta los monstruos y prodigios debían ser descritos exhaustivamente y clasificados como seres vivientes. Ahí Paré refiere a seres horrendos y explica las causas de sus orígenes. Entre los monstruos más feos está un pez con aspecto de obispo, tan repugnante como Norberto Rivera Carrera, pienso yo. Paré nos dice que algunos se deben a la confusión de semen e incluso también a “la maldad de los mendigos itinerantes”, y pone el ejemplo de uno que oculta su brazo y se coloca en su lugar uno putrefacto tomado de un cadáver, para causar compasión y recibir limosnas.

En Monstruos y prodigios se lee que los monstruos son creaturas que aparecen fuera del curso de la naturaleza. Es por eso que nos da una clasificación de ellos y pretende dar una explicación de su generación.

Las conclusiones a las que llegó el autor fueron las siguientes: 1) La gloria de Dios: curaciones de Jesús; 2) La cólera de Dios: la mayoría de las creaturas monstruosas son causa de la voluntad de Dios, por el desorden de los padres y madres que copulan como animales; 3) La cantidad excesiva de semen: o saldrá una gran cantidad de crías o saldrá un monstruo con partes inútiles. Puede ser que también nazcan hermafroditas o andróginos (nacen con doble aparato genital). Hay casos en los que una mujer se convierta en hombre, pero nunca en que un hombre se convierta en mujer, ya que la naturaleza siempre tiende hacia la perfección y no a lo que es perfecto tienda a la imperfección; 4) Su cantidad insuficiente: faltará algún miembro; 5) La imaginación: la imaginación tiene tanto poder sobre el semen y la procreación, que su brillo y carácter persiste en las cosas engendradas; 6) La estrechez o reducido tamaño de la matriz: nace mutilado y defectuoso.

Los monstruos son feos, como los malos gobernantes o aspirantes a serlo, y por ello ante eso vale la pena decir: que se mueran los feos, como el pueblo finalmente le dijo a la familia Ubú que, por fortuna, tuvo que dejar el poder.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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