Ismael Ledesma Mateos
En una época en la que se ha dado un gran desprecio al pensamiento de Marx, debido a los prejuicios, la ignorancia y cuestiones ideológicas resalta la grandeza intelectual de Eric Hobsbawm, historiador británico nacido en Alejandría, Egipto en 1917, de padre británico y madre austriaca, judíos —no practicantes— de Polonia. En su autobiografía, que más que una serie de memorias es una investigación sobre sí mismo y su entorno, Hobsbawm dice: “Pertenezco a la generación para quienes la revolución bolchevique representó una esperanza para el mundo.” Su historia de vida es una historia del siglo XX porque su subjetividad —el tiempo y el espacio desde donde escribía el británico— siempre fueron parte esencial de sus análisis.
Pasó sus primeros años en Viena, antes de ir a una escuela en Berlín en 1932. “No era un buen momento para ser judío en Alemania, aunque estuvieras protegido por un pasaporte británico. La república de Weimar estaba hecha jirones. Hitler llegaría al poder un año más tarde.” Los paramilitares nazis acorralaban a la gente con impunidad y la llevaban a sus cámaras de tortura. Hobsbawm no fue agredido porque era más “el inglés” que “el judío”. Sin embargo, como escribe en este libro, “sentía que estaba viviendo en el Titanic”, y todo el mundo sabía que iba a chocar contra el iceberg. El nacionalismo alemán no tenía ningún atractivo para un estudiante inglés. Tampoco el sionismo. La socialdemocracia estaba muerta. El comunismo soviético, pensaba, era la única opción para alguien como él.
La fantasiosa Polonia de Ubú, no es aquella de la que provenían los padres de Hobsbawm, se trataba de un reino autoritario, sin ideologías ni consideraciones políticas, ubicado en un mundo atemporal, que no pretende representar el siglo XIX, ni el XX, sino el mundo interior de la ambición, la prepotencia y el autoritarismo, lo cual está presente en muchos gobernantes, de todos los tiempos, sea el mundo antiguo o los siglos XIX y XX y en donde los aspectos biográficos y también los autobiográficos son de gran valor. Claro, para el Padre Ubú la historia se circunscribe a la traición y a la toma del poder por la fuerza, sin considerar todos los elementos que rodean este tipo de acontecimientos.
La entrevista a la que hago referencia fue realizada por el historiador Ian Buruma (Prospect, 20 octubre de 2002) y publicada en castellano en Letras Libres (5 de noviembre de 2012), dado que Hobsbawm murió el 1 de octubre de ese año. En ella se dicen cosas que vale la pena sean conocidas. Como el gran historiador que fue, en todo momento buscó ver las cosas en términos de tiempo y espacio. En otra época u otro lugar, probablemente no se habría hecho comunista. Pero, en ese momento, rodeado de nazis en Berlín, le subyugó la promesa del comunismo mundial. Por eso, a pesar de todo, puede escribir que siente “ternura” por la memoria y la tradición de la URSS. Para algunas personas de su edad, hubo un momento en el que representó las esperanzas, no sólo de Rusia, sino de toda la humanidad.
Con Hobsbawm tenemos a un intelectual pleno, que conjuntó su rigor científico con la militancia política comprometida. En 1931 se afilió al Socialist Schoolboys y en 1936 al Partido Comunista de la Gran Bretaña, y fue miembro del Grupo de Historiadores de ese Partido de 1946 a 1956, aunque no fue representante del marxismo ortodoxo y a pesar de haber discrepado de la invasión soviética a Hungría en 1956, no abandonó el partido. ¿Por qué siguió en él? Su respuesta fue: “Había formado parte de mi vida.” Y afirmó que detesta la forma en que antiguos creyentes se convierten en feroces anticomunistas. Siente que debe una lealtad a su propio pasado. “Sin embargo, había otra razón para su lealtad a los comunistas. Sigue convencido de que, por reprensible que fuera, la Unión Soviética era un “contrapeso necesario a Estados Unidos.” Hobsbawm no es el único que tiene esa opinión. Una profunda desconfianza hacia Estados Unidos es a menudo todo lo que queda de la izquierda. A Hobsbawm le gustan muchas cosas de América, especialmente Nueva York y el jazz, y ha dado clases durante muchos años en varias universidades norteamericanas, pero Estados Unidos sigue siendo el enemigo de todo lo que esperó en el pasado, el enemigo de su fe. Por eso todavía puede decir, en su autobiografía (Años interesantes: una vida en el siglo XX, 2003), que contempla la perspectiva de “un imperio mundial estadounidense […] con más temor y menos entusiasmo que si reviso la historia del antiguo Imperio británico”.
Dos de sus libro me han impactado recientemente, uno de ellos es La historia del siglo XX. Historia del mundo contemporáneo (Crítica 2014), donde encontramos su idea de que los cortes de los periodos en la historia no los marcan los años, sino los procesos sociales y económicos. Por eso en esa gran obra (614 páginas), publicada en 40 idiomas y considerada como la más afamada de las suyas, Hobsbawm argumenta que el siglo XX empezó cuando terminó la Primera Guerra Mundial, en 1917, y terminó con la caída del Muro de Berlín, en 1989 (yo agregaría que eso sería diferente para cada país, considerando acontecimientos como para el nuestro la Revolución Mexicana de 1910 y el fraude electoral de 1988, algo sobre lo que habría que reflexionar).
Hobsbawm sostiene que el fin de la Primera Guerra acabó con un orden de poder heredado del siglo anterior y que después de 1917 empezó un nuevo episodio protagonizado por dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Tras la disolución de la Unión Soviética, argumentaba, empezó un nuevo capítulo en la historia que tenía a Estados Unidos como único poder global.
La periodización del libro es muy sugerente, pues la primera parte se titula “La Era de las Catástrofes”, que implica lo que llama “la época de la guerra total”, que toca las guerras que nos agobiaron, hasta “el fin de los imperios” que controlaron al mundo.
La segunda parte es “La Edad de Oro”, donde aborda desde la “Guerra Fría, hasta el socialismo real”.
Y la tercera: “El Derrumbamiento”, que inicia con “las décadas de la crisis” y culmina con “el fin del milenio”, pasando por “el final del socialismo”.
El otro de los libros a los que me refería es Cómo cambiar el mundo, publicado en 2011, un año antes de su muerte (Crítica, 2015), en el que sintetiza muchos de sus trabajos sobre Marx y el marxismo, que inicia con una primera parte titulada “Marx y Engels”, que comienza con “Marx hoy”, para finalizar con un abordaje de “Las vicisitudes de las obras de Marx y Engels”, y que se sigue de una segunda parte titulada “Marxismo”, que comienza con “El Dr. Marx y los críticos victorianos” y que pasando por un trabajo sobre “Gramsci” y otro sobre “La recepción de Gramsci”, concluye con “Marx y el trabajo: el largo siglo”.
Como se señala en el mismo volumen, “no es tan sólo un gran libro de historia, sino que tiene además la pretensión de que, como dice el propio autor, pueda servir a los lectores a reflexionar acerca de lo que va a ser su futuro, y el de la humanidad en el siglo XXI”. Se trata de una obra de una erudición notable y una enorme profundidad analítica. Además de que debemos mencionar otros de sus libros, como sus crónicas de jazz, que publicó con el pseudónimo de Frankie Newton, “que era un trompetista comunista” de Billie Holiday (The Jazz Scene, 1959); Bandidos (2003) y su clásica trilogía: La era de la revolución, 1789-1848 (1971); La era del capitalismo 1848-1875 (1977); La era del Imperio, 1875-1914 (1998). Y también entre los más recientes Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en siglo XX (2013). Se trata sin duda de uno de los historiadores más completos y que han dado extraordinarios aportes a esta ciencia social.
En el Reino de Ubú las bibliotecas no abundaban, no eran una prioridad para su gobierno. ¿Libros? ¿Para qué? Jamás habría un acervo con una obra como la de Eric Hobsbawm, pues la historia deja lecciones que pueden subvertir el orden, cuando lo que importa es el sometimiento de los súbditos al poder, y para eso la lectura y el conocimiento que se deriva de ello es un estorbo y “un peligro para el reino”.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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