Ismael Ledesma Mateos
Cuando dirigí la Escuela de Biología de la UAP era fundamental tener información de las opiniones, puntos de vista e intereses de toda la comunidad escolar. Para ello tuve la fortuna de contar con un grupo maravilloso de alumnas, quienes eran apodadas “las nauyacas”, unas serpientes venenosísimas (Botrhops asper). Gracias a ellas ¡sabía todo! Era un verdadero equipo de inteligencia. Antes de ellas, la labor fue realizada por otras alumnas y alumnos, principalmente por la bella y brillante consejera universitaria alumna, Angélica Rueda y Sánchez de la Vega, hoy una gran investigadora en el Cinvestav.
Para gobernar, sea una escuela, un estado o un país, la información es crucial; sin embargo, muchas veces ésta se utiliza con fines perversos, fundamentalmente ligados con represión política.
Esto viene a mi mente debido a la importante decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de abrir los archivos resguardados por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) en el Archivo General de la Nación, algunos de los cuales son anteriores a la creación de esa dependencia encargada de los servicios de inteligencia para el Estado mexicano, de manera relevante los referentes al movimiento estudiantil de 1968 y al de 1971, que culminó con la agresión del grupo conocido como “los halcones” el 10 de junio de ese año, así como los expedientes de la Dirección Federal de Seguridad y todo lo relativo a “la guerra sucia” que se dio en esos años.
Las intervenciones telefónicas —de las que yo fui víctima— se tratan de una cruda realidad que es inseparable de la acción política. En el momento que escribo escucho la conferencia matutina del presidente, donde habla de un expediente donde se le señala como militante del Partido Comunista Mexicano, lo cual no es cierto. Él se refirió a ello como una muestra de las mentiras que pueden encontrarse en algunos documentos oficiales.
Al pensar en la inteligencia, que implica necesariamente el espionaje, es necesario considerar todas las variables que son parte de un proceso político, crucial en la toma de decisiones. En acto simbólico, el presidente ha desaparecido el Cisen, pero creó su equivalente, que se denomina Centro Nacional de Inteligencia (CNI), lo cual define la inteligencia como “información especializada que tiene como propósito aportar insumos a los procesos de toma de decisiones relacionadas con el diseño y ejecución de la estrategia, las políticas y las acciones en materia de Seguridad Nacional”. Obviamente, desaparecer el Cisen es una forma de mostrar la ruptura con el pasado; pero un gobierno no puede funcionar sin inteligencia, por lo que ahora existe otra instancia encargada de esas tareas, la cual depende de la Secretaría de Gobernación, aunque la nueva Secretaría de Seguridad, a cargo de Alfonso Durazo, también se encargará de ello, pues lo sabe hacer muy bien. En los hechos el Cisen fue desmantelado desde los sexenios de Fox y Calderón, de manera tal que su desaparición constituye sólo una formalidad.
La Universidad Autónoma de Puebla fue objeto de investigación por muchos años, hasta caer en manos de individuos serviles a los gobiernos del PRI, pues se le consideraba un espacio de riesgo para la seguridad nacional. No fue trivial su papel en la caída de los gobernadores Nava Castillo, Moreno Valle (el abuelo del supuesto difunto) y la porquería inmunda de Gonzalo Bautista O’Farrill, además de influir decisivamente en la política de la entidad. Por ello estuvo siempre bajo la lupa de los aparatos coercitivos del Estado y sus órganos de inteligencia y por ello la historia de la UAP (mal llamada ahora BUAP) es en verdad apasionante y claramente ilustrativa de la relación entre el poder y el conocimiento. Si Michel Foucault hubiera sabido de ella, la hubiera estudiado con pasión. En este momento pienso en la época en que era el Colegio del Espíritu Santo, cuando Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas que lo fundaron, pues esa orden religiosa implicaba un problema de seguridad nacional para la monarquía española.
El abrir expedientes de espionaje o inteligencia es algo trascendental, y con ello podemos saber historias horrendas, como la del franquismo en España o el colaboracionismo en Francia durante la intervención nazi.
Una de las obras fundamentales de Foucault es Vigilar y castigar, donde aborda el tema del nacimiento de la prisión, de la disciplina y la corporeidad, que tiene que ver con el asunto del diseño de los espacios de control, las acciones, los movimientos corporales, las palabras, los gestos, que nos dan cuenta de un individuo y que sugieren las formas de controlarlo. En el espionaje deben considerase todos esos factores y muchos más, hasta los gustos musicales, las apetencias sexuales o las adicciones, y eso también implica conocerlas vivencialmente, desde dentro. Por eso el espía emblemático James Bond, el agente 007, creado por Ian Fleming, es el borracho y mujeriego que sabe detectar los espacios donde encontrará la información. Por cierto, en realidad James Bond es el nombre de un ornitólogo, y en una de sus películas el personaje encarnado por el actor Sean Connery se presenta como tal, y efectivamente en el campo del espionaje el oficio de científico es de gran utilidad, pues puede meterse en todos lados, sin causar sospechas, vigilar e informar, para que otros puedan castigar.
Afortunadamente el Padre Ubú no leyó estas cosas que escribo, pues eso lo hubiera llevado a ser mucho más perverso y consolidar su poder omnímodo. Pero bueno, en la época en que vivió ni Foucault ni yo habíamos nacido. La lección más importante es que la inteligencia implica la información y es crucial para el poder, y vigilar y castigar también es importante para la punición de la maldad, pues como dice la canción que me encanta de Daniel Viglieti, “Al mal hay que dar maldad”, para lo cual la inteligencia es fundamental.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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