Ismael Ledesma Mateos
Para que el Estado de una nación funcione la educación y la cultura son aspectos fundamentales y deben verse como algo indisoluble. Un grave error es pensar que son aspectos separados, cuando forman una unidad. Los mismos científicos incurren en ese equívoco e incluso menosprecian a lo que llaman cultura; algunos llegan al extremo de decir que lo único que leerían de novela es ciencia-ficción. La ciencia es cultura y eso debe ser contemplado en cualquier proyecto de planeación de la educación. Se trata en realidad de un trinomio en interrelación compleja, pues implica articular un conjunto de particularidades nada simples.
La cultura es hiperdimensional e implica todas las facetas de la acción humana, idea magistralmente expresada en la obra de Melville Jean Herskovits, quien fue un gran antropólogo cultural, discípulo de Franz Boas, que desarrolló la corriente que se denomina “culturalismo”, la cual se expone magistralmente en su libro El hombre y sus obras (1952), editado por el Fondo de Cultura Económica, donde también ayudó a construir el concepto de “relativismo cultural”. Cultura, en un sentido antropológico, es la respuesta que los distintos grupos humanos a lo largo del tiempo van dando a los desafíos de la existencia. Los pueblos no tienen que pasar por sucesivas etapas económicas y sociales sino que construyen economías y sociedades, y éstas no son sencillas ni homogéneas sino fruto de combinaciones complejas.
En el reino del Padre Ubú no existiría una preocupación por la educación, la ciencia y la cultura, pues como en todo gobierno autoritario y despótico esos temas son irrelevantes e incluso repugnantes; pienso en la frase del franquista José Millán-Astray: “Muera la inteligencia, viva la muerte”, y recuerdo el libro coordinado por Luis Enrique Otero Carvajal, La destrucción de la ciencia en España: depuración universitaria en el franquismo, aunque con lo que se llama cultura no pasa lo mismo, pues hay artistas al servicio del poder, que incluso realizan obras por encargo; en cambio la ciencia es más corrosiva. En México tenemos el ejemplo de Octavio Paz, un gran poeta y escritor, al servicio de Televisa y del gobierno priista; en España la estrecha relación de Salvador Dalí con Franco, o también en México el genocida Gustavo Díaz Ordaz con Salvador Novo, Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez.
Durante el gobierno de Porfirio Díaz, a iniciativa de Justo Sierra se creó la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, que sintetizaba la vinculación entre la educación, la ciencia y la cultura, expresada en el término “Bellas Artes”. En 1884 se nombró a Joaquín Baranda como responsable de la dependencia y posteriormente asumió el control el propio Sierra, de 1905 a 1911. Para la república restaurada bajo el poder de Juárez la educación era primordial, algo crucial y por ello le encomendó a Gabino Barreda la creación de la Escuela Nacional Preparatoria, el más importante proyecto educativo del nuevo régimen. Un sistema escolar que antecede a la formación universitaria y que permite su consolidación.
En esa visión del porfiriato, educación, ciencia y cultura eran algo inseparable, lo cual fue un legado de la manera como se estructuró la Commission scientifique du Mexique durante la invasión francesa, que dejó enseñanzas importantes para la nación que fueron aprovechadas posteriormente. El México de aquellos años tuvo etapas gloriosas para la educación, la ciencia y la cultura. Y con matices y cambios ya con Carranza y Obregón el rumbo se retomó paulatinamente, aunque en realidad la Revolución no trastocó dramáticamente el desarrollo educativo, científico y cultural de México. No obstante, en el transcurso del tiempo se comenzó a generar esa gran partición entre educación, ciencia y cultura, yo diría que a partir del sexenio de Ávila Camacho y luego con Miguel Alemán.
Las “Bellas Artes” se separan de la educación —Instrucción Pública— y la ciencia debe tener sus espacios propios, ¡todo fraccionado! Y lo natural y lo social, también serán divididos, así como lo humano y no humano. En consecuencia, una verdadera “Reforma Educativa” debe tomar en cuenta estas consideraciones. Para reestructurar la educación, para hacer una Reforma real debe pensarse en realizar evaluaciones de las condiciones en las que se encuentra el sistema educativo —no evaluaciones punitivas de índole laboral—, hacer diagnósticos precisos de la situación, y con ello realizar una planeación estratégica de plazo inmediato y de largo plazo para tener el pleno control armónico del sistema educativo nacional.
Para la prosperidad de un Estado se tiene que considerar la importancia de la vinculación entre educación, ciencia, tecnología y sociedad. La ciencia es un producto histórico y social, que por ende no puede ser separado de la política y de la cultura. Considerarlas como entidades separadas, es algo absurdo, producto de una visión administrativista de la gestión gubernamental, entendiendo las distintas vertientes de estos procesos. Tanto en educación, ciencia y cultura se requiere un acercamiento con la realidad, lo que en términos de Bruno Latour se llama “la movilización del mundo”, pero que no tiene trascendencia si se conforman grupos de colaboradores, colega y alumnos y si no se establecen alianzas con el poder, las industrias o el ejército, además de una representación pública favorable, todo organizado con vínculos y elementos vinculantes que mantengan todo amarrado.
Estas consideraciones deben ser cruciales para la planeación de la Educación Mexicana, lo cual no ha ocurrido en muchos sexenios. Sin planeación no hay futuro cierto y ello debe basarse en un conocimiento certero de la realidad, que nos permita diseñar acciones estratégicas. La evaluación no significa juzgar a la gente: se requieren gráficas, cálculos, comparaciones y de ahí llegar a consideraciones que permitan a su vez llegar a acciones, y eso no pasa en gobiernos que no se asumen como tal e incluso se llaman “administración”. (Yo como director tenía un secretario administrativo, pero yo dirigía, es decir, gobernaba, no administraba, ésa es una diferencia de mentalidad.)
En México es necesario un cambio donde se haga a un lado esa partición entre educación, ciencia y cultura, donde se pueda tener claro que son algo indisoluble, y eso implica una operación política drástica, que sea capaz de romper con prejuicios establecidos desde muchas décadas.
En 1987, cuando elaboré el plan de estudios para la carrera de biólogo de la nueva Escuela de Biología de la UAP, introduje la materia obligatoria “Ciencia, Sociedad e Historia” en el último semestre, y creo que fue un gran acierto, pues permite que los estudiantes egresen con otra visión del mundo, y ahí, la perspectiva cultural siempre debe estar presente. Actualmente, cuando la imparte mi alumna de doctorado, la maestra Minerva Contreras Alvarado, utiliza películas para enmarcar las temáticas, lo cual me parece una muy buena estrategia de enseñanza para una materia así.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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