Ismael Ledesma Mateos
La dictadura de Francisco Franco fue un acontecimiento monstruoso que marcó la historia de España. Esto implicó no sólo la destrucción de la República, sino de la ciencia y la vida cultural e intelectual del país. Su muerte, en 1975, marcó el inicio de un intento de democratización de ese país, que ha tenido altibajos, con una absurda monarquía parlamentaria que mantiene reyes decorativos sin facultades reales de gobierno, que contrastan con la crisis que ya se vivió hace unos años, y ahora con la dificultad de nombrar a un presidente del gobierno, por la gran confrontación partidaria y la falta de consenso. España es un país dividido, y ante la caída del franquismo se han dado diversos escenarios donde han alternado el partido supuestamente de “centro-izquierda” (el PSOE, (Partido Socialista Obrero Español) y el partido de derecha, heredero del franquismo PP (Partido Popular).
En ese contexto, y ahora en el siglo XXI, la exhumación y reubicación del cadáver de Francisco Franco aprobada por el gobierno socialista de Pedro Sánchez, reviste especial relevancia. Acordada el 15 de febrero de 2019, fue inicialmente prevista para antes del primero de marzo, pero se retrasó debido a una suspensión cautelar por parte del magistrado José Yusty Bastarreche, y posteriormente también de forma cautelar por el Tribunal Supremo por unanimidad. Finalmente, el 24 de septiembre de 2019 el Tribunal Supremo avaló la exhumación de Francisco Franco, desestimando el recurso presentado por su familia, así como su inhumación en el cementerio de Mingorrubio. El gobierno determinó que los restos del dictador fueran trasladados desde el Valle de los Caídos al cementerio de Mingorrubio, en El Pardo, después de que se rechazara la ubicación de la catedral de la Almudena de Madrid propuesta por la familia de Franco. El Valle de los Caídos fue una burla y una afrenta a la guerra civil, construida con la mano de obra de presos políticos, trabajadores contratados, donde fueron sepultados víctimas de ambos bandos de la guerra que se encontraban en fosas comunes.
Por ello, una conclusión política importante es que la democracia separa al verdugo de sus víctimas 44 años después. Aunque la familia del dictador provocó varios momentos de tensión en la basílica donde se encontraban los restos, en contra de la exhumación.
En El País (25-10-2019) Natalia Junquera y Carlos E. Cué escribieron: “La democracia española ha derribado su último tabú. El Valle de los Caídos, el gran símbolo de la dictadura, ya no es de Franco. 44 años después, los tres poderes —ejecutivo, legislativo y judicial— se animaron a mover lo que parecía intocable: los restos del dictador, que ya no tendrá una tumba de Estado, un caso único en Europa. La operación fue menos sobria de lo que el gobierno había previsto, porque la familia complicó las cosas hasta el final. Hubo momentos de tensión cuando Francis Franco, el mayor de los nietos, se resistió a renunciar a la bandera preconstitucional con la que pretendía cubrir el féretro. Las autoridades se la quitaron. La exhumación “pone fin a una afrenta moral”, proclamó el presidente Pedro Sánchez, gran impulsor de esa decisión. Técnicamente era algo sencillo, una exhumación y reinhumación que se resolvió en menos de tres horas. Pero políticamente fue una de las operaciones más complejas de los últimos años. Tanto que costó 16 meses, una larga batalla jurídica y episodios de una enorme tensión política. Incluso en el día final, mientras miles de ciudadanos mostraban en las redes sociales y en todo tipo de foros su satisfacción por el cierre de una deuda de la democracia española, hubo tensiones. Pero el componente humano enrareció una jornada con tintes históricos, a pesar de que el gobierno reiteró que quería que transcurriera “con sobriedad”. Hubo gritos, los “¡Viva Franco!” que lanzaron los nietos en el Valle de los Caídos, algo prohibido desde 2007, como cualquier “acto de exaltación de la Guerra Civil, de sus protagonistas o del franquismo”.
En Mingorrubio llegó el momento de los nostálgicos. Unos 250 franquistas lanzaban cánticos y rezaban por el dictador mientras el golpista Tejero se convertía en el gran protagonista para festín de las televisiones, que transmitían en directo sus bravuconadas. La policía llegó incluso a encerrar brevemente a los familiares en la cripta porque sospechaba que Francis Franco había grabado la ceremonia final con la bandera franquista, algo que habían pactado no hacer. Pero toda esa polvareda palidece ante las dimensiones de la decisión histórica con la que España levantó definitivamente la última gran losa del franquismo.
En una nota anterior de El País (24-10-2019) leemos: “La exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos ‘pone fin a una afrenta moral’ que España arrastraba desde 1975, ‘el enaltecimiento de la figura de un dictador en un espacio público’. Su ejecutor, Pedro Sánchez, el tercer presidente socialista desde la restauración de la democracia, ha remarcado que la decisión de acabar con el mausoleo a uno de los grandes dictadores del siglo XX ha contado con el respaldo de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”. “Hoy España cumple consigo misma”, ha sentenciado el secretario general del PSOE, quien recalca: ‘La España actual es fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido”.
En una nación en conflicto, como se ve ante la imposibilidad de conformar gobierno, la exhumación de Franco se convierte en un acontecimiento convulsionante, que por un lado muestra una actitud avanzada de Pedro Sánchez, que coadyuvaría a su reelección, aunque contrasta con su actitud autoritaria en el caso de Cataluña, lo que le da un carácter contradictorio. Los derechistas afirman que el caso del traslado de los restos del dictador no busca afianzar los votos de izquierdas, que ya los tiene, sino de sumar a la centro-derecha, para conseguir su victoria en las próximas elecciones.
Melilla es el lugar donde inició la Guerra Civil, ahí se fusiló al alto comisario en Marruecos, Arturo Álvarez-Buylla, y aunque se ha presentado la iniciativa de retirar una estatua de Francisco Franco que se encuentra ahí, el senador Juan José Imbroda, del derechista Partido Popular, ha mostrado una férrea oposición y en su disertación afirmó que Franco fue: “un héroe que salvó a Melilla” como comandante de la Legión en la guerra del año 1921 contra el ejército del “Rif” marroquí; esto nos da cuenta de la veneración que el PP aún guarda por Franco.
Enrique Moradiellos (El País 31-10-2019) “es autor de la biografía de referencia del presidente republicano Juan Negrín, en una Historia mínima de la Guerra Civil española que le valió el Premio Nacional de Historia en 2017 y de un estudio sobre las dimensiones internacionales de esa contienda —El reñidero de Europa—, ahora añade una pieza más al puzzle del acontecimiento más decisivo del siglo XX español: Franco. Anatomía de un dictador (Turner), un acercamiento al militar, al caudillo y a su régimen que, según este catedrático de la Universidad de Extremadura, no parte “ni de la demonización impulsiva ni, desde luego, de la admiración beata”.La historia, explica, “no es ni complaciente ni maniquea, es más bien problematizadora: aplica una lente que da la vuelta a muchas cosas que creíamos asumidas. La militancia —franquista o republicana— es muy perniciosa para la labor histórica”. Por eso él subraya la crueldad del dictador a la vez que desmiente su supuesta ramplonería política; por eso critica la torpeza del actual gobierno respecto a la exhumación de sus restos, al tiempo que defiende la necesidad de que se lleve a cabo.
Ante la pregunta acerca de las razones para sacar a Franco del Valle de los Caídos, dijo: “La primera y muy grave: no es un caído. La segunda, que está en una basílica, y una basílica tiene una parte muy destacada en los ceremoniales: el trascoro, que es un lugar de enterramiento para un santo o para un arzobispo, alguien muy digno. Franco está en ese lugar y eso le da al conjunto el carácter de mausoleo. Tercera, que esa basílica forma parte de un complejo que depende de Patrimonio Nacional, y que Patrimonio Nacional esté sosteniendo el mausoleo de Franco me parece un anacronismo”.
Como yo escribí ya en este espacio: desde niño tuve aversión por Franco, al igual que mi abuela, y el día de su muerte, a mis 15 años, cuando ella escuchó la noticia en la televisión gritó: “Murió Franco”. Yo hacía una tarea de matemáticas, pero me acerqué a la sala y nos pusimos a bailar; luego me ordenó servir dos copas de cognac, una para ella y otra para mí. Es evidente que el acontecimiento de su exhumación y mandarlo a un cementerio cualquiera me llena de júbilo.
El Rey Ubú huyó cuando fue derrocado. No murió de forma natural, y tampoco en combate. Tampoco fue inhumado en un mausoleo especial, finalmente murió como cualquiera y fue sepultado así, a pesar de que gobernó autoritariamente un reino del que se adueñó ilícitamente en un golpe militar, como lo hizo en España Francisco Franco.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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