Ismael Ledesma Mateos
Yo estudie mi carrera de biólogo en un lugar extraño, la ENEP-Iztacala de la UNAM, donde había estudiantes que aspiraban a ser médicos, odontólogos, enfermeras y psicólogos, aparte de nosotros, los que estudiábamos para biólogos. En términos de convivencia, con los que tenía más comunicación era con los alumnos de psicología. Los viernes en el estacionamiento atrás del edificio L5, en una mitad los estudiantes de biología bebían alcohol y en la otra mitad los de psicología fumaban marihuana, y había una zona intermedia donde se consumían ambas sustancias. Éramos cuidados por el magnífico cuerpo de vigilancia de la UNAM y nunca nada se salió de control. Recuerdo a don Amado (el jefe de vigilancia), que estaba ahí al pendiente de que no pasara ninguna irregularidad. Se abrían los baños del edificio A5 y nadie más podía pasar de ahí, y a las 10-11 de la noche se abrían las rejas del estacionamiento y sólo se podía salir por ahí. Todo bajo control, pero los niños tienen derecho a pasarla bien, ¡cosa que ahora las autoridades no entienden!
Eso era mi UNAM, en la que me formé y de la que hasta hora ¡sigo viviendo! Pero en esa convivencia era muy interesante el contraste de pensamientos. Yo siempre tuve interés en la psicología, y en mi Preparatoria Diurna Benito Juárez de la UAP, uno de mis mejores maestros y luego gran amigo fue Francisco Zardanetta Huesca, con quien tuve un contacto muy intenso con la psicología, que luego, años después, me llevó al acercamiento con el psicoanálisis. La UAP, controlada por el Partido Comunista Mexicano en esos gloriosos años setenta era otra cosa, me atrevería a decir la mejor Universidad del País. Cuando llegué a mi curso de química orgánica en la carrera de biólogo en la UNAM, me moría de la risa, pues todo lo había estudiado en mi preparatoria de la UAP, donde leí el gordo libro de Morrison Boyd, de pasta a pasta a los 15 años de edad.
El Padre Ubú no entendería estas cosas, le parecerían subjetividades excesivas, pues para él todo es simple, burdo y directo; pero el mundo en realidad no es así. El mundo de Ubú es el que Karel Kosik, en su libro Dialéctica de lo concreto, llamó “el mundo de la pseudoconcreción”, el cual el autor convoca a destruir, el mundo de la inmediatez y la estupidez, de “la era del vacío”, como menciona Lipovetsky. Una situación sobre la que debemos reflexionar con seriedad, y para hacerlo no hay nada mejor que la epistemología genética y el psicoanálisis.
Fue un placer tomar clase de Psicología 1 con la maestra Ana María Marquez Rossano, maravillosamente bella y luego Psicología 2, con Paco Zardaenetta. Con él tuve mi primer contacto con Jean Piaget, que fue ¡algo impresionante! Luego de estudiar los estadios planteados por Freud (oral primario, oral secundario, sádico anal primario, sádico anal secundario, fálico y genital) la comparación con los estadios del desarrollo cognitivo de Piaget es algo impactante. Y en consecuencia leí sus Seis estudios de psicología y me volví un apasionado de lo que se llamó la psicología genética, que dio lugar a la epistemología genética.
En esas convivencias iztacaltecas platicaba con los alumnos de psicología, que no tenían la más mínima idea de esas cosas, porque la psicología de Iztacala estaba dominada por el “conductismo”, donde Dios era Skinner. En la UAP se trató de imponer a conductismo skinneriano, pero su mesías, Emilio Ribes Iñesta, fue corrido a patadas, en el sentido estricto del término. La Escuela de Psicología de la UAP se libró del conductismo, que es una de las teorías psicológicas más aberrantes que han existido, el constructo de una mente perversa, que tenía una visión distorsionada de la psique y que causó grandes daños a nivel mundial, como la programación de bombardeos en Vietnam o la formación de generaciones de psicólogos en todo el mundo, que de psicología no saben nada.
Ribes, corrido de la UAP a punta de pistola, se fue a Jalapa, Veracruz, a tratar de hacer su imperio “conductista”, donde también fracasó, y luego fue a la ENEP-Iztacala de la UNAM, donde tuvo enorme éxito. Hasta la fecha, en el aula que está junto a mi oficina, escucho la clase de posgrado de un gran amigo psicólogo —que estimo mucho, aunque no coincido con él— donde habla de Skinner como una deidad, heredero del padre del conductismo, que fue Watson, autores que, claro, debemos estudiar.
Así que cuando era estudiante de biólogo, en la carrera de psicólogo de Iztacala ni de broma se podía mencionar a Piaget, y mucho menos a Freud ni a Lacan. Y el sábado pasado, en un puesto de periódicos curiosamente había un libro sobre Piaget y otro sobre Lacan, que me motivaron a escribir estas líneas. Algo que me pareció una bonita coincidencia y muy motivador. Piaget fue biólogo, estudió zoología, particularmente malacología, es decir, a los moluscos, y trabajó con uno llamado Limnaea staginata, que se retorcía y distorsionaba su cuerpo, y eso lo llevó a interesarse por las modificaciones en los procesos de desarrollo, en función de los cambios del medio ambiente, lo cual nos conduce a pensar en la plasticidad de la psique, es decir, de la mente, que se va moldeando en el transcurso de los procesos de desarrollo.
Piaget siempre me apasionó, y uno de sus libros más importantes se llama Biología y conocimiento, ensayo sobre las regulaciones orgánicas de los procesos cognoscitivos, y sí, conjuga el conocimiento biológico con la cognición, que no es lo mismo que la psique, la cual he conocido con Freud y Lacan, por supuesto, acostado en un diván durante cinco años, tres días por semana, pues si eso no se ha vivido, no te puedes atrever a hablar de psicoanálisis.
Lacan nos da la verdadera visión del inconsciente, al que sólo puedes acceder en el diván y Piaget nos da la dimensión de la cognición, de la construcción del conocimiento; por ello pasó de la psicología genética a la epistemología genética. Uno de mis más grandes orgullos fue haber sido alumno de un colaborador de Jean Piaget, el exrector de la Universidad de Buenos Aires, Rolando García, quien huyó de su país luego del golpe militar fascista y estuvo en Ginebra con Piaget. Luego vino a México, donde fue mi maestro de historia de la ciencia y fundó la Sección de Historia y Metodología de la Ciencia del Cinvestav. Uno de sus libros, que me encantan, lo escribieron juntos: Psicogénesis e historia de la ciencia, que es un texto imprescindible y atrevido, que todo aquel interesado en la historia de la ciencia debe leer.
La visión del construccionismo piagetiano es crucial en epistemología, pero conjugarla con la perspectiva psicoanalítica puede ser de gran riqueza. Porque el inconsciente, al igual que el conocimiento, es una construcción sociocultural. Estoy convencido de que en los estudios sociales de la ciencia el integrar una concepción como la del constructivismo piagetiano y la del psicoanálisis lacaniano es algo crucial y trascendental. Aquí lo más importante es cómo ligar el conocimiento y el inconsciente, que en última instancia determina nuestras vidas.
El libro que he comprado en el puesto de periódicos no es un escrito original de Lacan, es sobre él y se titula Jacques Lacan, el psicoanálisis del lenguaje y del imaginario, que da cuenta de la estructura del pensamiento lacaniano, pues precisamente el imaginario simbólico se construye sobre la base de el lenguaje. De lalengua, que tiene un poder inmenso, como diría Néstor Braunstein: “Lacan atonta”, lo que es cierto, pues el poderío de su pensamiento es algo que lo deja a uno idiota, atontado. Yo supe de la existencia de Lacan en el aula Karl Marx de la Escuela de Filosofía y Letras de la UAP, cuando era su director Alfonso Vélez Pliego y la conferencia que escuché era de Enrique Guinsberg, un psicoanalista argentino que luego se fue a la UAM-Xochihimilco. Y luego fueron a la UAP a dar conferencias Néstor Braunstein, Marcelo Pasternac, Gloria Benedito y Frida Saal, que fueron autores de un magnífico libro que se titula Psicología, ideología y ciencia, editado por Siglo XXI, el cual marcó mi vida.
Cuando a los 23 años, luego de un intento de suicidio decidí psicoanalizarme, un amigo y compañero del posgrado que era hijo de un gran psicoanalista, me recomendó a algunos, pero nadie me convenció y entonces, pensando en ese libro le llamé a Braunstein, que me dijo que se dedicaba a la investigación y no hacía ya clínica. Entonces marqué a Marcelo Pasternac, que me dijo que estaba saturado, que tenía muchos analizados y no tenía nada de tiempo, pero me recomendó a su alumno, y me dijo al teléfono: “es un hombre extraordinario, de una gran agudeza analítica, gran conocedor del pensamiento de Freud y de Lacan, es genial, es como si fuera YO”… Con eso sabía que podía caer en buenas manos, y en verdad mi larga estancia en el diván me permitió hacer muchas cosas, como crear la Escuela de Biología de la UAP y tener una vida política exitosa, porque el diván te deja como una navaja afilada, lista para penetrar un cuerpo.
La obra de Lacan es esplendorosa, realmente es la concreción de una gran generación intelectual, esos alumnos de la École Normale Supérieure de París, como Jean-Paul Sartre o Claude Lévi-Strauss, que sentaron bases cruciales para el pensamiento del siglo XX. Para mí es un enorme placer ver en uno de mis libreros la obra completa de Sigmund Freud, luego en otro estante la de Jacques Lacan, El Seminario y sus Escritos. Hay un viejo dicho que afirma: “Alá es Dios y Mahoma es su profeta.” Yo siempre he realizado una paráfrasis y digo: Freud es Dios y Lacan es su profeta.
Pero en verdad, estudiar las obras de Piaget y de Lacan es fundamental para entender la mentalidad, tanto lo cognitivo como el inconsciente, que determinan la vida. Hacer historia de la ciencia, de lo cual vivo, implica conjuntar ambas visiones. Claro, todo esto estaría muy alejado de la mente tozuda del Padre Ubú, que sólo piensa en cobrar impuestos, para ser el señor de las phinanzas.
Y bueno, pienso en una historiadora lacaniana que debe tener a alguien en Madrid acostado en el diván, ese ¡diván el terrible!
¡Este artículo está dedicado!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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